Santana IV
Eramos cinco o seis los amigos que nos reuníamos en la terraza de la casa de Angel Carlos, en la entrañable Habana del Este, por los años sesenta, para escuchar todo el rock prohibido que arribara de los Estados Unidos.
La radio americana entraba límpida en aquella ciudad junto al mar y los primeros discos que aparecían de modos insospechados, colaboraban a mitigar nuestras ansias de juventud.
A finales de la década tropezamos, para nuestro asombro, con un compositor e intérprete que nos reconcilió, inesperadamente, con la música cubana tradicional, en las antípodas de nuestras preferencias por ser impuesta como doctrina.
Los primeros tres álbumes de Carlos Santana, Santana, Abraxas y Santana III, contenían, además de aquel fraseo único de su guitarra poderosa, la apabullante presencia de la percusión afrocubana y el tumbao sonero de sus teclados. Ni hablar de la verdadera fiesta de timbales que emergían como ríos de tan memorables canciones.
Evil Ways, Jingo, Oye como va, de un compositor para nosotros desconocido llamado Tito Puente; Black Magic Woman, Se acabó, Samba pa ti, Everybody’s Everything, No One to Depend On e incluso una pieza llamada Guajira, nos llenaron de curiosidad, admiración y orgullo
Aquel guitarrista y compositor, de origen mexicano, capaz de elucubrar cadenciosos bloques del más heavy y refinado rock, estaba ideando lo que ahora se conoce como fusión. Su música era contagiosa e irresistible, tanto en inglés como en un español ciertamente de barrio.
En Cuba –la isla más sonora del Caribe–, no ocurría nada semejante. Quienes intentaban acercarse al jazz o al rock mediante nuestros ritmos eran tildados, peligrosamente, de diversionismo ideológico.
No solo los tempranos rockeros criollos sufrieron las prohibiciones que Jorge Soliño ha testimoniado para la posteridad en su documental A contratiempo, sino los jazzistas reconocidos que provenían de los años cincuenta, así como los que luego se interesaron en el gran repertorio americano, padecieron los atropellos de obtusos funcionarios e instituciones que hasta vedaron el estudio del jazz en las escuelas.
Para colmo de males, en 1971, luego de una memorable presentación en el Festival de Woodstock, Santana debió ofrecer un concierto en el militarizado Perú del general Velasco Alvarado, afín a la dictadura castrista.
Tan pronto llegaron a Lima, fueron conminados al Ministerio del Interior, mientras grupos de ultraizquierda antinorteamericanos protestaban por la presencia de los músicos. El grupo estuvo detenido y luego llevado al aeropuerto de regreso a Los Angeles.
Sin pensarlo dos veces, otro atorrante militar, pero de la isla de Cuba, decidió también prohibir la música de Santana en solidaridad con su adepto el general peruano.
Luego de ese año, el grupo se dispersó, dos de ellos incluso fundaron Journey en 1974. Carlos Santana siguió su exitosa y experimental discografía hasta que, urgido por uno de sus guitarristas fundacionales, Neal Schon (“Oye, tenemos que hacer algo juntos”, le repetía), se reunió la alineación original del conjunto para grabar Santana IV, como franca continuación de una exitosa saga artística interrumpida en Santana III.
Los especialistas hablan de uno de los regresos más esperados del mundo del rock, ahora que estos cenáculos se han puesto de moda entre los clásicos.
Las 14 piezas del álbum son puro Santana, con aquel sonido original que movió las fronteras del rock a otros espacios junto a la rítmica afrocubana que ahora prevalece, intensa, sin prejuicios.
“Hemos traído un querer hacer –ha escrito Santana–, una buena disposición y humildad para tocar como lo hacíamos la primera vez, con luz, energía y amor. Esta música todavía tiene la vitalidad y la erupción volcánica, el fuego que demandamos de cada cual”.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de junio de 2016, 6:27 a. m. with the headline "Santana IV."