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Opinión

¿Otra razón?

En algunas de las últimas encuestas en la carrera hacia la presidencia de los Estados Unidos, se analiza que Trump goza de una mayoría entre los que no han asistido a la universidad, y Hillary entre los que sí. Algo parecido a la votación del Brexit en Inglaterra, donde se informó que un importante porcentaje de los que votaron por el sí, no habían ido a la universidad.

Aclaro, esto no quiere decir ni que todos los que voten por Trump, o votaron el sí al Brexit, sean personas que no han estudiado el nivel superior, ni que todos los que por Clinton o el no al Brexit, sí, ni que esto signifique que unos u otros tengan mayor o menor razón en su voto. Lo que me parece muy grave es que, en dos de los países más desarrollados del planeta, exista todo un segmento de la población, con fuerza electoral, a la que se le denomine los “menos-educados”.

Esto no solo muestra un atraso impresionante en los Estados Unidos e Inglaterra (digo Inglaterra porque Escocia e Irlanda del Norte votaron No al Brexit), sino que quizá explica mucho del descontento que atiza actualmente a estos nuevos movimientos demagogos y xenófobos, que amenazan con tomarse las capitales del mundo: cuando algunos trabajos, debido a la globalización, se trasladan a los países donde la mano de obra es más barata, precisamente porque hay menos personas preparadas para llevar a cabo tareas más complejas y existen leyes más laxas de contratación, los que viven donde se supone educan hasta niveles superiores a la mayoría de sus nativos, que no lo hicieron, se quedan sin trabajo.

¿Explicará también esto la antipatía con la inmigración? Quizá en parte, pues en este mismo orden, siempre se ha supuesto que muchos de la primera generación que emigra a naciones desarrolladas, realizan tareas que los ciudadanos de esas naciones, por su preparación, ya no están dispuestos a realizar. Si esa preparación no es tal para un importante segmento de la población, que resulta necesitado de laborar realizando estas tareas, pues el inmigrante en ese caso se presenta como una amenaza a su supervivencia. Si a esto le encimamos la cereza de que la globalización traslada fábricas completas a otras naciones, tenemos la receta perfecta para el cóctel que nos tiene ebrios de populismo.

Atención, también hay los que no resisten que un inmigrante se supere, o los que simplemente odian al que no sea de su raza, que ven como un extranjero invasor, al que le achacan todos sus males. Pero sí podemos decir que al menos una parte del problema radica entonces, no en la globalización ni en la inmigración, sino en un amodorramiento de las instituciones políticas que, en medio de un mundo cambiante como una vorágine, descuidaron a toda una generación (¿o dos?) de sus propios ciudadanos, que no fueron preparados para lo que se avecinaba.

Sin embargo, ¿la respuesta sería, como propone el candidato Trump, frenar el progreso e instaurar un nuevo proteccionismo mientras se regresa a los oscuros tiempos de persecución a las personas por su procedencia? Eso me parece el equivalente a que, para reducir las emisiones de gas, en lugar de desarrollar tecnologías más limpias, cambiemos los carros por coches a caballo.

El estado está en la obligación de preparar a quienes quedaron excluidos del progreso, ofreciéndoles una formación que no sea sinónimo de enterrarlos en deudas.

Pero entonces, como ya ha ocurrido, habrá quienes acusen de anticapitalista al gobierno que lo proponga, dejando a todo un segmento de la población entre dos opciones: regresar al medievalismo, o el olvido.

Escritor colombiano.

www.pedrocaviedes.com

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de julio de 2016, 2:17 p. m. with the headline "¿Otra razón?."

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