Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

El dinero como vitamina

Los antropólogos llevan años dándole vueltas al asunto, y nada. Los médicos han escrito libros creyéndose conocedores del secreto. Y tampoco. Hasta ahora nadie ha logrado dar en el clavo. Y el misterio se ha movido como una veleta, cambiando de rumbo a un lado y otro, desde las hipótesis que centran los años de vida en una fuerte influencia dietética (el hombre dura lo que come); reducen el asunto a una cuestión de calistenia (la musculatura rejuvenece), o simplemente sellan el enigma de la longevidad en las bondades o maldades del código genético.

Lo cierto es que los longevos todavía son la excepción. No constituyen la regla. A comienzos del siglo XX las expectativas de vida se cifraban en los 47 años. Hoy andan en este país por los 79. Y de acuerdo a los estudiosos de la materia, cada año ese número crece, por lo que para mediados de este siglo el promedio de vida aumentará a los 88. Y de continuar a ese ritmo para fines del XXI, llegar a los 100 será lo corriente. Eso, claro, si el estrés, las guerras, y el instinto aniquilador propio de nuestra especie nos lo permite. Por lo pronto, casos como los de la estadounidense Susannah Mushatt Jones, que hasta su muerte a mediados de mes en Nueva York a los 116 años y 311 días, era la más anciana del mundo, siguen despertando curiosidad.

Según ella, el secreto de su larga vida era que dormía mucho, no había fumado nunca ni bebido alcohol. Pero en otros casos la cosa no queda tan clara. Porque si algunos centenarios aseguran haber llevado una vida ascética, hay quienes presumen de lo contrario. El británico Henry Allingham, veterano de la Primera Guerra Mundial, y también de la Segunda, murió en 2009 a los 113 años, jactándose de nunca haberse privado de nada y aduciendo que el secreto de su longevidad se lo debía a los “cigarrillos, el whisky y las mujeres salvajes”.

Sin embargo, toda conclusión derivada de testimonios de ese tipo parece ser peregrina, a juzgar por un estudio publicado el mes pasado por la Revista de la Asociación Médica de Estados Unidos, según el cual los años de vida de los estadounidenses de más bajos ingresos, en algunas partes del país —hayan llevado una vida desordenada o tranquila— se están reduciendo cada vez más. Una de las conclusiones del informe es que la brecha en las expectativas de vida entre ricos y pobres se amplió más entre 2001 y 2014. “El uno por ciento de los hombres con mayores ingresos viven 15 años más que el uno por ciento de los más pobres; para las mujeres la diferencia es de 10 años. Estos estadounidenses ricos han agregado tres años a su longevidad solo en este siglo, y viven más tiempo con independencia de dónde residan…”

A muchos escépticos la explicación puede parecerles traída por los pelos. Demasiado politizada. Pero el corolario tiene lógica. Las señoras y señores más acaudalados disfrutan de un cuidado médico de primera categoría, lo que les permite preservarse mejor. También tienen posibilidad de vivir más saludablemente, ejercitar los músculos no por obligación sino por placer, fumar menos y cuidarse de la obesidad. Para rematar: si la gente adinerada tiende a ser más saludable, puede trabajar más y mejor, lo que se traduce en más ingresos. Así de simple. Dinero, salud y bienestar se emparentan. Ya lo dice el viejo refrán: “El dinero no da la felicidad”. ¡Pero cómo ayuda!

Periodista y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de mayo de 2016, 3:36 p. m. with the headline "El dinero como vitamina."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA