De cómo camuflar el comunismo en España
MADRID – Si Lenin levantara la cabeza estaría muy orgulloso de Pablo Iglesias, el gran camaleón de España. No sólo por ser un acérrimo comunista sino, sobre todo, por sus dotes para camuflarlo disfrazando el lenguaje bolchevique de socialdemócrata. Es la primera regla de su “teología” política para asaltar el poder, con la que está convenciendo a miles de votantes desprevenidos.
Eso sí, lo hace con mucha suavidad, sonrisas, imágenes de niños con flores, familias felices... La promesa del paraíso.
La mutación lingüística venía gestándola hace tiempo: “Hay palabras que tienen una carga negativa. La palabra dictadura no vende, aunque sea dictadura del proletariado y podamos teorizar que aspira a anular unas relaciones de clase injustas… pero la palabra democracia sí vende, por lo tanto habrá que disputársela al enemigo cuando hagamos política”, así aleccionaba en técnicas de camuflaje a un grupo de las juventudes comunistas en Zaragoza en marzo de 2013.
También les aconsejó precaución al defender argumentos. Por ejemplo, que no se debe decir lucho contra el sistema capitalista “porque soy comunista” sino “porque soy patriota”. Para no ahuyentar a potenciales votantes en un país en el que sólo el 2.4% simpatiza con el comunismo. Les insistió en que cumplieran el primer mandamiento: “Ser comunista es algo mucho más importante que decirlo. Es una praxis; a veces decirlo te puede ayudar y, a veces, no”.
El hace mucho tiempo que no lo dice. Lo ha cambiado por “transversal”, ni de izquierda ni derecha, una fórmula populista para pescar votos diversos sin asustar. Y se exaspera cuando alguien le recuerda su historial marxista-leninista; o los 7 millones de dólares que recibieron del chavismo él y su partido, Podemos. Esto último se lo reprochó el lunes en TV el candidato de centro-conservador Albert Rivera durante el debate que vieron 11 millones de ciudadanos. Se quedó anonadado “el coleta” (su apodo popular). Y lo negó, claro, a pesar de que se han publicado las pruebas.
Pero no está acostumbrado el caudillo podemita a que le planten cara.
La prensa suele tratarle con pétalos de rosa, algunos por afinidad cómplice y la mayoría por un sentido de la imparcialidad periodística contaminado de correctismo político. Tan inmerecida deferencia le ha avalado como candidato “normal” ante muchos españoles. Y los pocos que desentrañan sus tropelías ideológicas se arriesgan a ser etiquetados de paranoicos, de ver comunistas en las esquinas o de ser fachas añorantes del franquismo. De una forma u otra, el camarada Iglesias es el gran beneficiado ante una sociedad crispada, predispuesta a comprar en su mercado de la felicidad.
A 10 días de las elecciones, las encuestas sitúan al bloque radical de izquierda encabezado por Iglesias, Unidos Podemos, 5 puntos por encima del Partido Socialista (PSOE), y tocándole los talones al Partido Popular de Mariano Rajoy, a menos de 4 puntos de distancia. Al partido de centro-conservador Ciudadanos le supera por 11 puntos.
Sin mayorías absolutas, lo único seguro en este incierto panorama tetrapartidista es que cualquier fórmula de gobierno será mediante pactos. Por utópico que parezca, es posible, e incluso probable, que Iglesias salga como ganador. Y aunque tendría que hacerlo en coalición, no problem, porque la instrumentalización de los canales democráticos es otra de las reglas de su manual de asalto al poder.
Le serviría de palanca un Partido Socialista al borde del colapso. Tan ansioso está el camarada Iglesias por tomar las riendas de España que corteja sin descanso al débil candidato socialista Pedro Sánchez para arreglar un matrimonio político. Es decir, para hacerse con la hegemonía de la izquierda, y la presidencia del país. Operación para la que ya cuenta con los comunistas tradicionales, Izquierda Unida, que se postulan juntos en “Unidos Podemos”.
Llegar hasta aquí ha requerido una operación de sabotaje político al socialista, en la que ha participado sordamente desde la otra orilla el Partido Popular. Sí, a don Mariano Rajoy le interesaba al igual que al camaleón Iglesias la polarización política a dos bandas. En el caso de Rajoy, para que el pueblo elija entre votarle a él por agradecimiento de sacar al país de la crisis, o por miedo a Iglesias. Ambos se han utilizado como dos buenos enemigos. Y han logrado reducir a los otros dos partidos a un papel de bisagra en los pactos postelectorales.
Con tanta maniobra política, tanto cansancio y confusión del electorado (un 32.4% no sabe a estas alturas por quién votar), tanta incertidumbre, hay una impresión generalizada de que la democracia española está atascada. Hay sensación de una nube negra sobre el futuro. Una tormenta perfecta para que algún mesías prometa la salvación. O el descenso a los infiernos, camuflado de salvación.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de junio de 2016, 2:42 p. m. with the headline "De cómo camuflar el comunismo en España."