Opinión

ROSA TOWNSEND: Lenin resucita en Europa

El primer ministro griego, Alexis Tsipras (izq.), se reúne con Pablo Iglesias, líder del partido izquierdista español Podemos, el pasado 22 de enero.
El primer ministro griego, Alexis Tsipras (izq.), se reúne con Pablo Iglesias, líder del partido izquierdista español Podemos, el pasado 22 de enero. AP

“Austericidio” es la palabra maldita en boca de millones de europeos, que culpan de matar su bienestar a las medidas de austeridad para combatir la crisis. La indignación contra el establishment político ha ido abonando por años el terreno al populismo neo-comunista, que acaba de triunfar en Grecia, se está encumbrando en España y proyecta una onda expansiva a todo el sur del continente.

¡Quién lo iba a decir, a sólo 25 años de la caída del muro de Berlín! Pero los pueblos no aprenden, salvo a golpes. Y aquellos tiempos de los golpes de miseria y represión marxista-leninista se han borrado aparentemente de la memoria de una generación castigada por la recesión económica, dispuesta a comprar la idea del paraíso al primer charlatán político que se la venda.

Al menos dos de ellos están teniendo gran éxito en ese negocio de extorsión emocional de la ira del electorado: Pablo Iglesias en España con el partido Podemos; y Alexis Tsipras en Grecia, que se estrena este mes como primer ministro. Son el duopolio ideológico de avanzadilla neo-comunista al asalto del Viejo Continente. Así lo anda proclamando Iglesias (ateo irredento a pesar de su apellido) con su consigna: “El cielo no se toma por consenso, sino por asalto” (frase que copió a Karl Marx).

Tsipras es el dios de la nueva mitología griega. Aclamado en las urnas por sus fábulas de rescatar al pueblo de las ruinas. Nada menos que “la abolición de la pobreza” prometió la noche de su victoria electoral, ante el entusiasmo de una jauría humana que clamaba venganza contra el “viejo orden” (algunos de ellos portando pancartas del Che Guevara).

Es innegable que Tsipras ha hecho historia al convertirse en el primero en formar un gobierno de ultraizquierda desde la creación de la Unión Europea (UE). Pero su reputación en las capitales e instituciones de gobierno europeas no es precisamente la de un dios, sino lo contrario. El se lo ha ganado a pulso al tratar a sus socios de la UE como enemigos. Primero negándose a pagar los préstamos de $285,000 millones que rescataron su país de la quiebra, ayuda que él considera “humillación”. Y segundo amenazándoles con aliarse con Rusia contra la UE. De hecho varios de sus ministros tienen vínculos con el núcleo duro del Kremlin. Debe estar encantado Putin de tener colaboradores para dinamitar el bloque de unidad europea.

Ante el desafiante panorama, Angela Merkel –autora del dogma de austeridad económica y jefa de facto de Europa– enfrenta el dilema junto a sus homólogos de tolerarle el desacato a Tsipras & Co. o cortarle las alas para no sentar un mal precedente que anime a otros a imitarle. Esta última opción es lo que ya se ha bautizado como “Grexit”, la expulsión de Grecia de la Unión Europea (de graves repercusiones para toda la UE, incluida su desintegración). Y al nuevo gobierno de Atenas le toca decidir entre seguir un rumbo de enfrentamiento o de cumplimiento de los compromisos adquiridos con sus acreedores.

En ese pugilato de fuerzas están. Del desenlace va a depender en gran parte la suerte de Podemos en España en las elecciones de noviembre. Si el experimento griego sale mal a Iglesias se le dificultaría su plan de convertirse en “la escoba de España”. Pero mientras tanto el quijote comunista –pupilo de Chávez y admirador de Fidel– sigue luchando contra sus particulares molinos de viento, que él llama “la casta”. Un insulto dirigido tanto a la clase política tradicional, como a todo aquél que sea sospechoso de simpatizar con el capitalismo. “Vamos a acabar con el austericidio, a echar a la mafia económica y política, vamos a echar a los golfos, vamos a recuperar España”. Porque el caudillo Iglesias hace del desprecio a los demás su arma política.

La táctica le ha funcionado. Y aunque el PP y el PSOE quisieran barrerle a él, a día de hoy según las encuestas no podrían hacerlo. Impensable es un gobierno comunista en la España democrática. Pero no imposible.

El avance de la izquierda más radical tanto en España como en Grecia (y también en Portugal, Italia e Irlanda) obedece a que sus bases no son militantes sino creyentes. Dispuestos a la inmolación, la guerra o lo que se presente. Ese es el riesgo y no en sí la ideología, porque partidos comunistas han participado históricamente en todos las democracias europeas. Pero este es un fenómeno muy diferente.

Las colisiones (plural) que se anticipan inevitables en el seno del Viejo Continente no son fábulas míticas. Son serias amenazas que emanan, no hay que olvidar, del país que fue cuna de la democracia.

Se abre un período de gran incertidumbre y riesgo de involución. Otra vez Europa desestabilizada. Esta vez después de un inconmensurable esfuerzo de unidad, tras dos guerras mundiales. De la primera se han cumplido 100 años y 70 de la segunda. Dos recordatorios implacables de la barbarie a que puede llegar la Humanidad obcecada en sus ideas y odios. Pero los pueblos no aprenden, siguen creyendo al último charlatán que les promete el paraíso.

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