El fin de la fiesta
Bolivia dijo No a otro mandato de Evo, Argentina eligió a Macri, Venezuela a la oposición para el Parlamento y, aunque éste se atornilla, quiere fuera a Maduro. En Colombia una mayoría abrumadora desaprueba la gestión de Santos, sobre todo por las concesiones a la narcoguerrilla estalinista en los acuerdos de La Habana, Bachelet en Chile sufre por los escándalos en que se ha visto envuelta debido a su hijo, y ahora Brasil aparta del poder a Dilma. Quizá el único presidente de la maltrecha y desprestigiada izquierda suramericana, que llegó, cumplió y se retiró tranquilo cuando pasó el período de su mandato, fue Pepe Mujica en Uruguay, donde ahora gobierna nuevamente Tabaré Vázquez, del Frente Amplio, un partido de izquierda. Así como fue Mujica la excepción como presidente de izquierda que no se aferra al poder, todo indica que también lo fue en el peor de los males que ataca al continente: la corrupción.
En Latinoamérica la mayoría de los representantes del pueblo elegidos por voto popular y sus colaboradores, parecen guiarse por la única convicción del dinero. Para ellos, la labor pública es una forma de enriquecerse, como lo puede ser la creación de empresa, solo que robando.
Por dinero, mermelada le dicen allá, el presidente Santos logró que el Congreso aprobara, cada vez que lo necesitó, asuntos del proceso de paz en La Habana. Muy pocos de esos personajes que hacen parte de “la Unidad Nacional” (que por cierto hoy anda bastante quebrada) votaron un sí o un no, porque creían o no, en lo que el gobierno estaba proponiendo. Simplemente aprobaron lo que se les pidió, con la gula exacerbada de tanta mermelada. En Colombia, nos enteramos hace poco que se hace negocio hasta con los alimentos de los niños de bajos recursos.
Hay analistas que cifran la fortuna de Cristina Fernández de Kirchner en los 100 millones de dólares, una suma no alcanzada precisamente porque la ex presidenta fuese una Warren Buffet suramericana. Oficialmente, Cristina declaró 64 millones de dólares cuando salió del poder, pero en el 2003, cuando llegó Néstor, su fallecido esposo, a la presidencia, la fortuna de la familia apenas llegaba a los 7 millones de dólares.
El jueves 12 de mayo el senado brasileño aprobó apartar a Dilma Rousseff del poder por 180 días, acusada de haber sido parte de supuestas maniobras fiscales y presupuestarias para maquillar las cuentas del país. Pero la alegre nación del fútbol y el carnaval ha sabido del desfalco al que ha sido sometida desde todos los frentes del espectro ideológico en el caso Petrobras, por el que han sido acusados tanto el ex presidente Lula da Silva, de la izquierda, como Eduardo Cuhna, de la derecha, y parlamentario principal impulsor del impeachment de Rousseff. Mientras tanto el país que mostraba un crecimiento ejemplar hace menos de una década, retrocede más de un 3% anual en su PIB, viviendo una recesión de dimensiones catastróficas para su pueblo.
Y claro, no podía faltar Venezuela. Hace 20 años una mayoría de venezolanos pusieron sus esperanzas en las tesis populistas de Hugo Chávez. Hoy, la patria de Bolívar no solo es víctima del gobierno más aparatoso, desastroso, criminal y violento de su historia, sino del más corrupto. De la riqueza que derrocharon y se apoderaron estos señores, solo sabemos que quizá haga parte de uno de los mayores despilfarros de un país, ante una bonanza, de la historia de la humanidad.
Al final de la ‘fiesta’, solo quedó ruina. La ruina de unos pueblos, con la que ahora nos enteramos que, entre otras, se compran condominios de lujo en Miami.
Qué paradoja.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de mayo de 2016, 5:43 a. m. with the headline "El fin de la fiesta."