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Opinión

ALEJANDRO RÍOS: El arte de morir

Sobrecogido todavía por el fallecimiento del extraordinario artista David Bowie, el pasado mes de enero, a causa de una enfermedad terminal, me enfrento con el filme Truman, dirigido por el catalán Cesc Gay, que será estrenado durante el Festival Internacional de Cine de Miami, del Miami Dade College.

Dicen que el vanguardista Bowie murió tranquilo rodeado de sus seres queridos. Mantuvo en total privacidad su padecimiento y al saber que el final era inminente nos regaló tal vez el mejor CD de rock fusión aparecido este año, Blackstar, todo un concepto musical difícil de igualar en un universo de éxitos leves, alérgicos a la experimentación.

En los últimos años de su vida, Bowie fue un neoyorquino como cualquier otro. Practicaba la rutina de caminar cerca de su apartamento en Manhattan, visitaba el mismo café y una librería. Eso sí, andaba con un periódico griego para confundir el acecho de sus numerosos fans.

Cuando grabó Blackstar, sin cejas y pelo ralo, debido a la quimioterapia, le pidió a los músicos que guardaran el secreto y así lo hicieron. Fue por esos días también que estrenó una obra musical en Off-Broadway, Lazarus, con parte de su extraordinario catálogo musical donde figuran 25 álbumes en una carrera que se extiende por medio siglo.

Me he imaginado mucho los últimos días de un creador tan pródigo en su lucha contra la finitud del cuerpo humano. De cómo se había desprendido de todo lo mundano para dedicarse a su familia –nada le complacía más– y dar los toques finales a su obra.

Y ahora llega el filme Truman que me permite, mediante la más esmerada ficción, retomar la historia de otra despedida, la de un artista argentino, enfermo de cáncer terminal, que vive en Madrid y recibe la visita durante cuatro días de su amigo entrañable, un español que ejerce, con éxito, la docencia en Canadá.

La película arrasó este año con los principales premios Goya y hasta en el prestigioso Festival de San Sebastián la distinción al mejor actor masculino fue compartida entre Ricardo Darín y Javier Cámara, quienes interpretan, respectivamente, el actor desahuciado y su amigo el profesor.

Este es el tipo de película que te atenaza el corazón desde la primera secuencia hasta su conclusión, sin asomo de melodrama sensiblero, todo un desafío. El personaje de Darín quiere dejar sus cosas en orden antes de irse para siempre, sobre todo busca un hogar para su perro Truman, viejo y agobiado, y las alternativas no son muy halagüeñas, hasta el mismo final del filme.

El profesor que encarna Javier Cámara, con más solvencia económica, va a complacer todas sus gestiones y caprichos, incluso la visita al funeral para hacer “los arreglos”, en una secuencia del mejor humor negro ibérico, así como el emotivo viaje inesperado a Amsterdam donde estudia el hijo.

Ricardo Darín es uno de los más brillantes actores (sin adjetivos étnicos al uso) contemporáneos y aquí se vuelve a consagrar cuando logra borrar toda intromisión técnica, propia del cine, entre sus diversos estados de ánimo, que quieren ser optimistas frente a la adversidad, y nosotros, absortos espectadores ante una situación límite, que coloca un espejo frente la vanidad terrenal.

Viéndolo apabullado pero invencible en la pantalla, lo recuerdo alegre y sencillo bailando ritmos cubanos en la Torre de la Libertad cuando el Festival de Miami estrenó El secreto de sus ojos.

En Truman nos regala otro de sus grandes momentos, de esos que hacen meditar sobre la fragilidad del ser humano, los percances insospechados y la estela de bienaventuranza en nuestro paso por la vida.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de febrero de 2016, 11:37 a. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: El arte de morir."

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