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Opinión

Memorias de la decencia

En un conmovedor video familiar están sobre el piso alfombrado de la casa de mi hermano Franky, mi madre deleitándose con sus nuevos nietos. Gala, nuestra rusa, de apenas unos meses, sobre un pañal, levantando la cabeza curiosa con sus ojazos azules y mi hijo Alejandro, arrollador en sus primeros pasos, haciendo maldades para provocar la risa. En otro momento cabalga espléndido sobre su tío. Este cuadro es mi idea de la sagrada familia.

Desde aquel día aciago que casi pierdo la vida, tratando de cruzar el río Bravo hacia los Estados Unidos, he pensado que me salvé para ser testigo de muchas de estas satisfacciones y de imponderables congojas familiares.

Despedirme de mis padres, quienes fallecieron en estas tierras; ver a mis nietos nacer y a mi primer hijo progresar con su familia en tan generosa nación, a donde pude traerlo poco tiempo después de haber llegado en calidad de refugiado político, circunstancia que siempre me honra.

No desaparecí ese día –estoy seguro– para procrear un segundo hijo, que demoramos su mamá y yo hasta tanto naciera en libertad, y poder asistir a su graduación, con honores, diecinueve años después en Miami Dade College, dentro de casi 48 horas.

La historia tiene una resonancia especial, porque en la misma institución recibió también su diploma universitario, Sandor, mi primer hijo, y desde hace poco más de veinte años mi esposa y yo integramos las filas de su hacendosa empleomanía.

Precisamente un año después de haber ingresado en MDC, en 1993, comencé a trabajar y disfrutar las ceremonias anuales de graduación, ciertamente una experiencia singular para alguien proveniente de un país donde actos similares adolecen de un insoportable tufo político y doctrinario.

En las fiestas de diplomados del College he visto desde presidentes americanos dirigirse a miles de estudiantes, provenientes de cerca de 200 naciones, hasta la más humilde abuela, que le dio por reverdecer en los estudios, para graduarse junto a sus nietos.

Ni la costumbre de conocer al dedillo tal ceremonial ha impedido que me emocione hasta las lágrimas cada vez que afronto en vivo las historias de tantos esfuerzos en pos del triunfo académico.

Espacios henchidos de rostros felices, familiares emocionados porque uno de los suyos toca, casi siempre por primera vez, un aspecto sustancial del sueño americano.

Aquel niño que tiene a todos en vilo en el entrañable video de hace casi veinte años, es hoy un joven apuesto, de cultura totalmente bilingüe, con lo mejor de ambas orillas –la cubanoamericana– en su ADN, de una integridad intachable, a punto de salvar otra etapa importante de su vida.

Con apenas 19 años, Alejandro ha recorrido muchos de los principales escenarios culturales del mundo. Intuye, aunque nunca lo ostenta, que sus padres escapamos de la incertidumbre totalitaria para concederle el regalo grande de la libertad. Yo diría que es un componente esencial de la decencia cubana.

Detrás de todos sus apremios, del magnífico aprovechamiento académico en MDC, y de la nobleza que lo caracteriza, está la sombra protectora de su mamá quien no ha titubeado ni un minuto de su vida para que este día glorioso de la toga y el birrete ocurra, y ver a nuestro hijo diploma en mano, camino a continuar su carrera en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) al son de la emotiva pieza musical Pompa y circunstancia.

Ella estará en primera fila, escoltada por nuestros ángeles tutelares, los abuelos y mi hermano, desde algún lugar encantado, quienes por nada del mundo se perderán la fiesta.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de abril de 2016, 0:32 a. m. with the headline "Memorias de la decencia."

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