Opinión

Mientras Europa dormía

Apenas tres millas separan las sedes de gobierno de la Unión Europea del mayor enclave yihadista del continente. Se sabía desde hace años que el barrio de Molenbeek era un hervidero de salafismo radical, pero nadie ha movido un dedo. Allí la policía de Bruselas no hacía redadas ni el tema se discutía en el Parlamento o Consejo de Europa. Siendo vecinos. Tan cerca y tan lejos de la realidad. Voluntariamente ciegos, sordos y mudos. Para no perturbar la falsa sensación de paz que daba tolerar a quienes quieren destruir la civilización de la tolerancia.

Hasta el extremo de prohibir que la policía pueda registrar una casa o detener a alguien entre 9 de la noche y 5 de la mañana. No es una broma. Es una ley, vigente en Bélgica desde los años sesenta, que bien se podría titular “ley de empatía con el enemigo”.

Las tres millas de la infamia son el paradigma de lo que se repite por la geografía de las ineptocracias europeas. De la tragedia terrorista que asola ya abiertamente al Viejo Continente. Una herida autoinfligida. De esas que tienen mala cura, porque llegan a la sala de urgencias cuando ya es demasiado tarde. Como ocurre ahora, tras los últimos atentados en Bruselas y París.

La historia comenzó a dar un vuelco en los años 90. Desde entonces el islam radical fue prosperando a medida que los europeos iban derribando los “cimientos sólidos” de su cultura hasta transformarse en lo que el gran sociólogo polaco Zygmunt Bauman denomina “sociedades líquidas”, en las que todo fluye menos la certidumbre. Los únicos que en esas aguas han navegado siempre con principios firmes son los musulmanes, tanto los moderados como los radicales.

Y así se hicieron intocables. Mientras, los europeos “líquidos” siguieron pensando que su paraíso de bienestar y paz les blindaba a prueba de bombas –en sentido figurado y literal– y empezaron a derrochar capital cultural, sobre todo de valores. Adoptaron el correctismo político, el buenismo, el relativismo y, para todo ello, fue esencial negar la realidad. Se implantó la “cultura de la negación”. Negar verdades que resultaran incómodas para la utopía del paraíso europeo, entre ellas que muchos barrios musulmanes se estaban transformando en incubadoras terroristas.

El ejemplo más patente es el que acaba de estallar en Molenbeek. De repente despiertan y lo califican como un infierno. ¿A qué viene tanta sorpresa? Si esa factoría terrorista la ha cuidado el propio alcalde Philippe Moureax durante 20 años (1992-2012), conocido como sumo pontífice del correctismo político. Y !ay! de aquel que se atreviera a destapar la olla de grillos, porque su reputación acabaría destruida con la etiqueta de xenófobo y ultraderechista.

Bien lo saben los tres periodistas que se atrevieron y han sufrido oprobio por alertar del peligro. Uno de ellos, el holandés Teun Voeten, que perdió la inocencia viviendo en Molenbeek durante nueve años, dice así: “Quienes señalan las tendencias violentas en el islam radical son acusados de propagandistas de la extrema derecha. El debate está paralizado por un discurso paternalista en el que los jóvenes musulmanes son vistos, sobre todo, como víctimas de la exclusión social y económica. Estos, a su vez, interiorizan este marco de referencia porque, por supuesto, genera simpatía hacia ellos y les libra de tener que asumir la responsabilidad por sus actos”.

Esa es la Europa que los turistas no ven. Ni los europeos han querido ver y ante la que ahora se ven obligados a reaccionar. Quizá cambien leyes, tal vez creen una policía continental tipo FBI, o un registro de pasajeros que transitan bajo el radar de las fronteras abiertas. Pero de nada serviría si no cambian lo más importante: la mentalidad débil y autocomplaciente.

Periodista y analista internacional.

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