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Opinión

Auschwitz-Birkernau, el horror del Holocausto

Dos jóvenes envueltas en la bandera israelí observan frente a las alambradas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau durante la Marcha de los Vivos, el 5 de mayo, en Brzezinka, Polonia, en la que se rinde homenaje a las víctimas del Holocausto.
Dos jóvenes envueltas en la bandera israelí observan frente a las alambradas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau durante la Marcha de los Vivos, el 5 de mayo, en Brzezinka, Polonia, en la que se rinde homenaje a las víctimas del Holocausto. AP

Hace apenas un mes centenares de jóvenes procedentes de Israel y de otros países participaron en la tradicional Marcha de los Vivos en el antiguo campo de concentración de Auschwitz-Bikernau para rendir homenaje a las victimas del Holocausto. En las dramáticas fotos que acompañaron la noticia podía verse la estación ferroviaria donde recibían a los prisioneros, las barracas donde los hacinaban y las cámaras de gas donde los exterminaban. Viendo esas fotografías no pude dejar de recordar el impacto emocional que recibí hace unos años cuando en una visita a Polonia comprobé, de la manera más desgarradora, los horrores del genocidio cometido contra el pueblo judío.

Habíamos llegado a Varsovia al anochecer, bajo una prematura llovizna de invierno que nos había estado persiguiendo desde que salimos de Berlín. Esa noche, desde la ventana de nuestra habitación, nos preguntábamos dónde estarían los lugares históricos de la ciudad. La lluvia, acompasada, seguía cayendo. A nuestro alrededor, envuelto en la oscuridad, un vecindario en sombras. Todo lo que podíamos hacer era acostarnos pensando –literalmente– en un mañana mejor.

Y lo tuvimos. Durante la madrugada había dejado de llover y el día se abría con una luminosidad espectacular. No quisimos perder tiempo y enseguida salimos a visitar los principales puntos de interés. Que son muchos. Sin embargo, los que quedaron grabados en mi mente son los relacionados con la II Guerra Mundial, como el Museo de Historia donde, en una pequeña sala de proyección, pudimos ver un documental sobre la vida diaria de Varsovia antes, durante y después de la guerra.

En las primeras escenas podía verse una ciudad próspera y alegre. Varsovia aparecía en todo su esplendor: elegancia en sus avenidas y belleza natural en sus parques. En sus gentes era posible advertir la felicidad. Hasta que de repente aparecen en la pantalla los tanques alemanes entrando a la ciudad. Después, solo muerte y terror. Las escenas más impactantes, filmadas por los propios nazis, son las que muestran las condiciones de vida en el gueto. Recuerdo que en la pequeña sala de proyección reinaba el silencio. Algunos turistas sollozaban. Era imposible mirar aquello sin sentir la angustia de las familias desplazadas, torturadas y masacradas. Salí de allí con el corazón en un puño.

Afuera nos esperaba nuestro guía polaco: “Todavía nos queda por ver el gueto”, dijo. Y hacia allí nos dirigimos. El Gueto Judío de Varsovia fue creado por los nazis el 16 de noviembre de 1940 cuando comenzaron a concentrar a todos los judíos en un área del noroeste de la ciudad conocida como Nalewki. Al principio fueron 450,000 personas, viviendo en condiciones terribles de hacinamiento y hambruna. Ya en marzo de 1942 comenzó el exterminio: transportaron a más de 300,000 a las cámaras de gas de Treblinka. En solo cuatro meses murieron otros 100,000 dentro del propio gheto. El 19 de abril se produjo el levantamiento. Cuando al fin fue sofocado, los nazis lo destruyeron todo. Casa por casa. Solo quedaron sus escombros.

Dos días después, aún estremecidos por las dramáticas escenas del filme que vimos en el Museo de Historia y consternados por la sevicia con la que destruyeron el gueto de Nalewki, llegamos a Cracovia. Y el primer lugar que visitamos fue el campo de concentración de Auschwitz-Birkernau, escalofriante recordatorio del Holocausto. En Varsovia habíamos visto el extermino judío en imágenes; ahora estábamos donde se había llevado a cabo. Es decir, en el infierno. Antes de entrar, nos detuvimos en sus puertas. Un letrero de hierro decía: “Arbeit Macht Frei”. Lo que en español significa “El trabajo es libertad”. Irónica expresión. La muerte fue la única libertad que encontraron los cientos de miles de prisioneros de distintas nacionalidades que atravesaron el dantesco dintel.

Todavía, después de tantos años, era posible sentir la ominosidad que se cernía sobre las oscuras barracas que se alineaban entre las callejuelas de piedra. Al final de una de ellas, en lo que parecía haber sido una pequeña plaza, estaban las cámaras de gas y el crematorio. Parados allí, frente a los hornos, uno no podía menos que tratar de imaginar el sufrimiento de los que murieron. No hay en la historia otro crimen tan atroz ni tan meticulosamente calculado como el que aniquiló a millones de seres humanos en los campos de concentración nazis.

Por eso son importantes estas marchas de recordación: para que el mundo no olvide el horror del Holocausto.

manuelcdiaz@comcast.net

Escritor cubano. Reside en el sur de la Florida.

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de mayo de 2016, 6:14 p. m. with the headline "Auschwitz-Birkernau, el horror del Holocausto."

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