Mi convención
Recuerdo haber leído en algún medio de prensa notable que importantes personalidades de los principales partidos políticos americanos habían declinado ser considerados para entrar en la carrera presidencial porque estaban negados a sufrir el escrutinio público y las discordias familiares que tal encomienda conlleva.
No los culpo, muy por el contrario, pues en Estados Unidos he practicado el respeto a la privacidad y el libre albedrío como máximas sociales, circunstancia que en Cuba se encuentra constantemente expuesta a los caprichos de agitación e intromisión, propugnados por el adoctrinamiento de la dictadura.
Durante las pasadas semanas de espectáculos políticos televisivos, he confirmado mi alergia a los saraos partidistas. Es la deformación de treinta años de exposición obligatoria a las mañas de una sola organización de ordena y mando, con muy pocas alternativas. Aunque apagaras la transmisión de la pequeña pantalla, cambiaras el canal o no leyeras el periódico, el fidelismo era parte puntual de la pesadilla.
En Intermezzo, uno de los sarcásticos cortometrajes de Eduardo del Llano, su protagonista por antonomasia, Nicanor O’Donnell, no logra orinar en un baño público porque es constantemente interrumpido por otros coterráneos que sienten la curiosidad por conocer a una persona que votó en contra durante uno de esos encuentros asamblearios en la isla. Deseaban saber cómo se sentía alguien fuera del rebaño. "Los hombres mueren, el partido es inmortal", cacareaba el régimen en su lúgubre militancia.
Aprendí temprano que los funcionarios electos en Estados Unidos, desde la presidencia de la nación al comisionado o alcalde de mi circunscripción o ciudad, son empleados que yo pago con mis impuestos, se desempeñan en horarios de trabajo y, generalmente, disfrutan también sus respectivas vidas privadas. Pueden hasta ser revocados de sus cargos.
No hay varas de heroísmo histórico para medir la eficiencia con la cual se desempeñan en sus labores. Me preocupan los servicios que son capaces de ofrecer y sé –porque lo he constatado en más de una ocasión-, que el sistema judicial está ahí para atajar la corrupción.
Me hace sentir en paz con mi conciencia estar afiliado como independiente, con respecto a los procesos eleccionarios, posición que asumí tan pronto me hice ciudadano. Me gusta ejercer el voto porque constato las consecuencias inmediatas o a mediano plazo –no como los futuros inalcanzables del comunismo-, de mi determinación, sin ninguna ideología que me conmine.
Mi "convención", sin embargo, se mueve en otro universo. No soy tan ingenuo ni ajeno a la realidad, para pensar que "la política es sucia" o que no tendrá, a la larga, cierta influencia en mi vida y la de mi familia. La democracia, sin embargo, me da el instrumental para mantener a raya las manifestaciones que no me convenzan.
Cuando los demócratas y los republicanos se desgañitan en tribunas públicas, hacen promesas incumplibles, manipulan al electorado con los cuentos de la "buena pipa", yo tengo la alternativa de mantenerme a distancia, no darle explicaciones a nadie, y decidir si voto o no por alguno de los contendientes.
Me resulta imposible obedecer los lineamientos de un partido político y, afortunadamente, ninguna organización de ese género cuenta con la facultad para coartar mi libertad, luego de sufrir la intolerante tiranía castrista.
Mi "convención" se celebra en la felicidad de los míos y en el orgullo de sus éxitos. Acontece cada día en la vasta cultura de la humanidad, que nunca deja de asombrarme. Una cena en el esmerado restaurante El Floridita de mi barrio de Westchester, o la visión deslumbrante de Caravaggio, en una pequeña iglesia romana, son suficientes para poner en solfa la política y su parafernalia.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de agosto de 2016 a las 7:05 p. m. con el titular "Mi convención."