Opinión

Crónica de Munich

Varias personas rinden tributo a las víctimas del atentado cometido el 22 de julio en un centro comercial de Munich por un joven alemán de origen iraní.
Varias personas rinden tributo a las víctimas del atentado cometido el 22 de julio en un centro comercial de Munich por un joven alemán de origen iraní. Getty Images

Después de un trágico fin de semana en la capital del barroco alemán, y cuando los alemanes empezaban a recuperar el ánimo un nuevo atentado terrorista sacude el país.

Munich está de luto. En el desierto centro de la ciudad al día siguiente de la matanza ya casi terminan de desmantelar los espacios de carpas blancas y donde se habían colocado los puestos de cerveza, salchichas, puerco rostizado, pretzels y papas.

Apenas el martes de la semana pasada todo era entusiasmo y energía cuando cientos de trabajadores montaban a toda prisa los espacios en la popular Odeon Platz y en la elegante Maximilian Platz para llegar al día en el que empezaría la fiesta para celebrar los 500 años de vigencia de la ley que garantiza la pureza de la cerveza bávara.

El viernes por la tarde todo cambió, ese día los obedientes y disciplinados ciudadanos alemanes oyeron el consejo de las autoridades de permanecer en sus casas y evitar reuniones masivas en lugares públicos dejando a la ciudad sumida en un sombrío duelo.

El día de la tragedia mi esposa y yo habíamos planeado ir al centro a celebrar con la gente de Munich el “Reinheitsgebot” (la ley de la pureza de la cerveza bávara). Y mientras nos arreglábamos en nuestro cuarto de hotel a un costado del Englischer Garten, un poco después de las seis de la tarde empezamos a oír, una tras otra, las sirenas de patrullas y ambulancias. No sabíamos por qué.

Mi primer pensamiento fue que quizá había habido un incendio enorme. No pensé en un acto de violencia porque en una visita anterior a Munich nos había sorprendido que durante una detención de un narcotraficante en la estación del tren, ninguno de los cinco policías que hicieron la detención desenfundó su pistola. Y en una estancia de más de un mes en Heidelberg, nunca oímos una sirena ni vimos policías que no fueran de tráfico.

Pero esta vez las sirenas seguían sonando y pensé que quizá había habido una riña enorme en alguno de los lugares de la celebración. Pregunté en la recepción del hotel pero nadie sabía nada porque nadie había prendido la televisión.

La lluvia nos obligó a cambiar de planes y decidimos cenar en un restaurante cercano. Estábamos en los aperitivos cuando recibimos una llamada de nuestros nietos que con voces preocupadas nos suplicaban que regresáramos al hotel porque había habido un atentado terrorista y la policía sugería a la gente que permaneciera en sus casas. Nuestra hija y su familia venían de una visita al campo de concentración de Dachau y habían tomado el subterráneo para llegar al hotel, justo en la última corrida del metro ese día. Temerosos de que se tratara de un ataque terrorista de gran envergadura las autoridades determinaron que había que suspender de inmediato todos los medios de transportación. Nosotros cenamos y caminamos a nuestro hotel sin incidente.

El sábado supimos que la masacre de Munich, que dejó un número todavía indeterminado de muertos, nueve confirmados pero más de diez en estado crítico y una treintena de heridos, no fue un atentado terrorista sino obra de un joven nacido en Alemania y de origen iraní, con serios problemas psiquiátricos y obsesionado con las matanzas masivas. En su cuarto se encontraron libros y recortes de periódicos reseñando matanzas como la de Anders Breivik en Noruega, sucedida exactamente hace cinco años.

Se sabe que el asesino compró el arma a través del internet esquivando los estrictos controles a la venta de armas que rigen en el país y que obliga a quienes quieren comprar armas a ser examinados por la policía, no tener antecedentes penales, tener un certificado que demuestre la destreza en su uso y probar que su uso no tiene una motivación criminal. No obstante, aparte de los 5 millones de armas adquiridas legalmente se calcula que hay entre 20 y 30 millones de armas ilegales. Desarticulado el vínculo con alguna organización terrorista la única conclusión posible es que este tipo de matanzas solo es posible cuando el atacante cuenta con un arma de repetición que nunca debió llegar a manos de civiles.

El domingo la ciudad parecía recobrar la calma. El maravilloso Englischer Garten rescataba su papel de centro de reposo y los alemanes volvían a mostrar su capacidad para recuperarse de la adversidad nadando en el congelado río y jugando al fútbol. El lunes desayunamos con la noticia de un nuevo ataque en Ansbach consumado por un desesperado a quien le negaron asilo contra gente que nada tenía que ver con su predicamento.

Periodista de Los Angeles, colaborador en periódicos y revistas de Estados Unidos y América Latina.

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