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Opinión

ROBERTO CASÍN: Embusteros de abanico y fogón

Acabo de leer un artículo en el Wall Street Journal que me ha devuelto el buen humor y todavía estoy revolcándome de gusto. La nota en cuestión versa sobre el alarmismo echado a rodar por algunos científicos y aventado por políticos de dudoso crédito sobre el cambio climático, un tema que, como se sabe, apasiona a crédulos e incrédulos por igual y mueve, como poderosa industria del miedo, cientos y cientos de millones de dólares. La tesis del trabajo, que aporta cifras, es que el público ha sido bombardeado de manera exagerada con dramáticos titulares y fotos apocalípticas acerca del calentamiento global y sus consecuencias. Idea que el que suscribe comparte desde hace rato.

Primer mentís que desnuda a los tremendistas: es cierto que las emisiones contaminantes de carbono crecen más rápido de lo previsto, pero de acuerdo con el Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en los últimos quince años la temperatura del planeta se elevó como promedio solo 0.09 grados Fahrenheit, 90 por ciento menos de lo vaticinado por los pronósticos más catastróficos. Segundo: verdad que los hielos del Ártico se derriten con más celeridad que lo augurado por algunos modelos científicos que anticiparon que los témpanos se licuarían en todas partes, incluido el Antártico. Sin embargo, ha sucedido todo lo contrario. En el polo sur están aumentando de tamaño.

Tercero: se nos ha dicho persistentemente que cada vez hay más sequías en el mundo, pero un estudio difundido por el prestigioso semanario científico Journal of Nature sustenta que desde 1982 ha sido al revés. Resulta que ahora hay menos. Como remate, el promedio de muertes anuales ocasionadas por inundaciones, temperaturas extremas, sequías y tormentas, según el centro estadístico de la Universidad de Oxford, fue de más de 13 por cada 100 mil personas durante la primera parte del siglo XX. Después de eso, la tasa se ha reducido a 0.30 (97 por ciento menos) esta década.

De modo que los aspavientos del ex vicepresidente Al Gore, que asustó con que había que estar más atentos a los termómetros que a las guerras, estarían demostrando ser pura filfa. Fue el señor quien pronosticó que los mares subirían más de 20 pies y que azotes como el de la gripe aviar o tragedias como la del conflicto en Darfur seguirían multiplicándose como resultado del cambio climático. Sus disertaciones, aderezadas por el documental Una verdad incómoda, le valieron insólitamente el Nobel de la Paz, y en metálico lo convirtieron en millonario. Otros que siguieron luego su lucrativo ejemplo de exagerar realidades preocupantes han hecho carrera al abrigo de los jugosos presupuestos con que algunos estados pretenden evitar —al menos ese es el propósito expreso— que el planeta se nos convierta en un fogón.

No les pregunte usted cómo liquidar a los terroristas islámicos o qué hacer para que nuestra vida en la Tierra nos salga más barata y podamos convivir todos mucho mejor. Esos son asuntos improductivos, no generan ganancias. En cambio, han comprobado que mercadear con el fin de la humanidad por donde menos uno se lo espera, achicharrados por la naturaleza, es un negocio sumamente rentable. Ni siquiera son investigadores sino expertos en habladurías, capaces de vivir como reyes a costa de cualquier patraña. Conocen muy bien su oficio. Saben cuándo, dónde y cómo deslizar sus guayabas para que uno las crea. Nadie es más consciente que ellos de que a estas alturas, de tanto cuento que se nos ha hecho lo mismo en Washington que en la esquina del barrio, el gallo más pinto acaba entrampado por la oratoria de un trapalero. Y lo peor del caso, hay quien hasta llega a verlos como tipos honrados.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de febrero de 2015, 2:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Embusteros de abanico y fogón."

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