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Opinión

Atentados terroristas: la fortaleza y la debilidad

Mientras escribo esta columna el secretario de Defensa, Ashton Carter, anuncia la muerte del número dos de ISIS, el terrorista iraquí Abdel Al Qadouli, uno de los grandes objetivos del ejército estadounidense. Poco a poco, los fanáticos de esa sanguinaria organización deben estar comprendiendo que su delirante idea de un califato islámico no será una realidad.

Pero mientras tanto logran perpetrar atentados como el de esta semana en una estación del metro y en el aeropuerto de Bruselas, cobrando la vida de 31 personas y dejando casi 300 heridos. Por encarnarse cobardemente con civiles, el terrorismo suele ser un arma de enorme (para estos dementes) eficacia letal, pero además lo es como arma psicológica, ya que crea un clima de desconfianza y zozobra que, si no es bien manejado por los líderes, puede crear desenlaces mucho más trágicos.

Sin embargo, las personas que aman la libertad tampoco se dejan amedrentar tan fácilmente. Recuerdo que, a la semana de los atentados de París, ocurridos un viernes, los parisinos en lugar de encerrarse por temor a otros ataques, repletaron sus cafés, restaurantes, calles y bares, demostrándoles a los terroristas que no habían ganado.

Cuando un líder político, ante una coyuntura de terror, sale a declarar que se tomen medidas que van en contra de los valores fundamentales de un pueblo, los terroristas sí ganan. La tal fortaleza de la que se quiere jactar Donald Trump pidiendo la prohibición de la entrada al país (en este caso) de los musulmanes y su exaltación de la tortura incluyendo la que se lleve a cabo contra los familiares de los perpetradores, no es otra cosa que pura y simple debilidad. Con sus comentarios, Trump, así como Ted Cruz, que pidió un control policial especial para los barrios donde reside la comunidad musulmana, no han hecho otra cosa que morder el anzuelo. Sus respuestas son el equivalente a que los parisinos se hubiesen quedado encerrados en sus domicilios, repletos de miedo; a que los franceses se hubiesen dedicado a linchar a todos sus residentes y ciudadanos musulmanes, por sospechosos.

Dicho sea de paso, también son el equivalente a esto las torturas de la cárcel de Guantánamo y Abu Ghraib, y la mentirosa guerra de Irak. En aquel caso, los neoyorquinos demostraron mucha más grandeza que el entonces presidente de los Estados Unidos y su gobierno, volcándose primero a socorrer a las víctimas y después a su vida cotidiana, sin dejarse intimidar un ápice por los que repletaron de sangre y dolor su suelo.

En Estados Unidos, Canadá y Europa, hay detalles tan simples que demuestran su impresionante grado de civismo, como por ejemplo, que en los escenarios deportivos no exista una valla entre la afición y los deportistas. Imagino que cuando uno crece viendo eso, le parece tan normal que no se percata de todos los mecanismos en funcionamiento que hacen posible tal grado de libertad. No creo que en ninguno de estos esté incluida la tortura, ni mucho menos la exaltación al racismo o la segregación, o al fanatismo religioso, que no necesariamente es patente única de los musulmanes.

Un loco con una bomba amarrada al cuerpo dispuesto a hacerse volar es una de las peores amenazas para la civilización. Se requiere de una labor sumamente compleja de inteligencia y colaboración entre gobiernos para detenerlos y, sin embargo, nunca será cien por ciento inevitable que en algún caso tengan éxito. Lo que sí es cien por ciento controlable es la respuesta que se dé cuando alguno logre su macabro fin.

Desbocarse pidiendo sangre inocente y gritando guerra, no es precisamente una que ayude a superar esta terrible coyuntura.

Escritor colombiano.

www.pedrocaviedes.com

Esta historia fue publicada originalmente el 26 de marzo de 2016, 1:48 a. m. with the headline "Atentados terroristas: la fortaleza y la debilidad."

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