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Opinión

Un siglo de memorias

Una mujer contempla el Valle de Zion, en Utah, desde la cima de Angels Landing.
Una mujer contempla el Valle de Zion, en Utah, desde la cima de Angels Landing. Cortesía del autor

Le debo a una montaña haber vencido algunos temores, entre ellos el miedo a las alturas.

Esa conquista personal fue también posible por una idea casi centenaria que puso los sitios más majestuosos de Norteamérica en las manos del ciudadano común.

Mi batalla contra las cimas ocurrió hace alrededor de cuatro años, cuando por primera vez pude llegar al tope de Angels Landing, una impresionante roca de aspecto monolítico que se levanta a más de 1,400 pies de altura en el Valle de Zion, en el Parque Nacional de igual nombre, en Utah.

Un año antes, en junio del 2011, había intentado vencer la cumbre de esa montaña, pero después de haber caminado dos millas y media, superando brutales ascensos, justo antes de comenzar el último tercio de la aventura, los desfiladeros y abruptas caídas a ambos lado de un trillo que en momentos no es más ancho que dos pies, despedazaron mi entusiasmo. Poco antes del ascenso final, en un punto conocido como Scout Lookout, acepté mi derrota ante la impasible montaña, famosa por cobrar la vida de algunos de los que se han atrevido a desafiarla.

Ese día mi consuelo fue presenciar como un joven de poco más de 20 años regresaba vencido con rostro de pánico tras ver lo que le aguardaba en los primeros pasos del tramo más peligroso.

En junio del 2012, cuando al fin conquisté Angels Landing, despedazando temores y demonios, allí en la cima, no sólo sentí la mayor sensación de triunfo de mi vida, sino comprendí por qué los Parques Nacionales han sido la mejor idea de América.

Nada mejor en el mundo que lugares como este, en el Parque Nacional Zion y otros muchos en parques nacionales y áreas protegidas de este vasto país, sean el patrimonio de todos, sin importar el tamaño del bolsillo. De hecho, una de las principales razones de preservar esas bellezas naturales es precisamente evitar que muchas de ellas se conviertan en santuario de unos pocos.

Me pregunto cuántos millones de personas, de múltiples generaciones, han vivido experiencias como la mía y atesorado inolvidables memorias gracias al Servicio Nacional de Parques, un organismo federal que el próximo agosto cumple 100 años gracias a la visión extraordinaria de sus fundadores, los presidentes Woodrow Wilson y Theodore Roosevelt, los conservacionistas Horace M. Albright y Stephen Mather, y a la profunda pasión de John Muir, un naturalista de origen escocés que abogó incansablemente por preservar las “catedrales” naturales de Norteamérica.

Aquella tarde soleada, en la cima de Angels Landing, contemplando el extenso Valle de Zion y el río Vírgen, allá abajo, tan diminuto como una hebra de hilo, pude ver también por qué la naturaleza y aventuras como aquella resultan tan esenciales en la oxigenación del alma humana. Después de todo, en ese momento yo había logrado completar un largo recorrido comenzado hacía décadas en mis travesuras infantiles trepando a los almendros de Arroyo Apolo, un barrio perdido en las afueras de La Habana.

Gracias al Servicio Nacional de Parques, he podido igualmente guardar en mi memoria otros sitios inolvidables como el Arco Delicado, en Arches, las espectaculares formaciones rocosas de Bryce Canyon, la absoluta tranquilidad de un lugar tan remoto como Chesler Park, en Canyonland, los sensacionales Fremont Gorge y Cohab Canyon, en el inigualable Capitol Reef, y presenciar también la puntualidad y lealtad de Old Faithful, en Yellowstone.

John Muir dijo una vez: “las montañas me llaman y debo ir”, y en este 100 aniversario les aseguro que los Parques Nacionales y todas las áreas protegidas de nuestra gran nación son el trillo ideal para comenzar a escalar las cimas de la vida.

Periodista radicado en Miami.

ottorod@gmail.com

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de abril de 2016, 3:46 a. m. with the headline "Un siglo de memorias."

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