Vidas equidistantes
Javier Palomarez, presidente y director ejecutivo de la Cámara de Comercio Hispana de los Estados Unidos, fue el orador invitado de la graduación de mi hijo Alejandro en el Kendall Campus del Miami Dade College, el pasado fin de semana.
Cuando uno lo ve, tan distinguido, no puede presumir que proviene de una familia sumamente pobre de origen mexicano, con 10 hijos criados por la madre. Hoy, representa a 4.1 millones de hispanos dueños de negocios en los Estados Unidos, que colectivamente contribuyen $661 billones de dólares a la economía de la nación.
En la clase del 2016 el College graduó, durante cinco jornadas, cerca de 14,000 estudiantes, quienes representan 190 naciones y se expresan en más de 90 lenguas. En Kendall solamente, marcharon banderas de 55 países, vitoreadas por alumnos y familiares, según su procedencia, en sana y original competencia.
La insignia de las barras y las estrellas se manifiesta, tradicionalmente, durante el final del desfile y es la que más algarabía provoca entre la concurrencia. Se le agradece su enorme generosidad y el hecho de que el diploma universitario termina por ser el gran igualador de la democracia en su más óptima expresión.
El mismo sábado glorioso, veo rostros tan límpidos como los de mi hijo pero enfrascados en las distintas vías de fuga del tormento cubano. Ese de la foto, que mira a la cámara en la incertidumbre de un remoto pueblo panameño, también quiere ser libre y tener oportunidades, no mediatizadas como las de los llamados cuentapropistas, quienes si no entran por el aro aberrante de economías salvajes y yuxtapuestas son excomulgados del dominio estatal, que sigue siendo el implacable gerente.
Veo otro muchacho de su edad, en un reportaje televisivo, apresurado por dejar las huellas de sus “pies secos” sobre la arena de la playa miamense que acaba de tocar, luego de una atribulada aventura cruzando el estrecho de la Florida.
En el estrado del College, Palomarez les dice a los graduandos que tienen el poder de desafiar expectativas y probarle al mundo que los “Milenios” son la grandiosa generación de mañana.
Mientras en la tribuna habanera del 1 de mayo, el secretario del movimiento sindical oficialista cubano se refiere a las nuevas hornadas como a “los jóvenes trabajadores, continuadores de la obra de la revolución”. Ni decir que vuelve a repasar los numerosos requerimientos, poco menos que irrealizables, de la dictadura para que las relaciones con los americanos progrese.
Donde el futuro sigue siendo un espejismo ideológico, una de las soluciones más socorridas es poner pies en polvorosa. Nadie les promete –ni de coña– que serán líderes de hoy ni del futuro. Tribunos de marras, insisten en destacar el significado del cumpleaños noventa del hombre que los ha mantenido en la encerrona totalitaria, contra todos los pronósticos, por más de medio siglo.
Hay una imagen en el periódico del partido comunista cubano donde manifestantes del 1 de mayo portan fotos del dictador: “Fidel también desfila”, se puede leer para acrecentar el absurdo.
Amigos de la isla me cuentan que sus hijos se gradúan como el mío y no encuentran sitio en un mercado laboral tergiversado y prácticamente nulo o se inclinan a realizar otras labores ajenas a sus estudios. Muy a su pesar, no tienen otro remedio que buscar cómo sacarlos de aquel berenjenal.
“Un día cercano –termina diciendo Palomarez–, estaremos maravillados de las extraordinarias contribuciones que han hecho a las comunidades que les ha tocado servir, de las carreras que han desarrollado y de las numerosas vidas sobre las cuales han influido. De hecho, ya estamos asombrados de sus logros”.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de mayo de 2016, 10:04 a. m. with the headline "Vidas equidistantes."