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Opinión

Adicción digital

Una mujer se toma un ‘selfie’ en en Huizhou, en la provincia de Guangdong, China, en abril.
Una mujer se toma un ‘selfie’ en en Huizhou, en la provincia de Guangdong, China, en abril. Bloomberg

Ni siquiera su creador, Mark Zuckerberg, creyó que Facebook llegaría a tener cientos de millones de usuarios. Quién iba a pensar que lo que comenzó como un sitio para que los estudiantes de la Universidad de Harvard pudiesen intercambiar informaciones sería utilizado en el mundo entero para reencontrarse con viejos amigos y compartir con ellos, en una suerte de regreso visual al pasado, fotos de bodas, bautizos, cumpleaños y viajes. Nadie imaginó tampoco que Twitter, creado por Jack Dorsey un par de años más tarde, sería usado no solo por las celebridades para compartir trivialidades con sus fans, sino también por los líderes mundiales para expresar sus ideas sobre los más importantes asuntos de carácter político.

A esas dos primeras plataformas le siguieron otras: Google, Linkedin, Apple, Amazon, iTunes, YouTube, WhatsApp y muchas más. Fue así como las redes sociales, con su accesibilidad a los pronósticos del tiempo, e-mails, transacciones bancarias, compras en línea, música, películas y noticias, han llegado a formar parte de nuestra existencia diaria. La información es ahora total e ininterrumpida. Con solo un click pasamos de la frivolidad de un desfile de modas en Milán al gráfico horror de las masacres de París y Bruselas. Así, una avalancha de noticias, fotos, videos y mensajes nos encadenan al móvil. Es imposible dejar de mirar su refulgente pantalla táctil mientras escribimos sin parar en su pequeño teclado. En todas partes y todo el tiempo: en las consultas médicas, en los supermercados y hasta en el baño. Y lo que es peor: mientras conducimos por las autopistas. Enrojecidos los ojos; los dedos ya casi convertidos en garfios. Sin poder separarnos del iPhone. Es decir, como si estuviésemos adictos.

Si usted es de los que piensa que la “adicción digital” no existe y es solo una frase con garra inventada por los medios, piénselo otra vez. La adicción digital es real. Sin drogas ni jeringuillas; pero adicción al fin. Todavía no ha sido reconocida como tal por los organismos internacionales de salud, pero hay quienes consideran que ya es hora de que lo hagan. Algunos expertos han advertido sobre el peligro de que en unos años pudiese ser una crisis mundial. Y aunque esa observación tal vez resulte exagerada, ya ha nacido un término, la nomofobia (No-Mobile-Phone-Fobia), para definir uno de sus síntomas: el miedo irracional a estar sin celular. O lo que es lo mismo: temor a no poder consultar el smartphone cada vez que se desee. Según un estudio realizado por YouGov, una firma encuestadora con sede en Londres, el 58 por ciento de los hombres y el 48 por ciento de las mujeres, sufrían ansiedad si olvidaban su teléfono en la casa. Sus síntomas iban desde la taquicardia hasta fuertes dolores de cabeza. Es decir, casi un ataque de pánico provocado por la desconexión.

Para comprender la magnitud de esta epidemia tecnológica no hace falta que los especialistas nos expliquen cómo afecta la vida personal y profesional de quienes la sufren. Todo lo que tenemos que hacer es mirar a nuestro alrededor. En un restaurante, después de ordenar, un matrimonio se concentra en sus respectivos teléfonos. Ella sonríe; quizás una amiga le ha enviado un video de los Pichy Boys. Él permanece serio; probablemente esté consultando la fluctuación de sus acciones en la Bolsa de Valores. Ni siquiera, concentrados como estaban, brindaron cuando le sirvieron el vino. Cenan en silencio sin dejar de mirar sus teléfonos que descansan sobre la mesa. Los postres no logran sacarlos de su mutismo. Se marchan sin haber pronunciado una sola palabra entre ellos.

Lo que sigue es necesario imaginarlo: esa misma noche, cuando terminan de hacer el amor, el hombre se tiende boca arriba en la cama y en lugar de encender un cigarrillo -como en las películas de los años cuarenta- lo que se ilumina en la oscuridad de la habitación es la pantalla de su teléfono inteligente. A su lado, después de fingir un orgasmo –como en una comedia de Nora Ephron– la mujer también enciende el suyo y comienza a revisar sus mensajes. Son las tres de la madrugada: bienvenidos al mundo de los adictos digitales.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de junio de 2016, 8:49 a. m. with the headline "Adicción digital."

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