Opinión

ROBERTO CASÍN: De la billetera al móvil

Como suele decir mi amigo Alfre: «Todo tiene un precio en este mundo». Hasta el dinero. Y a veces tan alto que espanta. Pónganse a pensar en todo lo que suda la criada de un hotel limpiando suciedades ajenas, o lo que hay que aguantar cuando el jefe, inepto, arrogante y grosero —una especie que hoy prolifera— grita, insulta y patea. Subordinados al fin, algunos se vuelven borregos, para que no los pongan de patitas en la calle a la menor señal de disentimiento. Hay quienes doblan el lomo con dignidad; otros, la cerviz, y de paso lustran el piso con la lengua. Hay casos y casos, pero para todos, siempre, la necesidad en mayor o menor manera obliga.

De modo que el dinero no tiene solo un valor fiduciario, sino un valor añadido; especialmente para los que ya pasan de los cincuenta, rebosan talento, experiencia, pericia y responsabilidad, pero les cuesta mucho más conseguirlo porque les falta docilidad y sumisión, lo que algunos patrones llaman «espíritu corporativo». Qué decir de las damas a esa edad, que aunque amén de atractivas en su mayoría son más eficientes y resueltas que nosotros, se ven obligadas a competir con un ejército de barbies, de seso hueco y estupidez comprobada, pero siempre sonrientes, seductoras, serviciales igual de pie que acostadas, y en salario mucho más baratas.

Pero a lo que iba: al dinero contante y sonante. La revolución digital les depara el mismo destino —el desuso— que ya corrieron los textos impresos en las viejas máquinas de escribir, las cintas de celuloide de las anticuadas Kodak y Rolleiflex, y los antiguos teléfonos con pesados auriculares de empuñadura. Así ocurre hace ya rato con las cartas desde que se inventaron los emails, y la gente opta por lo más rápido, ahorrándose tinta, franqueo postal y papel. También los diarios se han digitalizado, la música por el estilo, y aunque un Benjamin Franklin verde sigue siendo un billete que abre puertas y encandila la codicia, nadie quita que las monedas virtuales, los bitcoins, se impongan más tarde o más temprano.

La moneda tradicional sigue siendo todavía la forma de pago más generalizada en el mundo, pero de la misma manera que se pasó de los cheques a las tarjetas de crédito, ya proliferan los medios de pago electrónico mediante aplicaciones móviles. El mejor ejemplo esté quizás en Dinamarca, donde las autoridades pretenden eliminar a corto plazo el dinero en efectivo, y en el país se eliminó ya el pago en efectivo en tiendas, restaurantes y gasolineras, y una tercera parte de los daneses ha echado a la basura las billeteras para utilizar la aplicación llamada MobilePay, que transfiere fondos a otros teléfonos móviles y cuentas de banco. De dinero físico a dinero invisible. “Ahí está el detalle”, como diría Cantinflas. De hecho, aproximadamente la tercera parte de la población mundial no dispone de servicios bancarios; en cambio, tiene acceso a teléfonos móviles, capaces de hacer transacciones monetarias. Y lo que podría interpretarse como una modalidad de pago factible solo en naciones desarrolladas es todo lo contrario: algo común desde hace ocho años, y creciente, en el remoto corazón de África, en un país como Kenia.

Y claro, no faltan quienes auguran que en cuestión de pocos años, y con la aparición en el mercado de relojes de pulsera conectados a Internet —en adición a los celulares— se acelerará la desaparición de las monedas y los billetes, los gobiernos no tendrán que gastar ni un centavo acuñando dinero, habrá mayor control sobre las transacciones para evitar el fraudulento blanqueo de capitales, y desaparecerá el legendario ladrón de bancos y de camiones blindados para salivarles los colmillos a una nueva élite de tiburones, los hackers del dinero.

Periodista cubano.

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