Alto riesgo de ataques en Río
Unos días antes del inicio de las Olimpiadas de Rio 2016, una ola de arrestos en Brasil puso en primer plano la amenaza de ataques terroristas de origen islámico contra los Juegos Olímpicos. El 28 de julio, la policía brasileña detuvo a Chaer Kalaoun, un ciudadano con nacionalidad brasileña de origen libanés. Kalaoun regresó recientemente de Siria, después de prestar juramento de fidelidad al Estado Islámico (EI). El mismo día, durante una redada contra narcotraficantes, la policía federal de Brasil detuvo al libanés-brasileño Fadi Nabha, reincidente en el tráfico de cocaína en el año 2003. Nabha tiene vínculos estrechos con Hezbollah, la organización terrorista libanesa, en la que sirvió como militante en los años 1990. Y el 23 de julio, la prensa brasileña lanzó un grito de alarma por el caso de Pouria Paykani, un iraní recientemente llegado a Brasil desde Uruguay con visa de turista. Paykani habría visitado el aeropuerto internacional de Sao Paolo y el de Puerto Alegre para tomar fotos de las terminales antes de desaparecer, esquivando la vigilancia de las autoridades.
Estos arrestos se realizaron luego de los arrestos de 12 brasileños que están acusados de planificar ataques en el nombre de EI. Y un mes antes de sus detenciones, el periódico brasileño La Veja reveló que Jihad Ahmed Deyab, un yihadista de al-Qaida, detenido con anterioridad en Guantánamo, habría cruzado ilegalmente la frontera entre Uruguay y Brasil, donde se perdió la pista de su paradero.
Por lo tanto, el riesgo de un ataque terrorista en Brasil es muy alto por tres razones. Hay una presencia islámica radicalizada muy numerosa en Brasil, de origen tanto sunita como chiita. Los controles fronterizos en todo el continente son muy débiles, por la corrupción, la geografía y la falta de recursos de las autoridades de aduana y policía. Y existen también lagunas legislativas que limitan la capacidad y los recursos policiales y de agencias de inteligencia para investigar y monitorear las redes terroristas a fin de anticipar sus planes. En este contexto, los grupos terroristas pueden circular libremente, aprovechándose de las economías locales para el lavado de activos y el financiamiento de sus operaciones.
Este problema es particularmente agudo en la zona de la triple frontera en la confluencia del río Iguazú y el río Paraná, donde se encuentran Argentina, Brasil y Paraguay. Este lugar es conocido sobre todo por las cataratas de Iguazú y por Ciudad del Este, la ciudad en el lado paraguayo, donde se compran todos los productos de marca a precios baratos.
Sin embargo, la triple frontera es tristemente famosa por el contrabando, la venta de productos falsificados, el lavado de dinero de los narcotraficantes, el tráfico de armas y cigarros, y la producción, en laboratorios locales, de drogas sintéticas. Los controles fronterizos en la triple son inexistentes. Las mercancías llegan en vuelos nocturnos de Miami y de Dubái, tras hacer escala en Dakar, Senegal. Con frecuencia, se acusa a las autoridades de aduana de recibir maletines de dinero para evitar las inspecciones de las mercancías que llegan. Muchos políticos y fiscales locales reciben también sobornos de las organizaciones criminales locales, que incluyen una presencia islámica radical fuerte, con Hezbollah, Hamas, el ministerio de inteligencia iraní y, según fuentes locales, también Al-Qaeda y el Estado Islámico.
La presencia de Hezbollah en la triple frontera es particularmente fuerte. Despierta gran preocupación la noticia de la detención de miembros de Hezbollah y de la posible presencia en el territorio brasileño de un agente iraní. La comunidad chiita libanesa en la triple tiene fuertes vínculos con comunidades islámicas en Sao Pablo y Río. La red de clérigos chiitas de Hezbollah es muy activa y sirve a comunidades a lo largo de toda la frontera entre Brasil y Paraguay, conocida por el tráfico de armas, cocaína y marihuana. Desde hace muchos años, Hezbollah colabora con organizaciones criminales en toda Latinoamérica, ofreciendo servicios como lavado de dinero por medio de la compraventa de productos comerciales, transporte de droga y transferencia de dinero a través de casas de cambios.
De este modo, no se puede excluir que esta red bien arraigada en Brasil pueda ahora servir para facilitar la entrega de armas y dinero a células terroristas que están listas para atacar objetivos civiles durante los Juegos. Se presupone que sucede lo mismo con organizaciones radicales sunitas, que utilizan los mismos lugares, medidas y a veces también los mismos intermediarios que sirven a Hezbollah en la triple.
Sin duda, todos los grupos terroristas islámicos presentes en Latinoamérica se han estado aprovechando de la falta de legislación contra la incitación al odio racial para enviar líderes religiosos que radicalicen a las comunidades locales. En enero de 2016 llegó en visita a Brasil el sheij Mohammed Al-Arifi, un predicador sunita salafista involucrado con el Estado Islámico y requerido en Europa por sus vínculos con el terrorismo. En noviembre de 2015 visitó las comunidades chiitas de Brasil el sheij chiita Seyyed Ahmad Fadlallah, líder religioso libanés ideológicamente próximo a Irán. Y en junio de 2015, llegó hasta la triple el sheij Seyyed Hassan Khomeini, nieto del fundador de la revolución iraní.
Los predicadores no ocultan sus intenciones. Llegan para adoctrinar a los creyentes, garantizando el apoyo local a las organizaciones y las causas religiosas y políticas que representan. El terrorismo islámico tiene, por tanto, una amplia red local de apoyo financiero y logístico al servicio de sus agentes. Las detenciones de los últimos días, en vez de dar tranquilidad sobre la seguridad de los Juegos, muestran como Brasil pueda ser terreno fértil para un atentado terrorista de origen islámico.
Emanuele Ottolenghi es analista en la Fundación para la Defensa de las Democracias en Washington.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de agosto de 2016 a las 6:32 p. m. con el titular "Alto riesgo de ataques en Río."