Europa: impotencia y miedo
MADRID – Estos días de sangre y miedo en Francia, que tanto nos duelen a los que compartimos la tierra y el destino de este Viejo Continente, releí los versos del gran poeta irlandés William Butler Yeats, “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”, y me di cuenta de cuán certeramente nos definen aún un siglo después de que él los escribiera.
El europeo promedio apenas tiene convicciones fijas. Es la forma de no herir la sensibilidad ajena. Sería de mala educación y bajos instintos creerse en posesión de verdades. Hasta ese punto ha evolucionado la finesse de la cultura europea. Y así, poco a poco, y como reacción contra la vehemencia de los “peores” del siglo pasado –nazis, estalinistas, fascistas– fuimos adoptando el relativismo.
Crecimos con el mantra de que las convicciones había que atemperarlas para que no se convirtieran en semillas de intolerancia, en dogmatismos perniciosos. Había que ser flexible a todo y todos. Y eso es lo que somos. Elásticos y blandos, casi sumisos, con nuestros declarados enemigos islamistas, llenos ellos de intensas pasiones asesinas.
Y a lomos de esa idiosincrasia tolerante con los intolerantes y ultra-acomodaticia han proliferado los “peores”. Los que ahora nos matan.
Alfombrada está Europa de tumbas de inocentes. Francia en particular es blanco de la saña yihadista: 12 asesinados al grito de Allahu Akbar (Alá es grande) en el ataque contra el semanario satírico Charlie Hebdo en París; otros 137 en el club Le Bataclan y dos restaurantes parisinos; y al menos 84 esta semana en Niza, quizá el más insidioso de todos. Tres masacres que revelan la lacerante impotencia del gobierno para proteger a la población.
Sin olvidar los atentados en Bruselas que dejaron 30 víctimas, en España 191, Londres 56… Ni olvidar debemos los ataques a menor escala o intimidaciones que se suceden día a día, como el reciente apuñalamiento a un matrimonio de policías en su propia casa y frente a su hija; o el de un joven refugiado afgano que esta semana atacó a hachazos a pasajeros en un tren de Alemania. Los perpetradores suelen aglutinarse en zonas sharía y de allí salen a matar infieles. Sólo en Francia hay más de 750, llamadas eufemísticamente “Zonas Urbanas Sensibles”; y aumentan en Gran Bretaña, Suecia, Alemania, Holanda…
Esa es la Europa real, la que no ven los turistas ni captan los comentaristas de otras partes del mundo, por mucho que pontifiquen sobre teorías y causas de los atentados islamistas. A veces uno escucha, ve o lee verdaderas caricaturas de la realidad europea. (De la misma manera que muchos en el Viejo Continente no entienden a América).
En la larga lista de víctimas, la primera en sucumbir hace años fue la verdad. Ya no se habla de ella. Se sustituyó por la politique de l'autruche (política del avestruz). Pronto la cobardía derivó en impotencia. Y por último en miedo. Los gobernantes tienen miedo porque no saben cómo combatir el yihadismo. Y los pueblos miedo a hacer lo que una vez fue vida normal, pasear, ir a un restaurante, a un festival.
Sólo en Francia un demoledor informe gubernamental identifica “al menos 8,500 musulmanes radicales” dispuestos a la yihad en suelo galo. Esa cifra excluye a los autores de todos los atentados desde 2015, que estaban fuera del radar policial. A los que son “yihadistas individuales”, free lance, que obedecen a la consigna del califato: “mata donde puedas y con lo que puedas”.
Ahora el verdadero peligro en un país donde la población musulmana es de 6 millones, proporcionalmente la mayor de Europa (62 millones, más otros 27 en Rusia), es “que se rompa la sociedad francesa”, advertía estos días el ex director de Le Monde, Jean Marie Colombani. Y por su parte el principal responsable de los servicios secretos ha alertado del “riesgo de guerra civil”. Existe la posibilidad, dice, de que sectores de extrema derecha arremetan en venganza contra la comunidad musulmana.
El instinto de venganza ante una masacre como la de Niza es inevitable. Lo que sí es evitable es sacarle ventaja política, en vez de aplacarlo. Marine Le Pen, líder del ultraderechista Frente Nacional, ha sabido capitalizar el miedo y las ansias de venganza. Ya es la segunda fuerza nacional y se perfila como la primera en las zonas de gran concentración musulmana como Niza y Marsella, consideradas “cunas del yihadismo”.
Le Pen y sus millones de seguidores sí poseen las convicciones e intensidad apasionada que menciona el poema de Yeats. Al igual que los 42 partidos populistas surgidos a lo largo de Europa contra el establishment. Es una ola revulsiva contra el relativismo y la pasividad. Potencialmente tan perniciosa como la pasión yihadista, si se produjera un choque frontal entre ambas.
En esta Europa enferma se necesitan urgentemente convicciones equi-li-bra-das, y valentía para combatir los extremos. Si se quiere evitar una tercera guerra, esta vez de civilizaciones, como ya auguran algunos.
Hay que recordar que los “peores” triunfan cuando los “mejores” se amedrentan.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de julio de 2016, 9:35 a. m. with the headline "Europa: impotencia y miedo."