Opinión

EDUARDO M. BARRIOS: 11 de febrero: Día Mundial de los Enfermos

La Iglesia siempre ha mostrado mucha compasión hacia los enfermos como atestiguan sus fundaciones de hospitales, asilos y orfelinatos. Existen incluso institutos religiosos que tienen como carisma propio el cuidado de los enfermos.

Para acentuar la solicitud eclesial hacia los enfermos, San Juan Pablo II instituyó el Día Mundial de los Enfermos hace ya veinticuatro años. Esa jornada de oración se celebra siempre el 11 de febrero, día de Nuestra Señora de Lourdes, en cuyo santuario de Francia tantos dolientes han recuperado la salud física y/o espiritual. Este año el Papa Francisco propone un lema de inspiración mariana: “Confiar en Jesús misericordioso como María: Hagan lo que Él les diga”. Como el cuidado de los enfermos pertenece a las obras de misericordia, ningún patrocinio mejor que el de María, Madre de Misericordia, como la llama un bien conocido himno: “Salve regina, mater misericordiae”.

Ya en el Antiguo Testamento aparecen pasajes que muestran el recurso a Dios en presencia de una crisis de salud. Desde los comienzos del Pueblo de Israel hubo curaciones por intervención divina. Recordemos que la hermana de Moisés quedó leprosa por su rebeldía, pero Moisés oró por ella: “Por favor, Señor, cúrala” (Num 12,13). Llegados al Nuevo Testamento, las curaciones milagrosas se multiplican, cumpliéndose en Jesús que el Mesías haría tales portentos.

Sin embargo, nunca se puede olvidar que Jesús no curó a todos los enfermos; no vino a reemplazar a los médicos. Las curaciones eran signos de una salud superior, la salvación definitiva más allá de las fronteras de la vida temporal. Curiosamente, en latín se usa la misma palabra para salud y salvación, “salus”.

El cuidado de la salud propia y ajena es una obligación moral. Descuidos graves quebrantarían el Quinto Mandamiento de la Ley de Dios: “No matarás”. Gracias a la buena salud podemos trabajar y cumplir con nuestros deberes personales y sociales.

Pero siempre debemos tener presente que somos peregrinos en este mundo. Con el paso de los años, la salud de todos comienza a declinar. Por eso nunca podemos olvidar que hay algo más valioso que la salud del cuerpo. Lo dice el Papa Francisco en su mensaje de este año: “El amor animado por la fe hace que pidamos para los enfermos algo más grande que la salud física”.

San Pablo, debilitado por la edad y las fatigas apostólicas, sintió que mientras su salud corporal mermaba, su salud espiritual crecía: “Aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2Cor 4,16).

Siempre podemos orar por la salud propia y ajena, pero conscientes de que a todos nos llegará la última enfermedad o un accidente fatal.

Cuando Jesús vio que se acercaba el final de su misión histórica, exclamó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre” (Jn 12, 23). Y en el Cenáculo, la víspera de su Pasión y Muerte, Jesús comenzó su oración sacerdotal con estas palabras: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1). Él veía la muerte como puerta hacia la gloria eterna. Y así también deben verla los que siguen las huellas de Jesús viviendo santamente.

Desafortunadamente muchas personas consideran que la oración por los enfermos siempre debería obtener la sanación. En otras palabras, Dios sólo bendeciría con la salud; la enfermedad no pertenecería al plan de Dios sobre nosotros. Grave error.

Cuando San Ignacio de Loyola escribió las Constituciones de la Compañía de Jesús, recordó a los de su instituto que Dios también bendice permitiendo la enfermedad: “Hay que aceptar la enfermedad como gracia de la mano de nuestro Creador y Señor, pues no lo es menos que la salud” (Const. 272).

Un feligrés preguntó a su confesor si era bueno pedirle a Dios gozar de salud perfecta. El buen sacerdote le respondió: “Pida a Dios que le conceda salud conveniente”. Parece buen consejo ése de pedir al Señor la salud que nos convenga. Una buena fórmula para orar por un enfermo podría ser ésta: “Concédele, Señor, la salud corporal si es para mayor gloria tuya y bien de su alma”.

Sacerdote jesuita.

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