El infierno de La Victoria
Decían las señoras de La Victoria de San Isidro en el Cesar que, en Semana Santa, sale el diablo de los recovecos del infierno. Sube, posa sus pezuñas sobre la tierra y empiezan las desgracias. Es bien sabido que en el pueblo está prohibido mentar su presencia –siquiera pensarla– cuando ya han pasado las ocho en las oscuras y tardías noches de cuaresma.
Es entonces cuando irrumpe, bruto dios de los impíos, el condenado por la inquina de las almas atemorizadas, que viven resguardadas del dolor de la violencia. Busca perpetrarse eterno en el recuerdo de los inocentes, de aquellos que no pidieron nacer en tierra mala, en sembradíos plagados de balas.
En una de aquellas aciagas madrugadas coronadas por el ruido de los graznidos de las lechuzas que circundaban las parcelas vecinas de La Victoria –unas perdidas y sin ruta– fue un viernes santo de 1997, la ocasión para que, a sus 10 años, Misael palpara, escondido y en silencio, la aterradora presencia del ángel caído.
Sintió los fuertes y estrepitosos golpes de su corazón, mientras, por la hendija de una pequeña ventana, veía de lejos llegar al mismísimo diablo que se abría camino entre los negros y tupidos matorrales, con una veintena de sus demonios siguiéndole cada palmo, cada uno de ellos lanzando insolencias revestidas de chirridos.
Este diablo trastocado tenía la piel curtida, sucia. No olía a azufre, más bien hedía a cagajón, a monte, a sanguaza pestilente de cobardía y resentimiento. Enjuto, de huesos largos, vestía un camuflado raído y decolorado, con botas que arrastraban ya muchos pasos por veredas, colgando entre sus hombros un viejo rifle sin cartucho de vida. Un diablo con nombre propio, que llegaba a tierra victoriana en busca de saciar su impudicia.
–Abran la puerta, que aquí viven informantes, sapos de la guerrilla. ¡Salgan ya!
A ras del piso frío, debajo de una cama de alambres con una vieja colchoneta llena de paja, Misael quedó tendido, paralizado. No parpadeó. Su boca estaba trabada, con la punta de una sábana de lana apretujada en la mandíbula; sus piernas encogidas y las palmas de sus manos sudorosas, pálidas, heladas. En cambio, su corazón no detuvo la carrera. Seguía impasible, cada vez más ruidoso.
A su corta edad, nunca imaginó verle el rostro al diablo, la reencarnación de lo que contaban aquellas señoras del pueblo, hecho carne en el cuerpo de uno de los líderes paramilitares que comandaban esa zona del Cesar, maltrecha por la misma ambición que alguna vez sucumbió a la guerrilla colombiana.
Vio entonces Misael salir de sus casas a cuatro hombres maniatados, caminando entre pasos torpes y retrasados, por la intemperie de un pueblo que veía a los suyos como protagonistas de una escena macabra, al tiempo que se escuchaban por todas las casas los gritos de piedad de mujeres y de niños, implorando para sus familiares un poco más de tiempo en la tierra.
Sus pupilas dilatadas absorbieron la escasa luz de aquel triste escenario. Congelada, su mirada dijo sin hablar ni gritar, sin llorar ni dudar, que aquella sería la última vez que volvería a ver a los hombres del pueblo, que en su paso hacia la muerte, clamaban vida.
Envenenado, el diablo se apropió de las almas de primos, hermanos, sobrinos, amigos y vecinos del pueblo, y las arrastró consigo y su séquito, entre la espesa y asfixiante bruma provocada por restos de basura quemada en la tierra, por un sendero que conducía a las puertas del averno. Se alejaron y se adentraron en un camino sin regreso, dejando únicamente visible una estela de cenizas de plomo.
Comunicador social y periodista colombiano.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de marzo de 2016, 4:34 p. m. with the headline "El infierno de La Victoria."