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Opinión

Las trampas de Trump

Suena en español “tramp”. Con sólo la “a” final estamos definiendo lo que pensamos hará Donald Trump si los votantes se inclinan por permitirle a semejante candidato vociferante que ingrese a la Casa Blanca y pose sus asentaderas en el sillón de su sala oval. Bush, el presidente guerrero y criminal de guerra (junto a Blair a Aznar) por aquello de Irak empalidecerá su imagen. Hasta el rictus entre sarcástico y sonriente que caracteriza su rostro, sería suplantado por el rostro casi siempre desencajado de un advenedizo de la política, de un desbordado Trump.

Y a propósito de la pronunciación en inglés de su apellido (“tramp”) uno se tienta a pensar que hará “trampa”. Dicho esto vale repasar todos y cada uno de los desaforados pronunciamientos de campaña del multimillonario Donald Trump, a veces contradictorios y otras más cargados de antipatías y de ostensible desprecio. ¿En cuáles oportunidades y contra quiénes? No importa el estado de su país en el que pronuncie sus palabras cargadas de auto convicciones fundamentalistas, desordenadas y al compás de su ingreso en el terreno en el que los soberbios se solazan escuchándose pontificar como dueños de la verdad y del absolutismo. En la Florida, en Nueva York o en Pensilvania. Un precandidato a la presidencia de los Estados Unidos, por lo general, en campaña, disimula sus antipatías y exagera sus preferencias. Es la norma no escrita que casi siempre se cumple. En el caso de Trump, caricaturescamente, se invierte el orden de lo políticamente correcto, como suelen identificarse los procederes que se aceptan en general, sin cuestionamientos. Y se lanza por toboganes de la insolencia contra los mexicanos, contra los musulmanes, contra los residentes no estadounidenses, particularmente los provenientes de Latinoamérica. Y se anima a más, como si nunca hubiese conocido la historia y el desenlace del más famoso de los muros que ofendieron a la Humanidad: el de Berlín. Tal vez su visión empresaria le lleva a imaginar el “negocio”. Negocio ruinoso para México al que le obliga, vociferando en la campaña, a pagar por lo que resta para completar el muro que cubra los casi 3200 kilómetros de frontera. La respuesta del presidente de México no se hizo esperar como la de algunos de sus antecesores en la presidencia del país azteca.

Hay que encontrar otra perla, negra esta vez, de tanta indigna cáscara que hace pensar seriamente a los votantes sobre ese presidenciable de los Estados Unidos. Por ejemplo, anuncia su plan de expulsar a casi 11 millones de inmigrantes indocumentados que sobreviven con variados e inestables trabajos. También entre sus ideas está la de agravar las penas para los “millones de personas que vienen a EEUU con visados temporales, pero se niegan a marcharse”. Y en política internacional –particularmente referida a Irán, expresó con voz tonante: “Será una nación tan rica, una nación tan poderosa, que tendrá armas nucleares. Van a controlar partes del mundo que no tenemos idea y pienso que eso provocará un holocausto nuclear”. El mayor poseedor de cabezas nucleares del mundo es su propio país que se orienta –ojalá le permitan los dueños del poder desde el Pentágono y las corporaciones financieras pro-guerra– a encarar el desarme nuclear. Lo dijo Obama en su emblemático discurso en Praga, el 5 de junio de 2009, y probablemente lo ratifique en su visita a Hiroshima el próximo 27 de mayo, según se anunció. Y, para cerrar el capítulo del menú electoral de Trump no se olvidó de que los niños nacidos en su país, el de las bandas y las estrellas, el de la democracia exportable por cátedra o a punta de fusil, deban irse con sus padres no estadounidenses a su país de origen.

Un fenómeno para el análisis

La Guerra de Secesión en los Estados Unidos parece encontrar una réplica en el seno del partido del elefante. Trump (se pronuncia casi como “Trampa” que, en español, se sabe qué es) puso una trampa a su propio partido y lo paradójico es que tiene más críticos impiadosos dentro del republicanismo que entre los demócratas e independientes. Trump está provocando –y para desesperación de una buena parte de los republicanos que suelen votar– una secesión republicana. Y esta vez no se avizora un Lincoln, ese primer presidente republicano que tanto marcó –hasta con su asesinato– la naturaleza profundamente humanitaria de su gestión, particularmente antiesclavista.

¿Le interesa al mundo si es Hillary o Trump?

Nadie puede soslayar el hecho de que el ocupante de la Casa Blanca es también el ocupante de la “Casa internacional”. Nada ocurre en el mundo, nada, que no tenga que relacionarse con los Estados Unidos. Sólo saber que posee más de 800 bases militares en distintos lugares del planeta, bien pertrechadas, da una idea de cuánto puede interesar que la Casa Blanca sea ocupada por un Trump que se muestra como es en un grotesco modo de plantear la política interna y exterior del país que pretende liderar. Consuela pensar que el peor adversario para su triunfo es él mismo y la secesión que viene produciendo en su partido. Hillary, por ahora, agradecida. Al parecer le allana el camino a Washington.

Columnista argentino.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de mayo de 2016, 6:54 p. m. with the headline "Las trampas de Trump."

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