Las barbas del vecino
Por añadidura a lo que les decía en la anterior de estas columnas, Durmiendo con el enemigo, es absurdo pensar que podamos prodigarles un trato de iguales, con cordura y humanidad, a los verdugos de la Yihad que se nos han mudado al barrio y metido en la cuadra. Y que además haya toda una demagogia barata, proclamada por quienes nunca llegan a estar bajo las balas, de que las guerras —aun siendo contra un adversario tan sanguinario— pueden ganarse con civilidad y clemencia.
La realidad es otra. Quienes llevan décadas estudiando la torcida mente del fundamentalismo musulmán, dan por seguro que los soldados del Estado Islámico llevarán a cabo nuevos atentados terroristas no solo en Francia y Bélgica sino en otras ciudades de Europa. El número de atacantes y cómplices en las masacres de París y Bruselas suman fácilmente docenas, y la magnitud de las operaciones de estas células del terror en el viejo continente, es aún recóndita.
Se sabe que diez terroristas estuvieron directamente involucrados en los ataques del 13 de noviembre en París —los peores en Francia desde la II Guerra Mundial— y que uno de ellos, Abdelhamid Abaaoud, antes de ser abatido por las autoridades estuvo en un campo de entrenamiento en Siria con 90 yihadistas. Para Patrick Skinner, exoficial de la CIA, “supercélulas” como la de Bruselas-París son muy difíciles de penetrar “porque se conocen unos a otros”.
La amenaza latente es que hay docenas y docenas de terroristas fugitivos, grupos que no han sido identificados. El hecho es que cuatro meses después de los ataques en París, Jean-Charles Brisard, jefe del Centro para Análisis del Terrorismo en esa capital, admite que todavía se ignora la composición de toda la célula. Y se da casi por hecho que grupos similares no han aflorado aún en países como Alemania, Italia y el Reino Unido, donde el nivel de amenaza se cataloga de “severo”.
Lo que más alarma a los investigadores es que en mezquitas y madrazas se sigue predicando el odio contra la sociedad occidental. Muchos de los integrantes de la red Bruselas-París fueron reclutados por un endiablado predicador del distrito de Molenbeek, en la capital belga, Khalid Zerkani, ahora en prisión cumpliendo 12 años por actividades terroristas, pero aún venerado entre sus seguidores como el Santa Claus de la Yihad. Cuando la policía se incautó de su computadora encontró abundante literatura subversiva, incluyendo tratados como: “Treinta y ocho formas de participar en la Yihad” y “Dieciséis objetos de posesión indispensable antes de ir a Siria”.
Hawa Keita, una inmigrante maliense radicada en Bruselas, denunció que su hijo —a quien ahora da por muerto en Siria— se radicalizó en cuestión de pocos meses bajo la influencia de Zerkani, a quien califica de “Satán”. Al imán marroquí se le atribuye haber reclutado al menos medio centenar de jóvenes a quienes envió a campos de entrenamiento del Estado Islámico en Oriente Medio. ¿Cuántos Zarkani hay regados por toda Europa? Seguramente muchos. A esos, como quien extirpa un tumor, sería los primeros que deberíamos inhabilitar.
Se estima que de los terroristas islámicos entre 5 mil y 6 mil son europeos, conversos, naturalizados o hijos de inmigrantes. Solo de Francia serían casi 2 mil. Son jóvenes descarriados, adultos de mente maligna, todos erigidos en criminales de la peor ralea. ¿Están a salvo de atentados como los de Francia y Bélgica el resto de las naciones europeas? ¿Lo estamos del lado de acá del Atlántico? ¿Es que acaso lo están, en conjunto, nuestra ética, nuestros libros, nuestros templos y nuestra gente? Por falta de aviso no será. Porque hace ya rato que estamos advertidos: Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.
Periodista cubano, autor de la novela Polvos de fuego.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de abril de 2016, 0:44 p. m. with the headline "Las barbas del vecino."