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Opinión

¿Cerrará Trump sus empresas?

De resultar elegido, los negocios de Donald Trump alrededor del mundo representarían el mayor conflicto de intereses de la historia de la presidencia de Estados Unidos. ¿Qué decisiones tomaría un presidente Trump en política internacional si afectaran las ganancias de sus empresas en Dubai, Qatar, China, Azerbaiján, Brasil, Egipto, India, Indonesia, Filipinas o Turquía, entre otros países? ¿Y con los bancos extranjeros, a los que debe cientos de millones de dólares en préstamos?

Por ejemplo, un préstamo de $950 millones del Banco de China (sí, de China) y del alemán Deutsche Bank para un edificio en la Avenida de las Américas en Nueva York, del que Trump es propietario junto a tres sociedades con nombres tan opacos como HWA1290 LLC o HWA1290 IV LLC. Y además este es sólo un caso entre muchos –de sus más de 500 corporaciones– en los que la identidad de sus socios se esconde detrás de “LLC” (Limited Liability Company), lo cual añade otro riesgo: un presidente vulnerable a coacciones o chantajes de socios secretos.

Igualmente los bancos con los que está endeudado podrían ejercer presiones para que cambiara regulaciones bancarias u otras normativas. Pero aun sin influencias externas indebidas, los amplios poderes de la Oficina Oval permitirían a Trump dictar políticas –domésticas o internacionales– que beneficiaran su imperio. Sin que nadie pudiera frenarle porque los presidentes están exentos de las leyes de conflicto de intereses (como explico más adelante).

Es difícil imaginar que alguien que ha dedicado su vida entera a hacerse rico decidiera sacrificar su fortuna, inmolarse por el bien del país, para confrontar los dilemas que a diario exigen a un presidente de EEUU determinación. Requeriría una conversión de Trump mayor que la de San Pablo camino a Damasco. Transformar su desmedida ambición y vanidad en abnegación y heroicidad.

Si nos guiamos por la declaración jurada que le tomaron el pasado junio los abogados del chef Geoffrey Zakarian (al que Trump había demandado por $10 millones) la postulación de Trump a la presidencia está siendo una mina de oro para sus negocios: “Este es el mejor año que jamás hemos tenido. Quizá por el éxito de la campaña… A la gente le gusta la política y codearse conmigo”, juró el candidato republicano en el bufete Pillsbury Winthrop de Washington. Según su lógica, la Casa Blanca le reportaría un boom a sus negocios.

Y nadie podría impedírselo ya que no existen leyes específicas referidas a conflictos de intereses del inquilino de la Casa Blanca. El título 18, sección 208, del Código Criminal concierne a todos los funcionarios excepto al presidente y vicepresidente. Sólo están sujetos a la Ley de Ética del Gobierno, de 1978, que simplemente les obliga a declarar sus activos financieros.

Tradicionalmente los presidentes han puesto su patrimonio en un blind trust (“fideicomiso ciego”, cuyas inversiones son desconocidas por el propio beneficiario). Así lo hicieron Lyndon B. Johnson, Jimmy Carter, Ronald Reagan, los dos Bush y Bill Clinton. Barack Obama eludió esa opción porque su portafolio es muy básico, sólo contiene notas del Tesoro y fondos en los que –según él– no podría influir con sus políticas.

En el caso de Trump un blind trust implicaría que un profesional de fideicomisos vendiera todas sus empresas e inversiones y reinvirtiera el dinero en acciones o proyectos desconocidos por Trump y sus hijos. Sería la única forma de borrar cualquier sombra de conflicto de intereses.

El magnate ha dicho que está dispuesto a que sus hijos se encarguen de dirigir el imperio mientras él estuviera en la Casa Blanca. ¡Pero eso no es un fideicomiso! Los familiares no son agentes imparciales. ¿Alguien de verdad cree que sus hijos le iban a mantener desinformado, marginado?

Por esa misma razón se hace necesario que de la Fundación Clinton se desvincule toda la familia: Hillary, Bill y Chelsea. Y que, como ya ha anunciado el expresidente, cesen de aceptar donaciones del exterior. Sólo así eliminarían las percepciones de potenciales conflictos de intereses, para que no se repitan las creadas mientras Hillary era secretaria de Estado, aunque es cierto que ni el FBI ni nadie ha encontrado que existiera un quid pro quo.

Pero hay una gran diferencia entre Trump y Clinton. La finalidad de los negocios del candidato republicano es puramente lucrativa, seguir enriqueciéndose él y su familia. Mientras que la finalidad de la Fundación Clinton es puramente filantrópica, por decirlo en términos coloquiales “cogen el dinero de los ricos para dárselo a los pobres”. Nadie de buena fe puede negar la admirable labor internacional que realizan, documentada por instituciones independientes como Charity Watch o Guide Star, según las cuales un 88% de los fondos se destinan a programas de ayuda tales como medicinas a 11 millones de afectados por el virus del sida, educación para 46 millones de niños o agua y sanidad para otros 27 millones.

Todos esos millones de seres humanos perderían la ayuda, quizá algunos la vida, si se cerrara la Fundación, como pretende Trump. ¿Va a cerrar él sus empresas?

Periodista y analista internacional.

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de agosto de 2016, 2:17 p. m. with the headline "¿Cerrará Trump sus empresas?."

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