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Opinión

Cumpleaños

Qué noticia dolorosa el fallecimiento del productor y músico George Martin, quien se disputa la categoría de “quinto Beatle” con el gerente inicial del grupo Brian Epstein. Fue, de hecho, Epstein el que convenció al apacible y correcto Martin de que les hiciera una prueba. El resto, por supuesto, es historia.

Rigurosamente educado en un conservatorio de música y teatro, el productor más famoso de la música popular del siglo XX falleció a los noventa años. Muchos de los momentos extraordinarios del catálogo de los Beatles se deben a la pericia y talento con que logro imbuirlo de música clásica y de cómo superó las limitaciones tecnológicas de su época para lograr álbumes tan vanguardistas e influyentes como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y el Abbey Road.

Hay un documental extraordinario donde este británico comedido que nunca dejó de atender sus responsabilidades con los desenfadados Beatles, de cuello y corbata, nos cuenta, entre otras anécdotas reveladoras, de cómo se le ocurrió iniciar la pieza Eleonor Rigby con un conjunto de cuerdas, inspirado en la electrizante música de Bernard Herrmann para la escena de la ducha en el filme Psicosis de Alfred Hitchcock.

Similares y sustanciales aportes de su maestría y talento se repiten, indistintamente, en Strawberry Fields Forever, A Day in the Life, Yesterday y la impecable In My Life, donde se le ocurrió introducir un solo de piano, a la manera de Bach, que luego acelera durante la grabación para salvar su falta de destreza al piano. El resultado final simula el sonido de un clavicordio, en un efecto deslumbrante y novedoso.

Hoy día de San Patricio, que con tanto fervor se aclama en los Estados Unidos por la herencia irlandesa, celebro mi cumpleaños y reflexiono sobre estas ausencias irremediables de los cimientos culturales de mi generación.

George Martin y los Beatles son la eternidad y cada una de sus canciones me hacen recordar momentos felices y otros que no lo fueron en un país turbio que ahora quiere refrendar sus tropelías como logros.

Amigos intelectuales de visita por estos lares me preguntan, insistentemente, que cuándo viajo a La Habana. como si la varita mágica de los americanos enderezara tantos entuertos y allí fuera recibido con un “bienvenido a casa” por el oficial de inmigración, como suele ocurrir en mi patria adoptiva.

¿Visa o permiso a precios exorbitantes, para entrar al lugar donde nací, secuestrado por una gentuza letal que no cree ni en sus propios artistas? Me cuenta uno de ellos la pesadilla que significa regresar a Cuba desde que te pones en manos de agencias de viaje en Miami que son como una extensión de los atropellos que luego te aguardan en el aeropuerto José Martí, donde abundan los impuestos, la corrupción, los timadores y todos los otros traspiés de un régimen que nunca ha tenido piedad con sus conciudadanos.

Le digo a estos amables interlocutores que para mí no existe mejor ciudad en el mundo que Miami y ya conozco algunas, gracias a vivir en libertad.

Aquí descansan mis muertos entrañables y progresan los nuevos Ríos caudalosos. Cada día es la bendición de haber dejado atrás aquel engendro de experimento que no tiene solución mientras los causantes de tantos desatinos sigan aferrados al poder.

Hoy es mi cumpleaños y recuerdo intensamente a mis progenitores que me inculcaron la decencia como principio cardinal para solventar los imponderables de la vida. Les debo cualquiera de mis virtudes y ninguno de los defectos. Me enseñaron que la patria está con la familia y que la vida es una suerte de road movie hacia la felicidad.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de marzo de 2016, 1:45 p. m. with the headline "Cumpleaños."

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