Ante la muerte de un héroe dominicano
La entrevista para el Miami Herald con el general Antonio Imbert fue hace 51 años en su casa de Santo Domingo, República Dominicana, custodiada entonces por centinelas y perros pastores alemán que merodeaban por los jardines. Nunca olvidé la conversación. Ahora leo que el Héroe Nacional murió recientemente, a los 95 años.
Para mí, el general Imbert –sobreviviente del grupo que ajustició al Generalísimo Rafael Trujillo– era un personaje mítico. Fue un ser osado que consiguió lo que parecía impensable para su pueblo: la caída de la dictadura y el retorno de la democracia después de más de tres décadas.
El complot contra Trujillo, narrado brillantemente por Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo, fue un desesperado lance a vida o muerte.
Imbert salió vivo de milagro. Pasó seis meses escondido en un clóset, con una cápsula de cianuro en el bolsillo. Su único compañero de supervivencia, Luis Amiama, vivió en una buhardilla los mismos meses. Sus otros cinco compañeros conjurados tuvieron menos suerte: fueron descubiertos y ejecutados a batazos y a tiros por los hijos del dictador, Ramfis y Rhadamés, ambos altos rangos militares.
Cuando emergieron de sus respectivos escondites, después del colapso de la tiranía, Imbert y Amiama fueron nombrados generales vitalicios y galardonados como Héroes Nacionales. El mismo honor se les concedió póstumamente a sus cinco compañeros que no sobrevivieron el baño de sangre que desató el complot. Amiama moriría años después, dejando sobre los hombros de Imbert el legado de la gesta heroica que eliminó al déspota dominicano.
La emboscada histórica fue el 30 de mayo de 1961 en el kilómetro 9 de la avenida costanera George Washington, a las 10 y 10 de la noche. Trujillo y su chofer se dirigían hacia su hacienda en San Cristóbal –sin escolta y amparados por las sombras de la noche– en un Chevrolet Bel Air 1957 color azul celeste.
Los conjurados le dieron alcance al auto de Trujillo a bordo de un Chevrolet Biscayne de 1961, traído de Miami expresamente para la cita con la muerte por su potente motor V8 de 350 cc. Eventualmente lograron aparearse a Trujillo, y lo rociaron con una lluvia de plomo desde las ventanillas del lado del pasajero.
Trujillo se defendió con la pistola calibre 38 que portaba y hasta se bajó del carro empuñándola, ya herido de muerte, cuando su chofer frenó en seco. Los asaltantes, que también frenaron y bloquearon el auto de Trujillo, aprovecharon para acribillarlo. El grupo metió el cadáver del dictador en el maletero del Chevrolet Biscayne y desapareció raudo del lugar.
Los hechos de aquella noche inconcebible cambiaron el rumbo del país, y sellaron el paso por la historia del futuro general Antonio “Tony” Imbert a los 40 años.
No recuerdo bien lo que hablamos Imbert y yo sobre la explosiva situación política del país. Unos días antes, el Presidente Lyndon Johnson había ordenado el desembarco de los Marines de EEUU en la capital dominicana para bloquear el peligroso giro del país hacia el comunismo orquestado desde Cuba.
Lo que sí recuerdo como si fuera hoy es la respuesta del general cuando lo sorprendí con una pregunta hecha medio en broma. “General”, le dije, “¿por qué usted no nació en Cuba?”
Se sonrió y me ripostó: “Martínez, yo sé por donde tú vienes… Te voy a responder en tres partes…”
“Primero, yo nací en Puerto Plata, en 1920, que es mi orgullo. De haber nacido yo y mis compañeros en Cuba, dudo mucho que nos hubiéramos lanzando en una aventura semejante. A Castro no se le llega con la relativa facilidad que nosotros le llegamos a Trujillo. Tiene varios anillos de seguridad en torno a él y sus custodios son adiestrados en la Unión Soviética y Alemania Oriental.
“Segundo, en ningún momento podríamos habernos colocado junto al carro de Castro en una carretera. Castro usualmente lleva dos carros atrás de él, y un carro delante. Al momento que hubiéramos intentado rebasar el último carro trasero, ya nos hubieran comenzado a disparar desde él, y si lo rebasábamos, los hombres del primer carro trasero probablemente nos hubieran rematado.
“Tercero, en esa situación ninguno de los siete quedábamos vivos. Yo calculo que nos hubieran disparado unos 12 o 15 hombres. Algo bastante diferente a la balacera con Trujillo, donde solamente el dictador y su chofer, Zacarías de la Cruz, nos disparaban con revólveres. Aunque llevaban tres ametralladoras en el auto, por suerte no tuvieron tiempo de usar ninguna”.
La entrevista al general transcurrió en el despacho de su residencia de la avenida Sarasota. A sus espaldas colgaba un gran marco con una leyenda reveladora: “Bienaventurados sean los que matan, si el que muere es un monstruo sediento de sangre y una nación se salva”. Fue un obsequio del Nuncio Apostólico, Monseñor Lino Zanini.
Monseñor siempre estuvo al tanto de la conjura, según Imbert. “Incluso hasta nos dio la bendición a todos en la nunciatura unos días antes de la acción”.
“¡Qué diferencia con los nuncios de otras dictaduras, general!”, le respondí. El héroe pareció no escucharme. Quedó como pensativo, la mirada en la nada. Los recuerdos quizá volvían a aparecer.
Ex redactor y columnista del Miami Herald
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de julio de 2016, 1:37 p. m. with the headline "Ante la muerte de un héroe dominicano."