Esos fieles escuderos
Supe de su muerte hace un par de semanas. Pero hoy he vuelto a verlo. Como cada vez que regresaba a casa: rezumando una energía contagiosa; correteando por el patio sobre la grama; batiendo la cola a mi encuentro, con el pelo requetenegro, brillante, y los ojos como dos castaños; en busca de la caricia del amo; con gozo infinito, porque no hay amor como el de ellos. Los perros se entregan, sin condiciones ni reproches, como no hacemos siquiera nosotros. Durante un tiempo, Pepito —así lo bautizó mi hija— fue la alegría de la familia, junto a su compañero de travesuras, Rudy, un guacamayo listo, inteligente y cariñoso como nadie se puede imaginar. Hasta un día que, por imponderables de la vida, de esos que le tuercen a uno el sueño porque nada puede hacer por evitarlos, mi pastor alemán cambió de hogar.
Los días que siguieron fueron grises. No lo puedo negar. Solo compensados por el consuelo de que la mano que ahora le daba de comer también le prodigaba abundante amor. Durante meses, estuve al día de su suerte, de sus gemidos de nostalgia que fueron extinguiéndose con los mimos del nuevo amo. Y el tiempo debe haberlo curado de inquietudes, y de preguntas que seguramente nunca se supo responder. Sé que murió querido. Y saberlo me reconforta. La devota lealtad de un perro se echa de menos como pocas. Son amigos a toda prueba. Tanto, que no titubean en morir peleando por el dueño. Participan en guerras que no son suyas y comparten, de igual a igual, el sitial de los héroes. Como el caso de Lucca, una belga malinois enlistada en el cuerpo de infantería de marina de Estados Unidos en 2006, ya retirada, y que en seis años de servicio activo cumplió más de cuatrocientas misiones en Irak y Afganistán, salvó decenas de vidas, y perdió una pata en campaña. Por su heroicidad fue recientemente condecorada con la medalla Dickin, la más alta distinción que se otorga a animales por sus acciones en combate.
La naturaleza es misteriosa. De lobos, son temibles. De mascotas, su nobleza supera a la de la mayoría de nuestros congéneres. En todas las épocas sobran los testimonios. Como el de Bobby, un terrier que en el siglo XIX, a la muerte de su dueño, un policía de Edimburgo, el resto de los años que vivió —catorce— no se separó de la tumba. Convertido en leyenda, la ciudad le erigió luego una estatua. Otro perro de un pequeño pueblo italiano, Fido, pasó años yendo a esperar a su amo, Luigi, a la misma estación de tren de la que este un día marchó sin regreso como soldado a la II Guerra Mundial. Hoy, un epitafio cerca de la terminal de ferrocarril reza: «A Fido, ejemplo para todos los humanos de la máxima expresión del amor y la fidelidad». En Cádiz, España, aún recuerdan a Canelo, el can, que esperó doce años a la puerta del hospital donde falleció su dueño. En reconocimiento a su lealtad, los gaditanos pusieron su nombre a una calle y dedicaron una placa en su honor.
Por eso nunca he podido congeniar con los desalmados y miserables que, por malasangre y crueldad, son capaces de abandonar a sus leales escuderos cuando enferman o envejecen. La cuestión es que hay perros que valen más que algunos seres humanos. El nuestro fue uno de ellos. Punto. Y hoy tecleo estas líneas porque fui a visitar a un amigo y he visto al pastor alemán de un vecino cómo le corría encima, fogoso y alegre, derretido de amor. El pecho me dio un salto. Como si el de aquella carrera fuera Pepito. Y el amo que le sonreía con los brazos abiertos fuese yo.
Periodista cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de abril de 2016, 7:54 a. m. with the headline "Esos fieles escuderos."