Palabras vacías, arsenales llenos
Lo que no cambia, salvo en dirección hacia más cuando cambia, es la cantidad de ojivas nucleares en el planeta. Se trate de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China o Rusia, los cinco dueños “oficiales” del “Club nuclear de la muerte”. Los cinco dueños de los únicos asientos permanentes en el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU, ¡desde hace setenta años! Además, los cinco dueños absolutos de ejercer el poder de veto de las resoluciones del CS, así sea que de los quince integrantes del cuerpo se hayan pronunciado a favor de una medida en la proporción de 14 a 1. Ese uno, dueño de ejercer el veto, echa por tierra las más sabias y prudentes resoluciones del cuerpo, que así quedan sólo en “papel mojado”.
Lo que no cambia son los arsenales nucleares, pese a la densa carta encíclica del papa Francisco –“Laudato si’, mi’ Signore”, “Alabado seas, mi Señor”– de 2015, orientada a salvaguardar el planeta de las contingencias del maltrato por sus moradores a la “casa común”. La reciente cumbre de Washington del 31 de marzo al 1 de abril que reunió a una cincuentena de jefes de estado, se petrificó en un miedo real: el que los terroristas autodenominados “EI” (Estado Islámico) puedan acceder a un arma nuclear. El propio Obama centró casi toda su exposición en la Conferencia en este temor que contagió a propios y extraños con su discurso inaugural: “No hay duda de que si estos hombres locos (del Estado Islámico) se hicieran con una bomba o material nuclear, la usarían para matar a tantas personas inocentes como fuera posible”. No está mal que refieran ese aspecto en cuanto a la “seguridad nuclear”, objetivo de la Conferencia. Tampoco debe dejarse de valorar lo que expresó en el sentido de que si las armas nucleares cayeran en manos de grupos terroristas como el ISIS sería una “catástrofe humanitaria” que “cambiaría nuestro mundo” y tendría “ramificaciones globales durante décadas”.
La “seguridad nuclear” (la catástrofe humanitaria)
¿Y los arsenales nucleares con miles de ojivas muy modernas de altísimo poder (las bombas de Hiroshima y Nagasaki, con tecnología de ¡setenta años atrás!) fueron analizados en la Conferencia? Se centró, y es bueno que así sea, en la “seguridad nuclear”· Esa “seguridad” que se procura debe alcanzar, asimismo, a los arsenales. Imaginar que en alguno de ellos pudiera darse lo que ocurrió en el accidente de Three Mile Island (EEUU) que sufrió la central nuclear el 28 de marzo de 1979, nadie imaginó. Tampoco que en algún arsenal de India, Israel, Francia, o de otro país nuclear pudiera ocurrir lo de Chernóbil (26 de abril de 1986) o de Fukushima (11 de marzo de 2011). Todos accidentes en centrales nucleares, para la energía eléctrica. No eran reservorios de elementos bélicos. Una simple visión del panorama nuclear mundial destinado en vigilia de guerras para matar como matarían y destruir como destruirían produce escalofríos. Porque hay una verdad irrefutable: todos, en Miami, en París, en Seúl, en Ciudad del Cabo, en Buenos Aires, en Washington o en cualquier sitio del mundo somos víctimas potenciales de una guerra nuclear. Sea que se produzcan explosiones accidentales en los arsenales o se lancen misiles entrecruzándose entre estados “enemigos”, en ese tiempo. El mayor riesgo nuclear está dado por la acumulación irracional y temeraria de armas nucleares, criminal y absolutamente irresponsable y de una ingenuidad política digna de ser repudiada por la Humanidad.
La “Humanidad”, esa abrumadora mayoría conformada por casi siete mil millones de personas que habitan el planeta y gobernada por una muy minúscula minoría de personas ejerciendo el poder gobernante de cualquier modo y en cualquier lugar (monarquías absolutas, monarquías en democracia, gobiernos democráticos, dictaduras civiles y militares, etc.). Aquí cabría una referencia necesaria a la luz del apocalipsis nuclear que puede sobrevenir por una confrontación bélica con armas nucleares o por estallidos en cadena de los arsenales de esas armas. Hace un poco más de tres décadas un calificado grupo de científicos de distintos lugares del mundo con el impulso de Carl Sagan, el reconocido astrofísico estadounidense, se reunieron en una cumbre en Washington y acuñaron una frase terrorífica: invierno nuclear. “Ya no es cierto que una guerra nuclear sólo dejaría secuelas en los países beligerantes” […] “ya no podemos imaginar que las naciones alejadas del conflicto puedan simplemente olvidarse de la guerra y heredar un medio ambiente libre de las consecuencias políticas de las grandes potencias. Parece mucho más probable que para la guerra nuclear no existan santuarios sobre la Tierra”, dice Carl Sagan (1934-1992) en el libro El frío y las tinieblas-El mundo después de una guerra nuclear (Varios autores científicos, Alianza Editorial, 1984). Estas expresiones del destacado estadounidense Sagan están en el contexto de la Conferencia sobre las Consecuencias Biológicas de un Conflicto Nuclear, celebrada en Washington en octubre de 1983, y de la que participaron científicos de distintas partes del mundo, también de la entonces URSS.
Reservorios de muerte
Ésa es la palabra justa. Los arsenales con armas nucleares son un reservorio en el que la Muerte se regodea de su potencialidad. Donde quiera sean dirigidos los misiles con sus ojivas tenebrosas experimentadas “exitosamente” hace setenta años, dos veces: Hiroshima y Nagasaki. Razón suficiente como para imaginar –de un modo primario, sin demasiados tecnicismos– que los verdaderamente extraordinarios avances de la tecnología (en todos los campos y ¡cuándo no!, en el militar) potenciarán los efectos devastadores del arma nuclear sobre la gente y sus ciudades. Sobre el ambiente, sobre los ríos y los mares.
Nadie estará a salvo, por mucho tiempo. Todos, en cualquier sitio del planeta Tierra, somos víctimas potenciales de las armas nucleares.
Un presidente y su palabra
El Nobel de la Paz se origina, para Obama, en sus impresionantes discursos apenas asumido como presidente en la Casa Blanca. En Praga, el 5 de abril de 2009 manifestó que su país aspiraba a un mundo sin armas nucleares. Osadas palabras de un presidente del país donde el poder reside –precisamente– en el complejo militar-industrial y financiero que lo posibilita, que, en rigor, ejerce el más operativo poder del país más poderoso de la tierra. Obama anunció en la última conferencia en Washington que su país hará público su arsenal nuclear. Será un primer paso para saber el filo de la espada de Damocles que pende sobre la Humanidad. Junto con las otras espadas, las de China, Rusia, Gran Bretaña, Francia, Israel, Corea del Norte, India y Pakistán. No hay otra solución que el desarme nuclear total llevado adelante con un amplio plan de reconversión industrial. ¿Para qué? Simplemente para que los integrantes del complejo militar-industrial y quienes lo financian no pierdan su negocio y abandonen su “marketing de la guerra”. La reconversión planificada (seguro llevará tiempo) permitiría nuevos emprendimientos industriales no bélicos y el sistema financiero orientará sus acciones en ese desarrollo.
Columnista argentino.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de abril de 2016, 1:42 p. m. with the headline "Palabras vacías, arsenales llenos."