Opinión

ROSA TOWNSEND: OCCIDENTE: Barbarie contra civilización

CIUDADANOS CON carteles que dicen “Yo soy Charlie’’, frente a las oficinas de la agencia de prensa francesa AFP en Rabat, Marruecos, el viernes.
CIUDADANOS CON carteles que dicen “Yo soy Charlie’’, frente a las oficinas de la agencia de prensa francesa AFP en Rabat, Marruecos, el viernes. AP

¿Vivir arrodillados y sumisos o erguidos y valientes? A las sociedades occidentales nos ha llegado la hora de decidir. Hay un antes y un después del atentado islamista contra Charlie Hebdo. Han atacado al corazón de la civilización: la libertad. Y para mayor ignominia lo han perpetrado en la cuna de la liberté.

Quieren amedrentarnos a todos, pero muy en especial a los periodistas porque si logran silenciarnos (y ya muchos están mudos) la sociedad se quedaría a oscuras, sin información veraz, y entonces ellos, los islamistas, fácilmente cumplirían su sueño de dominarnos.

Aceptar la censura, claudicar ante la barbarie del totalitarismo religioso, equivaldría a conceder a los islamistas el derecho de veto sobre nuestras vidas. Sería agazaparse –aún más– bajo la política del avestruz, que tanto ha debilitado a Europa y América.

Por eso hay que hablar claro y alto: son terroristas musulmanes (no son budistas ni cristianos ni judíos). Matan en nombre de Alá. “Estamos vengando al profeta [Mahoma]” iban proclamando los muy cobardes mientras acribillaban a 10 valientes periodistas del semanario satírico, que desde hace casi medio siglo ha sido emblema de los valores de la gran democracia francesa.

Los masacraron por ser desobedientes a su versión del islam. Por caricaturizar al profeta Mahoma, como lo han hecho con Jesucristo, Papas, rabinos, imanes o políticos. La irreverente portada de Navidad ridiculizaba a la Vírgen María dando a luz, abierta de piernas, y un título que decía “La verdadera historia del niño Jesús”. Ofensivo para millones de católicos, pero ninguno salió a manifestarse contra Charlie Hebdo, cuanto más a asesinar a sus periodistas.

La matanza de París no es una muestra de choque de civilizaciones. No. Eso sería elevar a los islamistas a la categoría de civilización. Lo que estamos viviendo es barbarie contra civilización. La misma barbarie que en el 2001 derribó las Torres Gemelas. La misma que el año pasado realizó 152 ataques terroristas en la Unión Europea, la mayoría en Francia (63), Reino Unido (35) y España (33). Ninguno fue de la magnitud del perpetrado contra Charlie Hebdo, pero todos tenían el sello del fanatismo islámico.

En Francia —el país más islamizado de Europa con seis millones de musulmanes— hay al menos 5,000 yihadistas vigilados por la policía. La cifra da idea de la seriedad de la amenaza. Y existen 751 barrios en las periferias urbanas francesas donde no entra la policía, llamados eufemísticamente “zonas urbanas sensibles”, en los que impera la sharía, se prohíbe la entrada a los occidentales y son factorías yihadistas.

La situación se repite con distintos grados de intensidad a lo largo del Viejo Continente. Se sabía que la yihad europea era una bomba de tiempo. Antes de París, los atentados a transportes públicos en Madrid y Londres que mataron a cientos de personas ya nos pusieron sobre aviso.

¿Por qué entonces no se han disparado antes las alarmas? Por miedo. Por esconder la verdad y la cabeza como avestruces políticamente correctas. Avestrucismo inspirado e inculcado por el propio discurso público de dirigentes (pretendidamente) apaciguadores y élites (presuntamente) intelectuales, que nos han querido hacer creer que la ideología extremista musulmana es una expresión más del multiculturalismo. Esa falsedad a quienes más perjudica es precisamente a los millones de musulmanes pacíficos.

El abismo entre ese discurso buenista (y suicida) y el sentir popular es cada vez mayor. La gente está empezando a decir lo que piensa. Lo hace en manifestaciones callejeras y lo hizo en las urnas en las pasadas elecciones al Parlamento europeo. Y aquí el peligro es pasar de un lado a otro del péndulo ideológico, porque es la extrema derecha la que más se beneficia de la ineficacia y parálisis de los partidos más centristas.

El atroz ataque terrorista de París ha servido para dar alas al sentimiento anti-islam que ya recorría Europa. Grupos como el alemán PEGIDA (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente), que hasta ahora habían sido acusados de islamófobos, encuentran en la masacre un argumento de apoyo a sus reivindicaciones.

El reto al que se enfrenta Francia y Europa en general es enorme. Y los peligros todavía más. Para cualquier resolución a corto y largo plazo es imprescindible la colaboración de las comunidades musulmanas. Hay que exigirles no sólo un compromiso más auténtico sino un respeto recíproco al que nosotros le otorgamos. Respeto a las leyes y normas de vida de la sociedad libre.

Sería deseable ver a los cerca de 60 millones de musulmanes que habitan en Europa salir a las calles en protesta por el atentado contra la libertad en París, como salieron en 2006-07 cuando el periódico danés Jy-Llans Poste publicó una caricatura de Mahoma que luego reprodujo Charlie Hebdo. También es imprescindible que las grandes naciones musulmanas no sólo lo condenen expresamente sino que lideren campañas contra la jihad violenta. Lo contrario, el silencio, equivale a legitimarla.

Los cobardes nunca han ganado una guerra. Ese es el legado que nos dejan los mártires de la libertad de Charlie Hebdo. Lo dijo Stéphane Charbonnier, “Charb”, su director después de otro atentado islamista que destruyó sus oficinas en el 2011: “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado”. Descansen ellos en paz y preparémonos nosotros para elegir: la liberté ou la mort.

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