Opinión

ROSA TOWNSEND: La secta del titiritero

Cuando Donald Trump se refirió a los genitales femeninos con el término más vulgar posible (p---y), sus miles de aduladores estallaron en aplausos y risas. Al día siguiente los aplausos se tradujeron en votos y el rey de la grosería y el insulto ganó las primarias de New Hampshire. Comenzaba así el que pudiera ser el capítulo más oscuro de la historia política americana. Sólo será posible detenerlo si públicamente y sin tapujos se debate la verdadera raíz del fenómeno: el sectarismo chabacano y desprecio por la civilidad entre un sector de la sociedad, dispuesto a ventilar sus frustraciones arrasando con todo orden establecido.

Hasta ahora lamentablemente no se están debatiendo a fondo las consecuencias para la estabilidad democrática del movimiento subversivo trumpista. En parte se debe a que el país no sale de su asombro ante lo que parece un “atraco” político; y en parte porque los “atracadores” se comportan como tal, intimidando a diestra y siniestra. Es irónico que quienes tanto se jactan de ser políticamente incorrectos desplieguen una intolerancia de corte dictatorial al mínimo reproche. Además de insultar, Trump amenaza casi a diario con demandas a otros candidatos, a la prensa y a todo el que cuestione su retórica vacía y sus modales de bravucón barriobajero. Secundado e imitado por sus admiradores, claro.

Sin ellos, sin ese caldo de cultivo, Trump nunca hubiera avanzado. Viven un idilio político de conveniencia, pero es una relación desigual. El tiene una ambición muy concreta, de obtener lo que no ha podido comprar con sus millones (explicado en el siguiente párrafo); mientras que su secta de seguidores son el síntoma de una corriente potencialmente desestabilizadora para la democracia, que trasciende ideologías políticas. Los hoy trumpistas, si su ídolo perdiera, buscarían a otro vengador hasta saciar su hambre de revolución.

De momento él es su héroe, el adalid de sus protestas, sus enconos y sus iras. Trump les necesita sólo como trampolín para conseguir lo que no puede comprar con su dinero: un poco de respeto, ya que el abolengo de clase, el “pedigrí” social, está fuera de su alcance. Por eso detesta tanto a los Bush, una familia patricia de ilustre linaje. Les “envidia” según el Boston Globe. La Casa Blanca limpiaría –cree él– su imagen de payaso millonario, xenófobo, oportunista e inculto. (Por poner sólo un ejemplo de su peligrosa incultura, fue vergonzoso cuando en un debate no supo lo que es la “triada nuclear”).

Para estupor de los republicanos tradicionales, los trumpistas defienden a su líder a capa y espada, sin importarles su pasado y presente liberal: como demócrata hasta hace apenas unos años The Donald siempre estuvo a favor del aborto y hasta hoy defiende Planned Parenthood, así como la expropiación forzosa de propiedad privada y un seguro de salud nacional. A pesar de tales herejías republicanas, la relación del magnate con su secta funciona porque –como “sicólogo de calle” al fin– sabe manipular los hilos de sus títeres con una retórica tan hueca como mágica: “Conmigo América volverá a ser grande, volveremos a ganar, porque ahora perdemos en todo… Regresarán millones de trabajos de China y México… ¿Y Obamacare? Voy a “reemplazarlo por algo fantástico”.

Y cuando no es magia son injurias (“cerdas” o “perras” a las mujeres, “violadores” a los inmigrantes, “asquerosos” a sus rivales). O tráfico de chismes, innuendos y falsas teorías conspiratorias (“George Bush sabía del 9/11 antes de que ocurriera”).

¿Puede alguien así de chusma e impulsivo ser presidente de Estados Unidos? En la historia de este país ha existido un respeto sagrado por el decoro en la Oficina Oval, con independencia del color político de su ocupante. Y con la misma reverencia siempre se han exigido dos cualidades esenciales en un presidente: la buena educación y el temperamento ponderado.

Trump rompería ese molde de decoro y mesura. Ya lo está rompiendo. Pero el auténtico destructor no es él, sino ellos, el cerca de 30% de republicanos que le apoya. Lo alentador es que un 70% le repudia. Muchos más si se cuentan los demócratas e independientes que votan en las generales. Por eso las encuestas le dan como perdedor en noviembre, incluso ante Bernie Sanders. Un claro indicio de que Trump no sólo arrastraría al partido hacia una sonada derrota, sino que además causaría una escisión. Ya los otros candidatos y la directiva del partido trabajan silenciosamente según la revista Político para derrocarle en una Convención Pactada.

Tienen un miedo existencial. Todas las personas razonables deberían tenerlo, para no lamentar algún día la advertencia de Churchill: “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”.

Periodista y analista internacional.

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