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Opinión

Recordando el desembarco de Normandía

El cementerio americano de Colleville, en Colleville sur Mer, en Francia, el 6 de junio del 2015, en el 71 aniversario del D-Day.
El cementerio americano de Colleville, en Colleville sur Mer, en Francia, el 6 de junio del 2015, en el 71 aniversario del D-Day. AP

Nos habría gustado que la visita coincidiese con la fecha del desembarco: 6 de junio. Pero no pudo ser. De cualquier manera, cuando el crucero en que viajábamos atracó en el muelle francés de Le Havre, estábamos felices de ser parte de la historia. Era la última parada de un itinerario que había comenzado dos semanas antes en el puerto de Southampton. Desde la cubierta del barco, a través de la bruma del amanecer, podíamos ver cómo la silueta de la costa Normanda se desdibujaba, fantasmagórica, entre sus propias ensenadas. No lejos de allí, las aguas del Sena desembocaban serenas en el Canal de la Mancha.

El día estaba nublado y un viento frío soplaba sobre el muelle donde estaba atracado el crucero. Justo cuando subíamos al ómnibus que nos llevaría al lugar de la invasión, comenzó a lloviznar. Fue entonces que la guía dijo: “It's a D-DAY weather”. Y todos comprendimos lo que ella quería decir: el 6 de junio de 1944, fecha del más grande desembarco anfibio de la historia, también había amanecido nublado y frío. Ese día, soldados ingleses, canadienses y norteamericanos, tomaron por asalto las playas de la región norte de Normandía, en lo que sería el principio del fin de la Alemania nazi. Los puntos de desembarco abarcaron toda la costa, desde St. Martin-de-Vareville hasta Ouistreham, con los nombres en clave de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

La primera parada que hicimos fue en Omaha Beach, en la zona de Vierville-sur-Mer. Vista desde los promontorios, la playa serpenteaba entre los acantilados hasta perderse en las curvas que la encerraban con sus riscos en forma de herradura. El mar semejaba una extendida planicie de ceniza que comenzaba en un horizonte de tonalidades grises y terminaba en una orilla de arenas marmóreas. Y no pude menos que imaginarla llena de cadáveres. El cielo seguía encapotado y a lo lejos podían verse unos relámpagos breves que se desprendían iluminadores sobre el horizonte. A nuestras espaldas, los cráteres de las bombas rodeaban las ruinas de las fortificaciones alemanas. Era lo más cerca que se podía estar de la historia. El silencio era unánime; la solemnidad compartida. Todos tomábamos fotos, sí; pero sin la euforia de los turistas. Yo no me atrevía a posar frente a las destruidas casamatas. Se me encogía el corazón al pensar que los senderos que conducían a ellas estaban regados con la sangre de miles de jóvenes americanos. Bajo la lluvia, regresamos al ómnibus. Todos íbamos cabizbajos.

A solo unas millas de Omaha Beach se encuentra el Cementerio Americano de Normandía. Y hacia allí fuimos. A nadie del grupo se le escapó el simbolismo de esa visita: veníamos de donde habían caído; llegábamos a donde yacían. Las tumbas de 9,387 soldados se extienden a ambos lados de un sobrio memorial que se alza a la entrada del camposanto. Desde su explanada, la uniforme alineación de las blancas cruces sobre el verde del césped provoca una sensación única de paz y serenidad. Al final del camino central entre dos grandes secciones de lápidas, se encuentra la capilla del cementerio que, aunque pequeña, no deja de ser solemne. Al entrar, lo primero que llama la atención es el altar, de mármol negro y dorado. Detrás, una ventana alta de cristales levemente nevados dejaba pasar la tenue luz de la mañana. Algunas personas oraban. En una esquina, junto a los bancos, una anciana sollozaba.

Abandonamos el cementerio en silencio. Durante el viaje de regreso al barco, el tiempo volvió a descomponerse. Estuvo lloviendo todo el trayecto. Volvimos a pasar por las mismas ciudades; solo que esta vez las veíamos distintas. La guía comprendió lo que sentíamos y dijo: “I told you. It was a D-DAY weather”. Pero nosotros supimos que no solo el clima había contribuido a nuestro estado de ánimo. Fueron también los acantilados donde tantos soldados aliados murieron tratando de alcanzar sus cimas, los cráteres de las bombas, las destruidas casamatas y las blancas cruces del cementerio. Una experiencia que alguien del grupo calificó de catártica. Y, en efecto, lo era. Cuando llegamos al muelle ya yo no era el mismo. Esa tarde comprendí que mi condición de hombre libre se debía al sacrificio de aquellos valerosos hombres. Visitar el lugar donde cayeron fue mi forma de rendirles tributo.

manuelcdiaz@comcast.net

Escritor cubano radicado en el sur de la Florida

Esta historia fue publicada originalmente el 4 de junio de 2016, 7:11 p. m. with the headline "Recordando el desembarco de Normandía."

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