Opinión

ANÓLAN PONCE: Una fábula para Obama

“No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

La frase atribuida a Francoise-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, ensayista, escritor y filósofo francés del siglo XVIII, define uno de los valores supremos de la democracia y constituye la base de nuestro modo de vivir y pensar. Fue ello lo que movilizó a 4 millones de franceses este pasado 11 de enero, la mayor movilización ciudadana de los últimos tiempos, a marchar en diferentes puntos de Francia para manifestarse contra lo que posiblemente constituye el peor ataque terrorista a un medio de comunicación en los últimos tiempos: el asesinato de 12 periodistas y caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo en Paris por islamistas radicales.

Y es que la magnitud de este acto terrorista no se mide solo en el número de víctimas, 17 en total contando también a las víctimas del atentado a un mercado judío, sino en su significado: un asalto directo a la libertad de expresión, al respeto hacia la humanidad y al poder de la razón.

“Je suis Charlie”, el grito de guerra que ahora es universal, pero nació de esta última barbarie terrorista contra la libre expresión, ejemplifica nuestra firme adherencia a este principio, y nuestro repudio a quienes pretenden obliterarlo. Fue bajo esa premisa que millón y medio de franceses se volcaron a la Plaza de la República en París ese histórico domingo 11 de enero, acompañados por más de 40 líderes mundiales, para marchar cogidos de brazos en señal de hermandad y solidaridad contra un enemigo universal que no titubearía en usar armas nucleares o contaminantes biológicos para borrar del mapa a nuestra civilización.

La importancia de esta marcha es obvia. Por ello es incomprensible que el presidente Barack Obama, líder del mundo libre y del país más poderoso del planeta, no se encontrara entre ellos, o en su ausencia, un funcionario de alto rango. La Casa Blanca ha admitido, ante la ola de críticas, que cometió un error y citó vagas razones de seguridad que nadie acepta. Pero la ausencia del Presidente o de un funcionario de alta jerarquía en la marcha de París, apunta a un problema mayor: la renuencia de Obama y su administración de identificar al islamismo radical como tal y su deseo de minimizar la amenaza terrorista.

No es una suposición. La palabra “islamismo radical” ha sido purgada del vocabulario de funcionarios de la Casa Blanca, siendo sustituida por “extremismo radical” o “extremismo violento”. Recordemos también los esfuerzos de la Administración de Obama en negar que el ataque a la embajada norteamericana en Bengasi fuera un acto terrorista, y la aserción del Presidente en enero pasado que los sanguinarios guerrilleros de ISIS eran comparables a un equipo JV (de segunda categoría). También está la promesa de Barack Obama, candidato presidencial, de cerrar la prisión de Guantánamo si era elegido presidente.

Ni la barbarie de París lo ha apartado de este punto en su agenda presidencial. Hace solo unos días, cinco yemeníes detenidos en la prisión de Guantánamo fueron transferidos a Omán, precisamente cerca de Yemen, desde donde se dirigió el ataque terrorista en París. Cabe preguntar la lógica de esta acción en estos momentos, teniendo en cuenta que de 7 a 30 por ciento de estos detenidos una vez en libertad retoman las armas. El ex prisionero Abu Bakr al Baghdadi, liberado de la prisión Camp Bucca en Irak, es en la actualidad el líder de ISIS.

El mundo es hoy un lugar muy peligroso porque los focos terroristas del Cercano Oriente no solo han crecido y se han fortalecido; sino que desde sus lejanos enclaves se han transplantado a Occidente y conviven invisibles con nosotros esperando la orden para inmolarse. El islamismo radical es una amenaza real, pero el Presidente no lo reconoce, por ello se niega a llamarlo por su nombre. La ausencia de Estados Unidos en la marcha de París es consistente con ello y también la admisión de la Administración de que no cuenta con una estrategia específica para combatir el terrorismo.

Prevalece en la Administración un sentimiento de culpabilidad compartido por Obama, la creencia que el jihad es producto de los excesos de Occidente. Y continuamos con el fallido liderazgo desde atrás, con coaliciones internacionales que no funcionan y pocas botas sobre el terreno. Con la prédica del apaciguamiento y la comprensión. Quizás esta vieja fábula esté en orden:

Una gallinita andaba por el monte y se encontró unos huevos de serpiente. ¡Pobrecitos! dijo, y compadecida se sentó sobre ellos para darles calor. Al rato las pequeñas serpientes comenzaron a salir de los cascarones y envolviéndola la estrangularon. Moraleja: con los malos debemos ser cautelosos.

Cautelosos e incomprensivos. Porque cuando comenzamos a entender a nuestro enemigo, hemos perdido la guerra.

AnolanPonce@aol.com

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