Opinión

ROBERTO CASÍN: La bolsa o la píldora

La asesora de salud Kathy Santana (izq.) ayuda a Rubén Torres a inscribirse en un seguro médico, en el marco de la ley conocida como Obamacare, en Commerce, California, el año pasado.
La asesora de salud Kathy Santana (izq.) ayuda a Rubén Torres a inscribirse en un seguro médico, en el marco de la ley conocida como Obamacare, en Commerce, California, el año pasado. AP

Mi amigo Alfre sabe de música lo que puede conocer mi suegra de física cuántica. No toca ningún instrumento. Jamás canta, siquiera bajo la ducha. Sin embargo, en su casa todos los llaman cariñosamente Maracas. Se ha ganado el apodo a fuerza de las píldoras que desayuna, almuerza y cena, y que le moderan, entre otros padecimientos, los dolores artríticos, le torean los jugos gástricos, le desinflaman la próstata y le doblegan el insomnio. “Tengo suerte—me dice—. Mi plan médico paga una buena parte de lo que cuestan”. Pero su caso, él está consciente, es de medicina cosmética. La experiencia de quienes sufren enfermedades crónicas, de vida o muerte, es otra. Y el precio de los medicamentos, trepa y trepa como una enredadera.

Según los Centros para Medicare y Medicaid, se proyecta que este año los gastos nacionales de cuidado de la salud asciendan a más de tres billones de dólares, y que el per cápita alcance los 10 mil dólares. De manera que EEUU seguirá siendo el país que más gasta en atención médica en el mundo, aunque eso no significa que seamos más saludables. Más de una tercera parte de la población (unos 78 millones) está obesa, y ya padece o es propensa a dolencias cardíacas, derrames cerebrales, diabetes y ciertos tipos de cáncer. Los costos más elevados son parcialmente el resultado del empleo de tecnologías más sofisticadas. Mucha pompa. Pero también de un sistema de seguros médicos que a diferencia de los europeos no fija límites ni medianamente razonables a lo que pagan los pacientes. Resultado: el precio de las medicinas es tan inmisericorde como el del más simple servicio hospitalario.

Recién hace unas semanas, la publicación digital AMERICAblog aseguró que las corporaciones farmacéuticas GlaxoSmithKline y AstraZeneca cobran a los estadounidenses aproximadamente cinco veces lo que pagan los franceses por medicamentos tan populares para el asma como Advair y Symbicort. Y que el abuso de la firma Merck es mayor porque mientras aquí se paga 197 dólares por el Asmanex 200, en Francia se adquiere por 19 euros. El costo del tratamiento con medicamentos anticáncer de los últimos cuatro años en EEUU ha fluctuado entre los 5 mil y 10 mil dólares mensuales. De acuerdo con el semanario Modern Healthcare, unos 3 millones de estadounidenses con hepatitis C podrían beneficiarse con la píldora Sovaldi. Su efectividad es de 95 por ciento, pero como el tratamiento de doce semanas cuesta 84 mil dólares, las trabas de los seguros para costearlo son más que infranqueables.

El mercado de las medicinas asciende a 270 mil millones de dólares anuales. Y según Express Scripts—una empresa gigante que las distribuye por correo—, se duplicará en los próximos cinco años. Es tanto el dinero que lo común ha sido que cabilderos y políticos muevan cielo y tierra para que no haya regulaciones que entorpezcan el negocio. Más después del pacato Obamacare, con el que la gran industria de los seguros se ha hecho cosquillas. Una de las tácticas elusivas de las farmacéuticas ha sido la de no cubrir recetas caras en sus formularios o la de facturar por ellas copagos prohibitivos. La propia Express Scripts, que da servicio a 85 millones de clientes, ya anunció que este año está excluyendo otras 66 medicinas, en tanto que la red de farmacias CVS mantendrá fuera de sus listas casi un centenar, incluida Rebif, una inyección contra la esclerosis múltiple cuyo tratamiento de cuatro semanas cuesta cinco mil dólares.

El tiempo que solía ser más caro para los médicos era el que pasaban con los pacientes. Ahora es el que tienen que dedicar al papeleo, y a conseguir que los seguros les aprueben procedimientos y prescripciones. Y en el tira y encoge de las aseguradoras por no soltar la plata, las medicinas a veces llegan tarde. O no llegan. En cambio, cuando todo fluye, puede ser peor. No son pocos los que han quedado en la fuácata por una cura. Al estilo de “la bolsa o la vida”. Y después hay que oír a los gorilas del mercado y a los amos de la vida pública diciendo que la mejor manera de frenar los precios de la salud es fomentando la competencia. O sea, que además nos zurzan. Así de cruel.

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