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Opinión

ALEJANDRO RÍOS: Epifanía en el Tower

Es sábado al mediodía y Miami ostenta un invierno translúcido que ya quisieran otras geografías de la nación, perturbadas por la nieve. Me encamino, junto a mi esposa, a ver películas, como corresponde, en la insustituible pantalla de un cine, rodeados de contertulios cómplices.

El lugar se ha vuelto una suerte de templo pagano donde se practica el culto al séptimo arte. Se trata del legendario Teatro Tower, del Miami Dade College, rodeado del bullicio turístico que se concentra en la intersección de la calle 8 y la avenida 15 de la primigenia Sagüesera.

El pintoresco portal del cine semeja un improvisado estudio fotográfico. Llegan los visitantes de otros países y se toman instantáneas para el recuerdo. Algunos enfocan sus cámaras hacia arriba para no dejar fuera la emblemática torre que denota la histórica edificación del año 1926.

Cuenta la leyenda que allí fue donde las familias de los primeros exiliados cubanos veían sus películas con subtítulos en español porque todavía el inglés no les pertenecía.

Disfrutar cine en el Tower proyecta, de alguna manera, mis largas jornadas en la Cinemateca de Cuba, a las cuales debo la devoción por la filmografía clásica internacional, que nunca se disipa –muy por el contrario–, y me ayuda a descifrar lo mejor de las películas contemporáneas.

Antes estuve influido por la cinefilia de mi padre y los viejos filmes americanos, argentinos y mexicanos –programados por espacios en la televisión cubana de mi adolescencia–, que él me ayudaba a comprender y disfrutar con sus inteligentes comentarios.

El equipo que atiende los asuntos del teatro es algo así como un dream team. Héctor, proyecta, corta tickets a la entrada, y se ocupa de la limpieza de las salas, si viene al caso, tareas que comparte con Alberto. Es consultado por fieles asistentes antes de elegir alguno de los dos filmes de cada tanda. Sus disertaciones son escuchadas, a veces contendidas, pero casi siempre aceptadas por sabias y oportunas. Es un crítico oral, diestro, de gusto sofisticado.

Laurita flota en la vidriera de la taquilla, es testigo de la ebullición peatonal y parece haber nacido con su sonrisa indulgente. Ni el peor exabrupto del público ha logrado sacarla de sus casillas.

Luego están Leo, el concesionario, todo amabilidad caribeña con la clientela, y Marta atendiendo las puertas de acceso a ambas salas.

Moviendo los hilos estéticos y administrativos, lidiando con los distribuidores para conseguir lo mejor, tan obseso como cuando dirigió sus exitosos largometrajes en Cuba, figura Orlando Rojas, tal vez una de las autoridades más confiables en cuanto a identificar –de un vistazo– la excelencia cinematográfica. Virtud que disfruta compartir como nadie.

Este año vuelve por sus fueros de realizador con el estreno del documental La Reina de los Jueves, sobre la famosa bailarina cubana Rosario Suárez, durante el venidero Festival Internacional de Cine de Miami, el 10 de marzo en el Teatro Gusman a las 7:00 p.m. Creo que sus devotos le debemos asistencia numerosa en agradecimiento a tan infatigable labor cultural.

Finalmente aquel sábado de invierno miamense disfruté dos películas en el Tower. Confirmé la certidumbre de que la sala oscura es mi nirvana y vuelvo a ser aquel muchacho que no ha cesado de asombrarse con tantas historias de sombras y sonidos. Fue una jornada perfecta donde me llevé en el corazón a la hermosa Stefania Sandrelli y sus ansias de valerse por sí misma, y al trágico Saúl en el infierno de Auschwitz.

Cada día Miami es más mía y el Tower, como diría el viejo poeta, el sitio en que tan bien se está.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de febrero de 2016, 0:43 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Epifanía en el Tower."

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