Opinión

OTTO RODRÍGUEZ: Donald Trump, un asunto de ego

Tal parece que en la Casa Blanca, en algún lugar oculto hasta ahora no descubierto por ningún presidente, hay un botón automático que dice “Make America Great Again”.

Al menos eso es lo que se desprende cuando uno escucha al candidato Trump exponer sus ideas grandilocuentes en cada uno de sus simplistas discursos.

Usualmente en política, especialmente en este nivel de elecciones presidenciales en el país más poderoso del planeta, uno espera que un candidato que lleva la delantera exponga una plataforma respaldada con argumentos serios, bien fundamentados, visiones convincentes con el potencial de ser aceptadas por una mayoría, no precisamente abrumadora.

Pero lo cierto es que, al menos en el caso de Trump, lo que comenzó como un personaje divertido de campaña electoral, dispuesto a ridiculizar lo mismo a mujeres que a discapacitados, se ha convertido en una posible realidad de futuro, respaldada con una perorata cansona que suena más a cantos, no precisamente de sirena, que a una plataforma con sustancia.

Y lo peor es que una buena parte del electorado anda embriagado con esas melodías; como si realmente un multimillonario fuera a resolvernos problemas comunes con un botón que sólo él sabe donde está, como si el real progreso de un país, a pesar de discursos e intenciones, no dependiera del esfuerzo personal de cada ciudadano puesto en función de empresas, pequeños negocios y gobierno.

Tan absortos en el Trumpismo andan algunos que ni siquiera repararon en la barbaridad expresada por Trump de que él es tan popular que incluso si disparara a alguien en plena Quinta Avenida resultaría electo.

Un presidente puede trazar pautas, delinear estrategias, tener la ecuanimidad necesaria para enfrentar emergencias y hasta inspirar a una nación, como efectivamente lo han hecho muchos líderes estadounidenses, pero al final los resultados no vienen de las soluciones simples y “mágicas” que anda proponiendo este señor que se mueve de un lugar para otro en un jet de lujo con su nombre, en letras gigantescas, impregnado en el fuselaje.

Si fuera serio, es preferible que Trump le diga la verdad al electorado que lo apoya: que cualquier ganancia común de su posible presidencia vendría de una ardua batalla con quienes no piensan igual que él, librada en el complejo y difícil proceso de legislar en una nación cada vez más diversa, como lo es la sociedad estadounidense en estos comienzos de siglo.

Una cosa es agitar y otra es dominar el arte de un gobierno de consenso que busque soluciones efectivas a problemas que no tienen ni una pizca de simpleza.

Puede que su entusiasmo venga de cómo él maneja la Organización Trump, donde seguramente sin mucho escrutinio ni obstáculo decide lo importante y lo mundano poniendo un par de caprichos sobre la mesa.

Hay muchos que atribuyen la popularidad de Trump a que “dice las verdades”, pero lo cierto es que buscarle arreglo a los conflictos originados de esas verdades requiere de enfoques moderados, algo que no ha sido precisamente su fuerte, desde que comenzara la campaña por la presidencia de Estados Unidos.

Sospecho también que eso de “decir las verdades” puede hacerlo por su extensa chequera y no tener que responder a un PAC, ni a unos hermanos Koch, y ni siquiera a Dios. Pero la humildad reluce mucho más cuando viene justamente de gente con una cuenta bancaria casi infinita.

Al final de todo, la grandeza de una nación no la definen, y mucho menos se logra, con palabras altisonantes de un empresario devenido político como Trump, sino del legado de valores que el ciudadano común pasa de una generación a otra. Y esa herencia de riqueza, no precisamente relacionada con la banca, se forja sobre todo en cada familia promedio, no en contiendas políticas.

Venirnos con ese cuento, como si muchos no supiéramos que el objetivo de llegar al mayor puesto de la nación es para Trump un asunto de ego.

Periodista radicado en Miami.

ottorod@gmail.com

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