Opinión

NICHOLAS D. KRISTOF: Reagan, Obama y la desigualdad

Desde el final de los años 70, algo anda muy mal en Estados Unidos. La desigualdad se ha disparado. El progreso educativo ha aminorado su marcha. Las tasas de encarcelamiento se han quintuplicado. La ruptura de las familias se ha acelerado. Los ingresos promedio del hogar se han estancado.

“Es otra mañana más en Estados Unidos”, era un lema de campaña del presidente Ronald Reagan en 1984. Pero, en retrospectiva, el estadounidense promedio ha estado atascado desde la era de Reagan en una oscuridad previa al amanecer de estancamiento y desigualdad, y aún no la hemos logrado sacudir, particularmente desde 2000. La desigualdad ha crecido más bajo el presidente Barack Obama.

Ese es el contexto del llamamiento que hizo Obama, en su mensaje sobre el Estado de la Unión, por una mayor equidad. Pero sus propuestas no pasarán del Congreso. Probablemente no cambien la manera de pensar de la población general: una investigación del politólogo George C. Edwards arrojó que los discursos presidenciales rara vez persuaden a la población.

¿Recuerdan el mensaje sobre el Estado de la Unión de 2014? Por supuesto que no. De 18 propuestas, hubo acción con respecto a dos. ¿O el apasionado llamamiento de Obama en su discurso de 2013 sobre el Estado de la Unión por medidas para reducir la violencia por armas de fuego? No resultó gran cosa, y la palabra “armas” ni siquiera pasó por sus labios esta vez.

No coincido plenamente con las soluciones de Obama, pero está en lo correcto en el problema de la desigualdad: “¿Aceptaremos una economía en la que solo les va espectacularmente bien a unos pocos?”

Incluso con la Gran Depresión, Estados Unidos tuvo un desempeño magnífico en los primeros tres cuartos del siglo XX, con los ingresos y la educación en ascenso, así como la desigualdad estancada o disminuyendo; amén que los progresos eran compartidos ampliamente por pobres y ricos por igual. Subieron las tasas de graduación de la escuela superior, los soldados fueron a la universidad, y Estados Unidos encabezó al mundo en logros educacionales.

Además, en parte de esta era notable, la tasa impositiva máxima del gobierno federal superó el 90 por ciento. Los republicanos pudieran recordar ese punto cuando Obama pide impuestos modestamente más altos para salvar la economía.

Para el estadounidense promedio, el techo se vino abajo hacia fines de los años 70. La década de los 70 fue “el final de la normalidad”, argumenta el economista James K. Galbraith en un nuevo libro con ese título. Posteriormente, la economía siguió creciendo en general, pero las ganancias fueron para los ricos y el 90 por ciento del fondo apenas se benefició.

Los ingresos medios de cada hogar son un poco mayores actualmente que en 1979. Hoy día, la familia canadiense típica al parecer está en mejor situación que la familia de Estados Unidos típica.

Con base en algunas mediciones, la educación –nuestra semilla para el futuro– prácticamente se ha estancado. Más varones jóvenes en EEUU actualmente tienen menos educación que sus padres (29 por ciento) que los que tienen más educación (20 por ciento). Entre países industrializados de manera integral, entre los niños de tres años de edad, 70 por ciento asiste al preescolar; en Estados Unidos, lo hace el 38 por ciento.

Me pregunto si la celebración de capitalismo sin ataduras y la “codicia es buena” desde la era de Reagan no contribuyó a moldear costumbres sociales en formas que aceleraron la desigualdad.

En cualquier caso, Reagan estaba en lo correcto en un punto –“el mejor programa social es un empleo productivo”– y Obama ofreció propuestas firmes para incrementar incentivos para el trabajo. Mejor cuidado infantil y políticas para permisos por enfermedad también volverían más factible el trabajo. Estados Unidos es el único país entre los 34 en la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico que no suministra permiso por maternidad con goce de sueldo.

Extrañamente, Obama no impulsó iniciativas para la infancia temprana, centradas en niños desde recién nacidos hasta los 5 años de edad, que tienen una base de evidencia particularmente firme para crear oportunidades.

Obama hizo lo correcto al anunciar la caída de los índices de embarazo en la adolescencia. Sin embargo, él tuvo poco que ver con eso, y alrededor de 30 por ciento de las jóvenes estadounidenses siguen quedando encintas a los 19 años de edad. Ayudaría que se pusiera control de natalidad confiable a disposición de adolescentes, reduciendo índices de aborto, al tiempo que se pagaría solo en menor gasto social más adelante.

En Estados Unidos, hemos subsidiado aviones privados, grandes bancos y administradores de fondos de protección. ¿Acaso no tendría más sentido subsidiar a niños? Así que si impuestos con mayores ganancias de capital pueden pagar mejor educación, infraestructura y empleos, por supuesto que vale la pena el intercambio.

Los republicanos en el Congreso al parecer están concentrados en un oleoducto que no es viable económicamente con los precios actuales del petróleo. Esperemos que la agenda nacional pueda ampliarse siguiendo las líneas que Obama sugiere, para que así los últimos 35 años se conviertan en una aberración en vez de un barómetro.

© The New York Times 2015

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