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Opinión

Estados Unidos: ¿nación en decadencia?

Desde hace años muchas cosas me preocupan en Estados Unidos, y las he señalado repetidamente en mis columnas. Podrían resumirse en dos: una falta de brújula moral y un divorcio entre los ciudadanos y sus gobernantes. La democracia se desarrolló en el país precisamente por la ética del trabajo y los principios puritanos –aunque algunos sean ahora arcaicos– de una mayoría protestante, y por el respeto mutuo entre las instituciones políticas y la población.

Me alarma que Donald Trump, sin ningún conocimiento de política y con una lengua presta a repartir insultos a las minorías, poderes extranjeros y adversarios, sea el candidato republicano a la Presidencia. Sin lugar a dudas, ha recabado un gran número de personas que lo apoyan –en su mayoría hombres blancos–, factor aún más inquietante.

¿Qué ha sucedido? Para empezar, el mundo ha cambiado. La segunda mitad del siglo XX se caracterizó en Estados Unidos por la entrada de la mujer en el mundo laboral, el movimiento de los derechos civiles y sus logros, el flujo de migraciones, el avance vertiginoso de la tecnología, la globalización, y el terrorismo. Estos elementos han continuado y aumentado en esta nueva centuria. A algunos les cuenta mucho trabajo adaptarse.

En los Estados Unidos también ha disminuido la fe religiosa y se ha incrementado el consumismo. Aparte de las creencias que cada uno podamos profesar, las iglesias tienen la capacidad de unir a las comunidades y ofrecer principios éticos básicos. Los nuevos dioses son ahora los teléfonos móviles con los que la gente se comunica sin verse ni tocarse, y con los que miles escuchan música utilizando audífonos, indiferentes a tal punto al mundo alrededor, que algunos han sido arrollados por no haber visto ni oído que se les acercaba un vehículo a toda velocidad.

Se ha perdido la noción del sacrificio y la costumbre del ahorro. Vivimos en una sociedad hedonista, en que cada cual busca lo que le ofrece placer. Algunos se han dado cuenta que necesitan dedicar parte de sus ingresos al futuro: la educación universitaria de sus hijos y su jubilación. Pero la mayoría vive de sueldo a sueldo, y frecuentemente con una cantidad de saldos en las tarjetas de crédito prácticamente impagables, lo cual añade a la frustración y el estrés en las familias.

Muchas de las instituciones que han sido pilares de la democracia han perdido el respeto popular. Especialmente alarmante es el nivel de descontento con el funcionamiento del Senado y la Cámara de Representantes. Y con razón. Porque en el Congreso no se valora ya lo que ha sido su fundamento más sólido: el compromise, el arte de negociar, pactar, buscar consenso.

Lo más preocupante es que la solución que se propone es poner al frente del país a personas que no abrazan la política como carrera o profesión. Grave error. La democracia se fortalece de otro modo. Se les escribe a los congresistas con quejas y peticiones. Se envían cartas a los periódicos. Se protesta en las calles. Se va a votar a las urnas en mayor número. En fin, se participa. La democracia es un pacto entre gobernantes y gobernados. Si los primeros no cumplen, los ciudadanos tienen el deber de recordarles sus obligaciones. Sustituirlos con personas ignorantes, de conducta errática y dudosa moralidad sería un suicidio nacional.

A veces me pregunto con angustia si los Estados Unidos están en decadencia. Ojalá mis temores sean infundados.

Escritora y periodista cubana.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de mayo de 2016, 11:54 a. m. with the headline "Estados Unidos: ¿nación en decadencia?."

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