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Editorial

Golpe a la diáspora judía en Tierra Santa

Un grupo de personas reza en el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, lugar santo para la religión judaica.
Un grupo de personas reza en el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, lugar santo para la religión judaica.

Es una tradición que los judíos de la diáspora que visitan la Ciudad Santa hagan su primera parada en el Kotel o Muro de las Lamentaciones, donde entonan, frente al resplandor divino del lugar más sagrado del judaísmo, la bendición del She’ejeyanu, en gratitud por llegar a vivir tan privilegiado momento.

La gran mayoría practica las vertientes más aperturistas de la religión, principalmente las conservadora y reformista, y no comulga con las normas del judaísmo ortodoxo adheridas rigurosamente a la Halajá, el cuerpo colectivo de leyes derivadas de la Torá y el Talmud.

Aunque el Estado de Israel se define como nación pluralista y fue constituido sobre una base nacional, a la minoritaria rama ortodoxa fue conferida la jurisdicción sobre la ley familiar y personal, lo cual provoca ciertas tensiones cuando una democracia desea separarse del dogma religioso.

Los rabinos ultraortodoxos también guardan, con celo integrista, el monopolio sobre el Muro de las Lamentaciones. Por ello los judíos que profesan otras denominaciones tienen prohibido practicar sus rituales en igualdad de condiciones a la hora de orar al pie del Kotel, cuyo acceso está segregado en dos áreas: una amplia solo para hombres y una pequeña para mujeres, quienes ni siquiera pueden tocar los Rollos de la Torá ni cantar en voz alta sus plegarias por modestia.

En aras de mantener el respeto a estas tradiciones ancestrales y la unidad del Pueblo del Libro, comunidades de la diáspora, con el apoyo de la Agencia Judía para Israel, lograron un compromiso a principios de 2016 con el gobierno israelí para construir, contiguo al Muro, una zona mixta de rezo, permitiendo a las mujeres usar signos de la liturgia que la doctrina ortodoxa considera exclusivos de los hombres.

Pero, ante las exigencias y demandas de la ortodoxia recalcitrante, el gobierno de Benjamín Netanyahu recientemente suspendió el proyecto del espacio de oración igualitario y clausuró un área provisional donde estaban permitidos los ritos alternativos. La medida miope ha levantado una ola de asombro y repudio en la comunidad judía norteamericana, cuyo incondicional apoyo económico, social y político al Estado hebreo es de gran importancia.

El golpe viene por partida doble. En el Knesset avanza una polémica propuesta legislativa que busca dar al Gran Rabinato, que ya ejerce fuertes poderes sobre esferas de la vida pública, el control exclusivo de las conversiones al judaísmo hechas en Israel. Esto deslegitimaría las conversiones realizadas bajo auspicios de rabinos de las corrientes liberales, dejando en duda el estatus judío de miles de hombres y mujeres casados con judíos de nacimiento que han adoptado la fe judaica mediante la conversión en Estados Unidos y el resto de la diáspora.

Ambas decisiones envían un mensaje excluyente y absolutamente inaceptable que ignora el valor de la pluralidad y de la libre expresión religiosa en Israel, el Estado democrático fundado para acoger a todos los judíos, no obstante sus creencias. Una pequeña minoría no debe tener el derecho a determinar cómo ha de ser el judaísmo de los demás.

Si bien es vital resguardar los sagrados preceptos de la Torá, que han acompañado y distinguido al pueblo hebreo a través de la Historia, también es fundamental lograr la armonía con los judíos adaptados a los tiempos modernos. El Kotel pertenece a todos. La creación de una tercera área mixta es un concepto sin duda salomónico.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de julio de 2017, 8:52 a. m. with the headline "Golpe a la diáspora judía en Tierra Santa."

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