El país al revés
Si no fuese porque el multimillonario Donald Trump aspira a instalarse en la Casa Blanca, Hillary Clinton se hubiese coronado este año sin discusión como el candidato a la presidencia de Estados Unidos más impopular de todos los tiempos. Pero los dos se reparten animosidades. El magnate, porque algunos electores temen investirlo como ídolo de la intolerancia y que luego escape a todo control; y la ex secretaria de Estado, por su falta de credibilidad. El lado fuerte de uno es el talón de Aquiles del otro: Trump no calla lo que piensa; Clinton piensa todo lo que calla. Al punto, que según una encuesta hecha por la cadena CBS, el 67 por ciento de los estadounidenses no la considera ni honesta ni confiable.
En otro sondeo de CNN/ORC, solo el 49 por ciento de los demócratas dijo sentirse más inclinado a votar por Clinton tras la recién concluida convención nacional del partido, una proporción muy inferior al 60 por ciento que optó por favorecer a Bill Clinton luego de la convención de 1992, el 56 por ciento que expresó igual preferencia por Mike Dukakis en 1988, y el 51 por ciento que en el 2008 manifestó lo mismo por Barack Obama. Evidentemente, la señora transpira desconfianza. Y por cándida no será.
Pero ¿es la simpatía personal el factor que más está pesando de cara a los comicios de noviembre próximo? En lo absoluto. Más allá de la nostalgia de haber sido una vez el país más respetado del mundo, están las tribulaciones concernientes a la seguridad. No solo las relacionadas con el terrorismo, sino también las vinculadas con la situación económica aquí en casa. Se sabe que la brecha entre los más ricos (el 1 por ciento) y los pobres se ha ensanchado dramáticamente. La proporción de hombres entre los 25 y 54 años que no están empleados ni aspiran a estarlo se ha duplicado desde los años 70. Casi una cuarta parte de los estadounidenses blancos solo diplomados de secundaria superior no trabajan, y lo que es peor: no están buscando hacerlo, de acuerdo con estadísticas federales.
Ellos son parte de los olvidados que, de una manera u otra, están remodelando el curso de la actual campaña en pos de la Casa Blanca. Son la clase media en retirada. Desde el año 2000, el país ha perdido cinco millones de plazas en la industria manufacturera. Y aunque esta sigue dando trabajo a más de 12 millones de estadounidenses, en 1960 proporcionalmente equivalían a uno de cada cuatro obreros; hoy representan menos de uno de cada 10. He ahí uno de los escenarios de batalla de los dos partidos. Y también el del gran dinero. ¿A favor de quién está el elitista 1 por ciento? Hasta ahora son varios los grandes de Wall Street que han dado su apoyo a Clinton, entre ellos Warren Buffett. En adición, los llamados Fondos de Cobertura (Hedge Funds) —fondos de inversión privados solamente al alcance de un número limitado de personas— tienen como mayor beneficiaria a la candidata demócrata, con contribuciones de $48.5 millones. En cambio, Donald Trump solo ha recibido $19 mil. Curioso, eh. La que aboga por defender a los más pobres recibiendo dinero a montones de los más ricos. Por eso no sorprende que lemas como el de Trump – “Hagamos América grande otra vez” –esté arrastrando a tanta gente a sus filas.
La mejor lección de esta campaña electoral ha sido hasta ahora que una buena parte de la población no está dispuesta a creer más en los políticos profesionales. Se siente profundamente decepcionada de quienes le han engañado una y otra vez. No se fía ya de quienes hacen de la Presidencia y otros cargos electivos un negocio altamente lucrativo. Ese desengaño tiene virado el país al revés.
Periodista y escritor cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de agosto de 2016 a las 5:38 p. m. con el titular "El país al revés."