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Opinión

Azafata y beata riman muy mal

Hay días que te convences de que no hay más cielo del que te toca, y que ya no vale la pena ni cambiar el mundo, porque por más que te empeñes sobran malandrines, ignorantes —y ejércitos— para impedírtelo. La cosa es que leyendo una columna publicada en un diario europeo sobre un motín de azafatas en la aerolínea francesa Air France, me hice otra vez la misma pregunta: ¿Será que estamos idiotizándonos al punto de haber perdido el más elemental de los instintos, el de conservación?

El asunto es que a las aeromozas de Air France se les ha exigido que ignoren el lema de oro de la República: Libertad, Igualdad y Fraternidad, que es casi como decirles que se olviden de Lanvin, Dior y Chanel. Adiós a los tacones, los modelitos atrevidos, los cosméticos y las esencias. La orden, que circuló mediante notificación interna de la compañía, fue escueta y explosiva: cuando vuelen a Irán es obligatorio vestir una chaqueta holgada y pantalones, nada de faldas. Y cuando abandonen el avión deben encasquetarse un velo islámico.

Representantes del gremio han acusado a la aerolínea de forzar a sus afiliadas a usar una ostentosa prenda religiosa que viola las leyes francesas. En suma, un ataque a las libertades individuales, porque si desde la revolución islámica de 1979 en Irán, las iraníes están forzadas a transitar con las cabezas cubiertas, en Francia la cuestión es al revés, y el hiyab, que oculta cabello, orejas y cuello, está prohibido en las escuelas y universidades. Y los velos musulmanes de mayor envergadura (como el niqab, la burka, el chador y sus sucedáneos) están proscritos en los sitios públicos.

El debate se caldeó porque días atrás, la ministra francesa de Derechos de las Mujeres, Laurence Rossignol, comparó a las que usan tales velos con “los negros americanos que soportaron la esclavitud”, y la emprendió en una catilinaria contra los fabricantes de ropa que este año lanzaron, entre su modelos más novedosos, trajes de baño meticulosamente islámicos, de hechura antifeminista, los burkinis, propios de veraneantes de playa en facha de submarinistas.

El punto filosófico del asunto está en que para Dominique o Gabrielle, al igual que para cualquiera de nuestras mujeres, sean cristianas o ateas, esconder las excelencias femeninas bajo un hiyab, una burka o un chador, es en el mejor de los casos una regla de mal gusto, y en el peor, una ofensa a la dignidad. Ahora que tenemos un planeta más informatizado se entera uno de cosas inauditas. Como que en Arabia Saudita las mujeres tienen prohibido conducir automóviles, no pueden salir de la ciudad donde viven, o abrir una cuenta bancaria sin el permiso de sus maridos; tampoco tienen acceso a los cementerios ni a las piscinas y gimnasios en los hoteles de lujo. ¿Explicación? La libertad de movimiento las hace “más vulnerables al pecado”.

Nada, que en materia de paridad masculina y femenina, aquí en Occidente estamos varios años luz adelante. Son nuestras instituciones las que velan por que se les trate a las mujeres con integridad. Allá son esas mismas instancias las que se ocupan de ningunearlas y tiranizarlas, a veces con perversa y devota impunidad. Por respeto a la equidad, debería establecerse que si las nuestras deben salir a la calle allá con velo, las suyas aquí tendrían que pasearse por Times Square en tacones, con minifalda y el pelo suelto. Porque nuestros mundos difieren. Y aunque azafata y beata rimen, no son sinónimos ni se escriben igual.

Periodista y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 13 de mayo de 2016, 5:44 p. m. with the headline "Azafata y beata riman muy mal."

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