Opinión

BAN KI-MOON: Centroamérica en la línea de fuego

Este pasado mes me encontré, maravillado, en un anfiteatro lleno de miles de personas en la ciudad de San Salvador, capital de El Salvador. El lugar vibraba con celebraciones y música. Una multitud de jóvenes alzaban carteles de paz. Antiguos dirigentes de sectores en conflicto se habían unido en torno a una causa común.

Aunamos fuerzas en esa ocasión para conmemorar el 23º aniversario de la firma de los acuerdos que pusieron fin a doce años de guerra civil en el país. El ex Secretario General de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuéllar trabajó hasta el último minuto de su último día en el cargo para ayudar a sellar el acuerdo que puso fin a una guerra que cobró más de 75,000 vidas y sacudió a toda la región.

Una generación más tarde, los conflictos armados que en el pasado asolaron El Salvador y la región han desaparecido. La violencia política se ha reducido considerablemente y las elecciones democráticas son la norma.

No obstante, como afirmaron los periódicos locales el día después de la ceremonia de paz, siguen existiendo problemas graves. Los artículos de prensa acerca del acto de conmemoración del aniversario compitieron con titulares sobre el número de asesinatos registrados en El Salvador, que había llegado a veintidós víctimas en un solo día.

Eso equivaldría a 1,050 homicidios en los Estados Unidos en tan solo 24 horas. Lamentablemente, para algunos países de Centroamérica, esta es su realidad cotidiana.

Los países de la región, especialmente del Triángulo Norte formado por El Salvador, Guatemala y Honduras, están sometidos a la amenaza de la violencia armada impuesta por la delincuencia organizada transnacional, las pandillas y el tráfico de drogas.

La ubicación de la región, enclavada entre los países productores de drogas al sur y los principales países consumidores al norte, ha alimentado delincuencia y brutalidad.

Hoy en día, la región registra los índices de homicidios más altos del mundo. Desde el final de la guerra civil han muerto casi tantos salvadoreños como los que perdieron la vida durante el conflicto.

La mitad de la población del país nació después de los Acuerdos de Paz de 1992 y los jóvenes, sin trabajo ni esperanza, son los más vulnerables a la violencia. Un 40% de las víctimas de los homicidios son niños y jóvenes. Cada tres horas, una mujer o una niña es víctima de violencia sexual.

Como me dijo un dirigente comunitario cuando visité uno de los barrios más problemáticos de San Salvador: “Nuestros niños no pueden jugar en la calle. No podemos subirnos a un autobús o salir de casa con la seguridad de que volveremos. Cada salvadoreño vive con el miedo constante de ser la próxima víctima”.

Una joven simplemente añadió: “Tenemos miedo del futuro”.

Las drogas y la delincuencia no son problemas únicamente del norte y del sur, sino también del este y el oeste.

Centroamérica representa un puente hacia América del Norte, pero las Américas también son una escala hacia Europa. Una de las rutas del tráfico de drogas hacia Europa pasa a través de África Occidental y Central, regiones sumamente frágiles. Las redes terroristas y la delincuencia organizada transnacional están creando una mezcla explosiva.

En un mundo interconectado, a todos nos interesa que se erradiquen estas amenazas. Sin embargo, la inseguridad, la desigualdad y la impunidad hacen que muchas personas, incluidos niños no acompañados, literalmente tengan que huir para salvar sus vidas.

Gran parte de estos problemas tienen lugar fuera del ámbito de atención de la comunidad internacional. No es de extrañar que el presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández Alvarado, haya preguntado: “¿Cuál es la diferencia entre las personas desplazadas por la violencia en otras regiones y las personas desplazadas por la violencia generada por los narcotraficantes y la delincuencia transnacional?”

Los propios países deben redoblar sus esfuerzos. Más de un 90% de los homicidios cometidos en El Salvador y Honduras nunca llegan a juicio, las cárceles se encuentran en condiciones de hacinamiento, no hay mecanismos de rendición de cuentas de las instituciones y reina la corrupción. Durante mi visita, exhorté a los dirigentes a que fortalecieran las instituciones, respetaran los derechos humanos, empoderaran a las mujeres y defendieran el estado de derecho. Es necesario también que Estados Unidos intensifique las medidas encaminadas a reducir el consumo de drogas y detener el tráfico de armas que alimentan la violencia en Centroamérica.

La buena noticia es que constaté la determinación de los gobiernos de El Salvador y Honduras de hacer frente a estas dificultades y de abrir espacios para el diálogo y la acción constructiva. A menudo, cuando saco a colación temas difíciles de derechos humanos, muchos dirigentes adoptan una actitud defensiva. Durante esta última visita, sin embargo, fue diferente. En Honduras, con pleno apoyo del Gobierno, anuncié la apertura de la primera oficina de las Naciones Unidas en el país dedicada a los derechos humanos. En otra ocasión durante mi visita, un dirigente sonrió y me dijo: “Como está planteando temas difíciles, sé que usted es un verdadero amigo de mi país”.

Los gobiernos de la región han adoptado la Estrategia de Seguridad de Centroamérica para impulsar la coordinación y elaborar políticas conjuntas dirigidas a hacer frente a la violencia juvenil y otros problemas sociales. Guatemala, Honduras y El Salvador han creado también la Alianza para la Prosperidad a fin de promover las inversiones, la producción y la integración regional. El Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana de El Salvador acaba de dar a conocer un plan de acción de 2,000 millones de dólares para mejorar los espacios públicos destinados a actividades recreativas, mejorar la educación y hacer frente a las condiciones de las cárceles. Todas estas medidas merecen el pleno respaldo de la comunidad internacional.

En nuestro tiempo, Centroamérica ha recorrido un largo camino hacia la reconciliación. Los acuerdos de paz de El Salvador demostraron que una sociedad unida, con el apoyo internacional, puede alcanzar grandes logros.

Las guerras en Centroamérica pueden haber terminado, y el aniversario de los acuerdos de paz debe ser celebrado. Pero las personas de la región siguen esperando la paz y la estabilidad plenas que merecen.

Secretario General de las Naciones Unidas.

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