DORA AMADOR: Carol o el ardiente deseo
Nadie puede liberarse de su propia “fibra”, como dice el personaje central en la película Carol, nominada a varios Globos de Oro y Oscares este año. Si no la han visto vuelen a verla, es una obra de arte esplendorosa. Cate Blanchett interpreta a Carol y Rooney Mara a Therese. Está basada en una novela de Patricia Highsmith, titulada El precio de la sal, que se desarrolla en los años 50, en la ciudad de Nueva York.
Por causa de su temática lésbica, la obra fue rechazada por varios editores hasta que por fin uno la aceptó y apareció en 1951 bajo el pseudónimo de Claire Morgan. Highsmith no se atrevió a publicar bajo su propio nombre esta excelente novela suya, por atrevida, inconcebible, sobre todo si el final no era fatal. Pero en 1989 la autora la publicó de nuevo con el título de Carol y con el verdadero nombre de su autora. Añadió un prólogo donde explicaba las razones que entonces la obligaron a ocultarse y su satisfacción porque hubiera ayudado a otras homosexuales. Vendió cerca de un millón de ejemplares.
La obra era insólita para su tiempo porque la relación entre las dos mujeres no termina mal, sino bien; eso presuponía que no se condenaba moralmente el lesbianismo. Cuando terminé de ver el filme, en el Coral Gables Art Cinema, frente a Books and Books, me levanté de la butaca sonriendo, feliz, ¡qué alegría y triunfo sentí cuando vi que tenía un final feliz. ¡Al fin! ¡Y qué final!
Las miradas entre las dos mujeres, cargadas de erotismo contenidos, es parte de lo que nos incrusta en la época en que viven: años 50. ¡Ser homosexual en esos tiempos! ¡Dios mío! Qué sufrimiento, qué inhibiciones que llevaron incluso a tantos homosexuales al suicidio. Pero he ahí lo radicalmente liberador de esta obra: la mujer casada, cuyo matrimonio ya había fracasado antes de conocer a Therese, es madura, de 40 y tantos años, la interpreta la exquisita Cate Blanchett, nominada al Oscar, como lo fue hace dos años y lo ganó por Blue Jasmine, dirigida por Woody Allen. Bien, esta mujer sabía la orientación sexual que tenía, pero se rechaza, se casa y tiene una hija. El matrimonio es un desastre, naturalmente. Cuando conoce a Therese, su vida cambia del todo, se enamora, le cuesta trabajo, mucha turbulencia interna tomar la decisión, pero la toma frente a todos los abogados que están enfrentados por la custodia de la hija cuando se plantea el divorcio entre ella y su esposo: los manda a callar a todos de pronto, y en un impulso de su verdadero ser que no aguanta más la mentira, aunque está temblando y llora al decirlo, confiesa que todo es verdad acerca de su relación amorosa con Therese, y se libera, vende la casa y alquila un apartamento en Madison Avenue e invita a Therese a vivir con ella.
Por su parte, Therese, mucho más joven e inexperta que Carol, se enamora de ella a primera vista, un verdadero flechazo. Una muchacha joven, con novio, descubre súbitamente una atracción desconocida para ella: la atrae poderosamente Carol desde que la ve, oye su voz, mira sus ojos, la enloquece la mirada seductora de esta mujer bellísima que la conquista lentamente.
Lo maravilloso del filme, entre muchas otras cosas, es la libertad interior de un personaje como Therese, inexperta, comprometida con un joven con quien se vislumbra una boda próxima, pero que no duda un instante en dejarlo a medida que sabe en lo más profundo y puro de su ser inocente que se ha enamorado de esta mujer, que siente lo que nunca ha sentido por nadie, y se lanza a la aventura loca y sabia, del amor, de la entrega sin diques. Nada le importa, solo Carol, ver a Carol, amar a Carol, hacer el amor con Carol. No olvidemos, son los años 50, no el siglo XXI, donde han caído las barreras y ser gay está aceptado por la sociedad, y muy pocos insisten en mantenerse en el closet. Incluso el papa Francisco ha dicho acerca de los homosexuales: “¿Quién soy yo para juzgar?”. A la espera estoy de la publicación en marzo de la Exhortación Apostólica del papa Francisco sobre el Sínodo de la Familia celebrado en octubre para saber su decisión sobre si un/a homosexual, así como un divorciado vuelto a casar por lo civil o una pareja que vive junta sin casarse, pero llevan vida matrimonial, pueden comulgar, si son aceptados, acogidos plenamente como hijos de la Iglesia, porque de Dios lo son.
Ver Carol me ha revuelto, ha resurgido el anhelo de hallar o, mejor dicho, reencontrarme con un amor así, como el último que tuve y dejé, de amar locamente así. Pero ahora es imposible.
Ver Carol me ha revuelto, ha resurgido en mí el anhelo, la necesidad latente de hallar o mejor dicho, reconquistar el amor que tuve y dejé. Ahora es imposible.
Pero me ha colmado la estética, mi fascinación por la belleza, el filme, no lo que despierta en mí. Esta paz que Jesús da no es como la da el mundo, y yo no quiero, no puedo perderla, tampoco sufrir más por la terminación de un amor. Por otro adiós. Prefiero esta terrible, sacrificial soledad.
Escritora cubana.
doraamador.com
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de enero de 2016, 11:51 a. m. with the headline "DORA AMADOR: Carol o el ardiente deseo."