Opinión

Árboles talados, vecinos burlados

Un gran árbol da sombra a las personas que vienen a hacer ejercicios en la nueva zona dedicada a ese fin en Tropical Park, inaugurada en junio.
Un gran árbol da sombra a las personas que vienen a hacer ejercicios en la nueva zona dedicada a ese fin en Tropical Park, inaugurada en junio. cjuste@miamiherald.com

Por estos días, con la temperatura rebasando los 90 grados Fahrenheit, el tema del calentamiento global está en boca de los presentadores de noticias, los boletines sobre el estado del tiempo y las conversaciones en las paradas de los ómnibus (sobre todo, las que no tienen techo). No hay reunión de amigos donde no se hable del calor.

Precisamente, la campaña Plantemos para el Planeta, organizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, tiene como fin luchar contra el cambio climático y concientizar a la sociedad sobre el cuidado del entorno. El programa invita a la gente a plantar árboles. Según datos de la ONU, crece la superficie urbanizada y retrocede la verde. Miami no es excepción, pues las zonas arbóreas no llegan al 15 por ciento, por debajo de otras ciudades del país.

Como se sabe, los beneficios de los árboles son muchos: suavizan la temperatura, nos regalan sombra y oxígeno, aminoran el ruido y la contaminación ambiental, escurren el agua de lluvia y dan albergue y alimento a numerosas especies de animales, aves e insectos. Además, nos aportan un bienestar estético y psíquico invaluable.

Como resultado de esa campaña de la ONU, se han plantado miles de millones de árboles en todo el planeta. Paradójicamente, parecería que la ciudad de Miami, lejos de alentar la siembra arbórea, la desalienta. Recuérdese que en el 2013 los vecinos de Brickell lograron detener un plan constructivo que suponía la tala de 75 árboles.

Jamás su tronco endereza

La historia se repite cada vez que colisionan constructores y vecinos. En mi cuadra hay un área rodeada de especies maderables preciosas. Pues bien, la empresa 1300 Coral Brickell LLC insiste en levantar allí –13 Avenida y 22 Terrace– un estacionamiento de dos pisos, lo cual supone el sacrificio de esos verdes seres vivos. Los residentes sugirieron convertir el sitio en un parque para la comunidad, pero la idea se la llevó el viento. Por cierto, el departamento de Planificación de la ciudad de Miami ya redacta una enmienda para permitir tales construcciones en áreas donde la zonificación las prohíbe... ¿Y cuál será el destino de las los caobas y cedros? A nadie parece importarle.

La primavera anterior el flamboyán que plantamos frente a casa echó su primera y única pucha de flores. En cinco años había crecido fuerte y saludable pero poco después –por motivos desconocidos– fue perdiendo sus hojas y sus ramas comenzaron a secarse. Durante más de seis meses estuvo languideciendo, pero en todo ese tiempo ningún inspector se acercó a indagar, ofrecer una recomendación, prestar ayuda al árbol que, irremediablemente, iba muriendo.

El jardinero, a pedido nuestro, cortó todas sus ramas secas, tratando de salvarlo y de evitar un accidente. No fue exactamente una poda (no cortó ninguna rama verde) sino, más bien, una cirugía que incluyó tratamiento fitosanitario. No pasó una semana para que apareciera un enorme cartel donde se anunciaba la imposición de una multa de $500 por “podar sin permiso”. Se nos ofrecía la posibilidad de ir a juicio y discutirla, lo cual no nos libraba de solicitar autorización para la poda (ex post facto). Con todo, uno de sus requisitos es un informe de un arborista cuyo valor oscila entre $200-300.

Los ciudadanos ignoran cuáles son sus derechos y obligaciones y dónde puede radicar el delito ambiental. Por ejemplo, si Usted quiere plantar un árbol frente a su casa, en la franja verde que va de la acera a la calle, debe solicitar un permiso. ¿Lo sabía?

¿Es que acaso esta es una nueva vía de recaudación, como el de las cámaras en semáforos o los policías de tráfico agazapados? ¿Acaso la ciudad no debería ofrecer gratuitamente servicios de consejería a los residentes que pagan impuestos? ¿Dominan los contribuyentes los códigos sobre plantación, poda y tala? Estas multas absurdas no estimulan precisamente la campaña Plantemos para el Planeta.

Para enterarse de las reglamentaciones locales sobre el cuidado de los árboles hay que recorrer el intrincado laberinto del sitio web de la City of Miami. El acápite referido al Tree Protection se encuentra bien escondido. Hay que llegar, si puede leer inglés, a la división de Environmental Resources en el Departamento de Planning and Zoning para encontrarlo. Allí existe abundante información (códigos, permisos, consejos, directorio de arboristas, teléfonos, etc.). Todo muy completo, pero ¿quién lo sabe?

Para no caerse de la mata

Seamos claros: los ciudadanos ignoran cuáles son sus derechos y obligaciones y dónde puede radicar el delito ambiental. Por ejemplo, si Usted quiere plantar un árbol frente a su casa, en la franja verde que va de la acera a la calle, debe solicitar un permiso. ¿Lo sabía? Los árboles que crecen en esa zona son propiedad de la ciudad, y aunque no es necesario pedir autorización para podarlos, debe procederse siguiendo ciertas reglas, sobre todo, no hacerlo en más del 25 por ciento de ramas y hojas. ¿Lo sabía?

Hay otras limitaciones y reglas, cuya violación supone multas, y su ignorancia no le salvará.

La prensa local aborda con gran despliegue los grandes desastres medioambientales, pero relega la ecología cotidiana, aquella que nos ayuda a vivir en comunión con la naturaleza. Por lo pronto, las asociaciones de vecinos deberían promover acciones de educación ecológica y exigir a la ciudad menos acciones represivas y más y mejor divulgación sobre el tema. Al mudarse o comprar una propiedad, cada nuevo residente debería recibir, junto con el container para el reciclaje, un folleto en tres idiomas sobre el cuidado de los árboles, códigos y reglamentos.

Las áreas verdes de los vecindarios deberían respetarse por encima de cualesquiera intereses comerciales. A cambio de contribuciones de campaña los urbanizadores no deberían recibir un cheque en blanco para talar según su conveniencia, con la promesa –a cambio– de plantar en otro lugar unos cuantos arbolitos. Cada proyecto arquitectónico debe incluir, sin falta, árboles y áreas verdes. Finalmente, la reforestación no debería usarse con propósitos políticos sino responder a un plan central, coherente y verificable.

El árbol es símbolo de la vida en todas las culturas. Muy recientemente, y gracias al ecologismo, aprendimos que seres humanos, animales y plantas compartimos el mismo planeta, y que la convivencia supone el respeto al ámbito de cada cual. Las plantas, aunque carentes de sistema nervioso, son capaces de comunicarse con el entorno y otros organismos; desatar alarmas y hasta “recordar”. Siendo la parte más vulnerable, estamos obligados a levantarnos en su defensa.

Hay que seguir plantando árboles. Quizás eso no detenga la corrupción y el afán de lucro de muchos, pero acaso logremos sentir menos calor, cobijados bajo una buena sombra.

Periodista, exprofesor universitario

emilscj@gmail.com

sehablaespanolblog.wordpress.com

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