El o ella, y el corcho sapiens
El coprotagonista de esta historia es un amigo (o amiga) al que llamaré equis. Omito su nombre por razones de inmunidad, para salvarlo de represalias. Podría ser Otto, José, María, Lucrecia… Pero no les voy a decir. En casos como el que ahora relato, el género es lo de menos. El asunto es que le calzaron un jefe de esos que asume el puesto enchufado, un timador profesional que mira a todos con cara de almeja y que lo primero que hace es redecorar la oficina, para presumir de “llegué yo”; y lo segundo, cambiar todo lo que puede y no debe, para jactarse de “aquí el que manda… ya saben”. Pero eso no es lo peor. Entre las directrices inaugurales del fulano está la de que sus subordinados tienen que ser creativos. A él no le pregunten cómo. Porque para eso están los de abajo. Dicho así, con una desfachatez que me recuerda aquella consigna de los comunistas: “Hacer más con menos”, y el lema homónimo de “Siempre se puede más”.
Aclaro que este tipo de farsantes se reproduce con atenuantes de más, o agravantes de menos en cualquier país y sociedad; tienen gran capacidad para venderse, son mercaderes por excelencia, y su arte más depurado es el de la simulación. Se ufanan de saber lo que no saben, aparentan poder lo que no pueden, y alardean de ser tremendos triunfadores. Los distinguen cualidades muy específicas: gozan de una sonrisa imperturbable, nunca miran a nadie ojo a ojo, y sirven a quien les paga con obediencia servil. Para mayor seña, todos son afiliados de esa pandilla de arribistas que caen como agua de mayo en cualquier sitio, y que podrían identificarse bajo un apelativo común: corcho sapiens, porque sea cual sea el agua en la que naveguen nunca se hunden.
—Te cuento que no es la primera vez— me dice mi amigo (o amiga)—. El muy charlatán ya pasó por aquí. Y a pesar de los estragos que hizo, ahora lo han vuelto a contratar.
—Y ¿cómo lo ha conseguido, el caimán?
—Este tipo de timadores tiene sus mañas. Ya sabes. Están en boga y se reciclan.
Por el tono en que me lo dice, por un momento pienso que exagera. Pero no. Mi amigo (o amiga) no es de los que hablan a la ligera, ni se dejan arrastrar fácilmente por las pasiones. Sus conclusiones no son nunca apresuradas. Aunque la paciencia se le agota, y me confiesa que a veces le cuesta trabajo contenerse para no gritar lo que piensa por los pasillos, y poner en su sitio al caimán.
—Si lo hago, me botan. Termino en la calle—, admite, con un dejo de rabia.
Lo terrible es que no puedo reprocharle, ni a él ni a ningún padre o madre de familia, que cierre la boca. Y esa es una de las razones por la que tales embaucadores se han vuelto tan comunes y recurrentes que da vergüenza. La otra es que son comodines perfectos de la mediocridad. Los de arriba no les pagan por el profesionalismo, sino por la baba y por el antifaz. Los utilizan a su mejor conveniencia un tiempo, y un buen día los echan, hasta que necesitados de compinches incondicionales, los vuelven a contratar. Regresan con rostro de yo no fui, expresión de sabelotodo y salvoconducto de la patronal. Y eso precisamente es lo que más atribula a mi amigo (o amiga), lo habituales, taimados y reglamentarios que se han vuelto los embusteros.
—El talento no cuenta— me dice, abatido—. Lo que paga es el paripé.
Periodista y escritor cubano, autor de la novela Polvos de fuego.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de julio de 2016, 10:26 p. m. with the headline "El o ella, y el corcho sapiens."