ROSA TOWNSEND: El triunfo de la ira
Hay una palabra inglesa que describe perfectamente la actual disposición de ánimo del electorado en Estados Unidos: rageaholic. Un rage-a-holic es alguien adicto a la rabia, a la furia contra todo y todos los que cree que traicionan su bienestar y aspiraciones. Se prodiga casi por igual entre demócratas y republicanos, aunque estos últimos la padecen ahora más aguda. Es un pre-existing condition que mueve voluntades políticas, millones de votos y de dólares.
Como todos los adictos, el rageaholic necesita su dosis de droga. Y prestos a ofrecérsela están varios aspirantes a la Casa Blanca con sus enfebrecidos discursos, repletos de tartuferías irrealizables. Son particularmente notorias las arengas de Trump y Cruz. De ahí que ambos encabecen el maratón de las primarias republicanas, porque saben mejor que los demás satisfacer a los iracundos. Y en el bando demócrata, las diatribas socialistoides de Sanders le pisan los talones a la inevitable nominada Clinton, cada día más evitable.
La retórica de los insurgentes tiene en el establishment su blanco favorito, apuntándole como si se tratara de un pavoroso fantasma que deambula por Washington y otros centros del poder establecido. Tan amplio es su espectro que permite que en él se proyecten las iras más ideológicamente diversas: las del movimiento Occupy Wall Street o las de los evangélicos de Biblia en una mano y pistola en la otra.
Todos a una contra el establishment. Y contra los medios de comunicación, el otro enemigo a combatir en la cruzada (nunca mejor dicho) de Cruz y Trump, cada cual con su público particular. Cruz, como heredero de los dogmas del Tea Party y alborotador en pro de la pureza ideológica conservadora. Y Trump, un hereje de los dogmas conservadores, oportunista y agitador de la clase más huérfana en la sociedad americana: los blancos de clase trabajadora, asediados por la demografía (cada vez son menos) y la economía (cada vez tienen menos).
Son esos y otros huérfanos de las clases medias los que ahora se sublevan. Y dicen ser rebeldes con causa: porque cambiaron hace años su lealtad del partido demócrata al republicano pensando que éste custodiaría mejor sus intereses y creen que les han abandonado.
Cierto es que el Grand Old Party (GOP) nunca asumió del todo los ideales culturales y económicos de los hoy amotinados (inmigración, soberanía nacional, proteccionismo), por temor a parecer anticuados y ofender a sus bases tradicionales en la América corporativa. Como resultado, las clases trabajadoras se han sentido traicionadas. Y la presidencia de Obama ha sido el gran catalizador de sus frustraciones. (Como antes lo fue la de Bush para los demócratas, cuyo índice de lo que los expertos llaman negative partisanship alcanzó la cota más alta de la historia).
“El Partido Republicano ha creado a Donald Trump, porque hicieron muchas promesas a su base que nunca cumplieron”, constata Erick Erickson, fundador del popular blog conservador RedState.
Es precisamente ese ciclo vicioso de promesas incumplidas, su efecto acumulador, lo que ha hecho rebosar el vaso de la ira. Desde Nixon, pasando por Reagan y los Bushes las desmesuradas ofertas electorales de bajar impuestos y acabar con las regulaciones del mercado y los programas del gobierno (primero fue la Seguridad Social, luego el Medicare y ahora Obamacare) eran imposibles de llevar a cabo. Puros anzuelos de pesca de votos. ¿Qué anciano quiere que le quiten el Medicare?
Así es que la actual indignación no es falsa. Lo que es espurio y fariséico es explotarla para conquistar adeptos. Y probablemente incumplir luego las promesas. Otra vez. Y peor aún que enardecer las pasiones es adulterar la realidad, afeándola para que luego aterrice superman y la embellezca: “Amigos, el sueño americano ha muerto, pero yo voy a hacer a América grande de nuevo”. Esa es la ideología de Trump, el miserabilismo.
La versión de Cruz es parecida, sólo que ondeando la Constitución y la Biblia. Ambos son truhanes de la política. Indignos de la etiqueta republicana. No es el suyo un capital de ideas o de logros. Es un capital de ira. Y hasta ahora, como se ha visto en Iowa, desafortunadamente les está produciendo dividendos.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de febrero de 2016, 11:28 a. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: El triunfo de la ira."