El permiso del dinero
Imaginemos que una persona se presenta para un puesto como CEO de una empresa y el día de la entrevista, cuando los miembros de la Junta Directiva le preguntan por su experiencia, éste responde que no tiene, pero que precisamente esa es su fortaleza, pues así sabrá perfectamente como guiarla por el mejor de los caminos. Sin embargo, los miembros de la Junta le dicen que, como deben responder a los accionistas por su elección, necesitan saber un poco más sobre su vida.
El hombre se lanza entonces en una diatriba contra los anteriores CEO, se refiere a lo que en su opinión son sus múltiples falencias y señala a algunos trabajadores por su raza, que en su concepto deben salir, para que la empresa sea más productiva. Cuando le preguntan por quiénes serían sus consejeros, responde que él, pues tiene una gran mente, una mente privilegiada, que una y otra vez le ha demostrado tener la razón en todo lo que piensa. Cuando le preguntan cómo estudiará los temas que atañen a los intereses de la empresa, responde que viendo en la televisión el canal de finanzas.
Después de una larga deliberación, el tipo resulta elegido, entre un bando de la junta, para competir con el candidato del otro bando. De repente, sus posibilidades de ser CEO están en el 50%.
Hay días que me pregunto qué hubiera pasado si a las primarias del Partido Republicano hubiese llegado un tipo con el mismo discurso de Donald Trump, pero que no fuese millonario. Hace unos años me pregunté lo mismo con Mitt Romney. Pero Romney, aunque entre sus habilidades para ser presidente exponía su éxito como inversor de Wall Street, al menos había sido gobernador de Massachusetts. Donald Trump durante su vida ha sido un negociante, no de los más éticos, que ha aprovechado bien las conexiones de su también millonario padre; que ha presentado ante el público un bestseller que no escribió, con su nombre; y que fue la estrella de un reality show.
Creo que esto último fue lo que le faltó a Romney para ser más adorado en las toldas de su partido y entre la cada vez más desinformada masa de votantes norteamericanos.
Es curioso, pero en esta época de información al segundo, donde las cámaras de los teléfonos se han convertido en un medio de transmitir en directo cada acto, somos víctimas más que nunca de una desinformación crónica. La gente se mantiene informada, sí, pero no de lo que importa, sino de la vida de los otros. La vida privada de los otros se ha convertido en un distractor que sirve de maravilla a estos tiempos de eslóganes y falsa publicidad, en los que quien miente, es grabado en la mentira, se contradice con otra mentira, y sale a insultar a quien desenmascara su mentira, puede salir victorioso, con el honorable título de “políticamente incorrecto”.
En mi columna pasada hablé sobre la frustración de muchos debido a la falta de iniciativa de los políticos para prever las consecuencias de la globalización. Ahora, me refiero a otro aspecto de esta nueva realidad. ¿Qué parece que quiere hoy gran parte del electorado de su política?: un show. Así como corren ávidos a ver las últimas fotos tomadas a un personaje de la farándula por un paparazzi, parecen desear que su candidato les chismorree sobre el otro candidato y los asuntos de la nación.
¿Y qué mejor para cumplir con esta función que los que, a falta de realeza, son el fetiche de tantos en estas tierras?: un millonario con su mujer y los vástagos de sus tres esposas.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de julio de 2016, 2:46 p. m. with the headline "El permiso del dinero."