Un pulso, un poema
El poeta de Miami Richard Blanco evoca los trágicos sucesos en el club gay Pulse, de Orlando, en este poema:
En honor a la vida y la memoria de las víctimas de
la tragedia de Pulse y para ayudarnos a todos a sanar.
Ven, siéntate a mi mesa, debemos escribir esto
juntos. Tómate un buchito de café con leche, respira
su aroma y enfrentemos con valor esta página, tan desolada,
como nuestro dolor. Aferra tus dedos a los míos, aferrados
a mi pluma, sujetándola como un talismán en nuestras manos
temblorosas, los ojos inflamados. Pero no empecemos con lágrimas,
ni con ráfagas de luces intermitentes, ni sirenas, ni el susurro de la voz
en el celular cuando escuchaste "Te amo . . ."
por última vez. No. Vayamos pautadamente,
que las primeras palabras celebren la plenitud de la mañana,
del sol exhalando luz entre las nubes. Imaginemos
un coro de gorriones en mi ventana, escuchemos
de su canto la invocación: bendición-bendición-bendición.
Empieza la segunda estrofa con un viento fuerte que estremece
las palmas, pero que calma nuestra mente lo suficiente
para escribir estas palabras: balas, cuerpos, muerte—vocablos
de la violencia que rugen en nuestra conciencia, pero todavía mudos,
en la garganta un nudo. Deja espacios en blanco para un momento
de silencio, y luego llénalos con versos de cadencias y de ritmos
que marcaron en Pulse el pulso de la noche—ritmos de salsa, de deep house,
de electro, de merengue, de latidos de corazón techno mezclado con
balazos. Detén los ecos de ese estribillo sin piedad
con la ternura de un símil que honre la sangre de nuestra sangre,
sin escribir sangre. Usa palabras cálidas para describir
el cuerpo frío de nuestros esposos, amantes y esposas,
de nuestras hermanas, hermanos y amigos. Imagina una metáfora
para que podamos imaginar el coro de sus espíritus invisibles
elevarse con el humo a las luces de la disco, imaginándonos
en un baile con ellos hasta el mismísimo fin.
Escribe una estrofa más. Ahora. Haz arder la página
con la furia de este vacío que nos duele hasta el tuétano,
con la furia por este nuevo odio, igual que el viejo odio
al color de la piel, al acento en la voz,
al amor por los que no se supone que amemos.
La furia por la voz de la política armada de mentiras, por el miedo
que somete a punta de cañón la democracia. Pero no
terminemos aquí. Da al poema un giro, busca los detalles de amor
en las vidas perdidas, vivas todavía en fotos, dispérsalas
sobre la mesa, danos el brillo de sus ojos rebosantes de deseo
sobre velas de cumpleaños, sus castillos de arena inacabados,
sus primeras bicicletas de niño, sus orejitas de Mickey Mouse, sus tiaras.
Muestra la piel imperfecta de sus rostros en el álbum escolar,
sus sonrisas plateadas y sus poses rígidas en el baile de graduación,
sus togas y birretes, sus amores—los primeros, los verdaderos—.
Y luego comparte el último de sus selfies. Elevemos cada memoria
como una estrella, la luz de su pasado que nos llega ahora
y por siempre, que nos recuerda seguir escribiendo hasta que
no tengamos que volver a escribir otro poema como este, nunca jamás.
Traducción de Eduardo Aparicio.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de junio de 2016, 7:28 p. m. with the headline "Un pulso, un poema."