Un esfuerzo mancomunado contra la epidemia de la violencia
Un día antes de que celebráramos en el Teatro Tower el evento auspiciado por el comisionado de la Ciudad de Miami Frank Carollo, con la colaboración del Miami Dade College, para frenar lo que se ha vuelto lamentablemente una situación común, dos jóvenes fueron abatidos en las calles por balaceras indiscriminadas que empañan buena parte de los esfuerzos que hace nuestra comunidad por educar y hacer progresar a las nuevas generaciones.
Las estadísticas causan pavor: 300 menores fallecidos por armas de fuego y en los últimos cuatro años, solamente, 650 incidentes provocados por disparos, en su gran mayoría sin solución.
Se trata de vidas segadas en pleno desarrollo, talentos e inteligencias perdidas, ausencias y traumas por siempre en el seno de familias dolidas, en fin, toda una cadena de tristezas e impotente furia.
Nos hemos reunido en el venerable Teatro Tower, en una de las zonas turísticas por antonomasia de Miami, cerca del escenario de balaceras, para escuchar las voces de funcionarios electos y de organizaciones esforzadas por cambiar el rumbo de una epidemia lamentable.
Barrios donde no son muchas las oportunidades económicas y sociales y las numerosas ventajas de la modernidad de los propios Estados Unidos no encuentran un nicho productivo.
Resulta difícil creer que todo este desasosiego ocurra ante nuestras propias narices. Les confieso que provoca vergüenza constatarlo. No podemos seguir dándonos el lujo de fallarles de tal modo a las nuevas generaciones y pensar que el problema está circunscrito a zonas específicas y que no es un asunto de toda la comunidad.
Se trata de la clásica historia del elefante en la sala de estar y nadie es capaz de reparar en su presencia, hasta tanto no comience a importunarnos.
Aunque la economía nacional viene experimentando esperanzadoras pero mínimas mejorías, el mercado laboral no progresa como necesitaríamos y se resiste en acoger a los nuevos profesionales.
En vez de debates triviales, a veces sin sentido, me gustaría escuchar entre los candidatos a las nominaciones presidenciales ideas realistas, nada utópicas, sobre la inserción de la juventud en el desarrollo social en general de esta gran nación. Y cuando menciono a la gente joven, hago la salvedad de incluir todas las procedencias.
Hay una suerte de arrogancia intolerable entre no pocas de las personas que han llegado al éxito. Una insolidaridad que causa pavor.
“Allá ustedes, yo me esforcé, he triunfado y nada les debo”, es un modo miope de mirar el mundo. No creo en las llamadas “masas” como entelequia, por supuesto. Cifro mi esperanza en la capacidad individual, siempre que esté entretejida con intereses colectivos que nos alejen del síndrome de Robinson Crusoe.
Entiendo fervientemente el milagro de la educación. Empodera a las personas y las hace invulnerables a los vaivenes del destino e imponderables sociales. Los anillos de empobrecimiento y la falta de oportunidades no son hechos predestinados. Se pueden romper con esfuerzo y mucha ayuda.
Decía el prócer de la independencia de la India, Mahatma Gandhi, que el axioma de cobrar ojo por ojo suele dejarnos ciegos. Los diferendos en algunas de nuestras vecindades no deben solucionarse a tiros. Hay que disminuir las armas en manos inapropiadas y cambiar mentalidades para que la violencia no siga siendo la solución más socorrida.
El problema de vidas interrumpidas en la flor de la juventud no es un hecho aislado. Todos tenemos que sentirnos responsables, desde el funcionario electo hasta el comerciante, desde el urbanizador hasta el educador, por solo mencionar algunos componentes de la ecuación. Todos tenemos que pensar en soluciones porque el maná no va a caer del cielo, desafortunadamente, por mucha fe que profesemos.
Presidente del Miami Dade College.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de abril de 2016, 3:50 a. m. with the headline "Un esfuerzo mancomunado contra la epidemia de la violencia."