Respeto
Por razones de trabajo vine esta semana a Granby, Colorado, un pequeño pueblo a dos horas por carretera desde Denver. El sitio que me hospedé es un rancho-hotel, donde quien venga puede realizar todas las actividades que han hecho famoso al medio oeste estadounidense.
Para llegar al pueblo hay que subir las Montañas Rocosas, por una carretera repleta de curvas y algún que otro túnel que perfora la piedra, entre un paisaje de bosques de pinos de todos los tamaños, unos largos como flechas que apuntan al cielo y otros más pequeños y abultados; prados todavía verdes; picos y cerros que se expanden y no se acaban en el horizonte; parte de la vegetación ya clareando en un amarillo ocre; y letreros que previenen del cruce de venados o la presencia de osos.
Colorado, el Estado Centenario, llamado así porque se convirtió en estado justamente el año que cumplió cien la Constitución de los Estados Unidos, está conformado por una parte de grandes planicies y otra poblada de montañas. Alrededor de donde escribo se encuentran varios de los mejores sitios para esquiar sobre nieve; eso me impresionó, saber que en unos pocos meses el paisaje cambiará a un blanco absoluto, y que todos los años la naturaleza tiñe de distintas gamas de colores esta parte de los Estados Unidos profundo, alzando y levantando un telón, mientras nos sopla frío o calor, o esta temperatura paradisíaca de los primeros días de septiembre.
Aquí disparé un rifle, instruido por un vaquero y una vaquera, que se acercan al arma con una deferencia casi reverencial y mantienen siempre todas las precauciones (seguí sin entender quiénes son los que supuestamente cazan con fusiles semiautomáticos y metralletas). También pude pescar en la modalidad fly fishing (la paciencia se me agotó después de media hora de no ver la sombra de una trucha), me enseñaron las técnicas del arco y la flecha, y el lanzamiento de hacha.
Montar a caballo en estas montañas, atravesando arroyos que en esta época son llanos cuerpos de agua, aspirando el limpio aroma del campo, es casi una meditación. Como no lo puedo decir de correr al amanecer en la trocha, por el dolor en los muslos de las subidas, la helada atmósfera mañanera inundando los pulmones, y la certeza de que ese descenso que nos da algo de alivio, será la tortura de la vuelta; sin embargo, si alguna vez regreso, sin duda volveré a hacerlo. En varias ocasiones me volteé, pensando que venían otros corredores, pero los arbolitos de Navidad que aquí son paisaje todo el año, se burlaron de mí hasta que comprendí que escuchaba el eco de mis pasos.
Y luego estaba la alucinante noche de Granby. Nunca vi tantas estrellas juntas ni mucho menos esos hilos nebulosos formando un arco sobre nosotros, que alguien me explicó que se trata de nuestra Vía Láctea, hogar del que apenas conocemos, si acaso, una liliputiense habitación llamada el planeta Tierra.
También tuve la oportunidad de subir al punto de la gran divisoria continental de América, que separa, hacia el oeste, las cuencas hidrológicas que desaguan en el Pacífico, y hacia el este, las que lo hacen en el Atlántico. Es desde aquí de donde el río Colorado ha salido a esculpir por millones de años las capas tectónicas, dando forma al Gran Cañón en Arizona.
Aquí, he pensado en el respeto que le debemos a esta gran madre Tierra que lentamente carcomemos, sin darnos cuenta que estamos destruyendo el mayor tesoro que poseemos. En nuestras manos está salvarla. Exijámoselos a quien corresponda.
Pero empecemos por nosotros.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de septiembre de 2016, 4:39 a. m. with the headline "Respeto."